Publicado el 26 de marzo, 2020

Embajador chileno en París escribe “desde el futuro” tras 10 días de cuarenta: “Es difícil evitar la incipiente angustia”

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El Líbero

Felipe Morandé, representante de Chile en la OCDE, con sede en la capital de Francia, escribe en exclusiva para El Líbero, cómo enfrenta el confinamiento en el país galo. Además, el ex ministro advierte sobre el impacto económico de la pandemia. “El Covid-19 tendrá consecuencias profundas sobre la economía mundial, y tal vez por varios años. A los problemas de liquidez que tendrán empresas y personas en lo inmediato (…) se suma a corto andar la solvencia de muchas empresas”.

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En la rue Albéric Magnard, en el distrito XVI de París se ubica la representación de Chile ante la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) que lidera el embajador Felipe Morandé. Por más de 10 días ha debido respetar una cuarentena en su domicilio parisino junto a su familia.

“Es difícil evitar la incipiente angustia aparejada a ignorar cuánto dura esta situación y cuándo volveremos a una cierta normalidad”, dice el ex  ministro en una “carta” escrita especialmente para El Líbero.

 

París, 25 de marzo de 2020

Nueve días de confinamiento obligatorio más otros tres previos de confinamiento voluntario no parecen a simple vista gran cosa. Después de todo, el teletrabajo nos funciona bien a mí y a mi señora, en tanto con los niños hemos hecho una rutina que combina las obligaciones escolares -que continúan on line- y formas de esparcimiento variadas, incluida una gimnasia matutina. Además, tenemos permitido ir al supermercado y a la farmacia cuando sea necesario y dar vueltas a la manzana para estirar las piernas. Sin embargo, es difícil evitar la incipiente angustia aparejada a ignorar cuánto dura esta situación y cuándo volveremos a una cierta normalidad. Y qué significa esa normalidad en la que seguramente permaneceremos amenazados por un eventual contagio a un virus que puede mutar, el mismo enemigo invisible a quien el Presidente Macron le declaró la guerra.

Pero si para nosotros el confinamiento es un tema complejo como familia, mucho más lo es para las autoridades: según estimaciones de la OCDE, cada mes de confinamiento obligatorio implica una caída en torno a 20 o 25% del PIB de ese mes (Imacec nuestro) y a entre 1,8 y 2,0% del PIB del año, en un país promedio, con las obvias implicaciones en desempleo, quiebras y menor recaudación tributaria, entre otras. El dilema es que si la autoridad no obliga al confinamiento, entonces la alta tasa de contagio del virus puede llevar el número de infectados que requieren hospitalización a un nivel imposible de abordar por la estructura sanitaria y hospitalaria del país, con muchos muertos y un enorme pánico en la población que sin duda tendría un gran impacto negativo sobre la economía y el bienestar social. Y tampoco el confinamiento es la medida mágica porque, al detener el contagio, hace que una parte importante de la población no adquiera la inmunidad al virus, pudiéndose infectar más adelante; veríamos así nuevos brotes que exigirían nuevos confinamientos y así hasta que exista una vacuna o medicamentos paliativos que disminuyan la severidad de los efectos de la enfermedad a un nivel comparables a los de una influenza normal. Si cada nuevo confinamiento trae consecuencias económicas como las descritas, entonces es fácil imaginar la magnitud del problema.

Como sea, lo que está claro es que el Covid-19 tendrá consecuencias profundas sobre la economía mundial, y tal vez por varios años. A los problemas de liquidez que tendrán empresas y personas en lo inmediato, y que se pueden abordar con acciones de los bancos centrales y de los reguladores financieros, se suma a corto andar la solvencia de muchas empresas. Primero aquellas vinculadas al turismo, transporte aéreo y recreación, para pasar luego a empresas de retail y otras de servicios. Cuando se trate de grandes empresas con baja capacidad de endeudamiento, se planteará -como ya está ocurriendo por lo demás con las líneas aéreas- qué tipo de “salvataje” podría corresponder, abriéndose opciones como aportes de capital por parte del Estado o incluso nacionalización. Y si es esta última opción, la discusión será si es algo transitorio, con cláusulas claras de salida y reversión -como creo que sería sensato- o es una medida más permanente. De cualquier manera, un debate que en Chile pensábamos que estaba superado.

Seguramente surgirán voces nacionalistas -ya lo están haciendo- reclamando contra la globalización, adjudicándole ser un factor primordial en la rapidez con que se esparce el contagio. Sin embargo, es bueno recordar que el virus se traspasa de persona a persona y que mucho del contagio es atribuible al turismo internacional. ¿Querrá algún político en el futuro restringir los viajes de las personas a conocer otros lugares del mundo? Tal vez en los próximos dos a tres años puede que esto tenga apoyo de la población, pero a más largo plazo, cuando la gente pierda el temor, será una medida muy impopular. En cuanto al comercio internacional, tal vez el cuestionamiento más serio sea, en el caso de los países industrialmente más sofisticados, hasta qué grado se pueden globalizar las cadenas de valor. Si hoy un IPhone es diseñado en California, pero sus piezas elaboradas en 15 países distintos y finalmente ensamblado en China, porque esta diversificación hace pleno sentido desde una perspectiva de minimizar costos, después del coronavirus puede plantearse que es necesario considerar también la seguridad del suministro como un factor al menos tan importante como la eficiencia económica. No obstante, los efectos principales de una epidemia como la actual son esencialmente temporales por lo que en una perspectiva de más largo plazo la minimización global de costos debiera prevalecer.

Lo que sí es ineludible es la instauración de mecanismos de coordinación globales expeditos y claros para enfrentar la emergencia de problemas como el coronavirus. Por su propia naturaleza -contagio- el actual es un tipo de shock para el que la acción mancomunada de todos los países es no solo conveniente, sino indispensable. Decisiones como cierre de fronteras y restricciones a los desplazamientos de personas conciernen necesariamente a varios países. Pero también la colaboración humanitaria y compartir experiencias y buenas prácticas es no solo una acción altruista, sino que va en beneficio de todos, incluido por cierto el país donante. La colaboración no solo debe pensarse respecto del fenómeno sanitario sino que también desde la óptica económica. En efecto, el coronavirus está en camino de provocar una recesión mundial que afectará a la gran mayoría de los países. Algunos tienen una situación económica inicial precaria -bajo crecimiento, deuda pública elevada, alto desempleo- y no cuentan con muchas herramientas a las que echar mano. Otros, en cambio, tienen más holguras. Si estos últimos usan tales holguras tanto para sí como para colaborar con el resto en forma coordinada, el resultado será mucho mejor. Así lo ha estimado la OCDE, cuyas estimaciones sitúan esta ventaja en más de un punto porcentual del PIB global luego de tres años.

Llego hasta aquí porque son las 8 pm y a esta hora los vecinos salimos al balcón a aplaudir y tocar cacerolas. Así nos damos ánimo por el confinamiento y agradecemos a la primera línea de personal médico que, en forma abnegada, ayuda a los enfermos y salva vidas. Una primera línea de verdad admirable y digna de todo elogio.

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