“Alcancé a ver cómo se destruía y me afectó bastante, porque es el esfuerzo de años que hemos construido unidos con la comunidad. Cada cosa que había en ese colegio fue fruto del esfuerzo de los apoderados, de los niños, mío propio y de la comunidad educativa en general, que aporta con su grano de arena para que la escuelita fuera lo más cómoda y pedagógicamente atractiva”. Este es parte del relato de Erica Garrido, la directora de la última escuela reducida a cenizas producto de un ataque terrorista en Curacautín.
Fue un atentado incendiario contra la escuela municipal José Chahín Silhy, ubicadada en un sector aledaño al parque nacional Conguillío, en un lugar denominado La Tepa. El fuego fue provocado intencionalmente por la orgánica terrorista Resistencia Mapuche Malleco, que dejó un lienzo exigiendo el regreso de los presos mapuche a la cárcel de Angol y la repetición del juicio contra Joaquín Millanao, comunero condenado a 47 años de presidio tras un atentado que dejó a un policía parapléjico (ver nota de los beneficios que recibieron de parte del gobierno).
Este es el cuarto colegio en Curacautín que desaparece tras las llamas como consecuencia de los ataques terroristas de la Resistencia Mapuche Malleco entre 2022 y 2023, dejando a 15 alumnos sin sus establecimientos. Los otros fueron la escuela Rariruca (dos veces atentada), la escuela Radalco y la escuela San Arturo. Son cuatro del total de siete establecimientos que cubren la zona rural de más difícil acceso, según datos del Mineduc, entregando educación a un total de 38 alumnos.
“No es solamente un establecimiento, es como un segundo hogar para ellos”
La escuela José Chahín Silhy tiene una larga historia en esta cordillerana comuna de La Araucanía. Fue creada en 1942, cuando predominaba la actividad maderera que daba trabajo a una amplia población rural. Garrido explica que el colegio siniestrado alcanzó a tener a cerca de 100 estudiantes en sus aulas, sin embargo, la fuerte migración a las ciudades cambió esa realidad. Actualmente su escuela entregaba educación sólo a tres alumnos, siendo un apoyo fundamental para sus familias y las comunidades alrededor del establecimiento.
“El colegio siempre estuvo abierto a la comunidad, por lo tanto llegaban la junta de vecinos, los adultos mayores, todos hacían sus reuniones y se les facilitaba algún espacio para que pudieran realizar sus actividades. Siempre estuvo abierta a los apoderados que viven en el sector y es ahí donde está el apego de los niños con su establecimiento. Son niños que viven en el sector donde sus abuelos se educaron, sus padres, sus hermanos mayores, entonces hay un apego importante con respecto al colegio. No es solamente un establecimiento, es como un segundo hogar para ellos”, relata la directora a El Líbero.
“Todavía me cuesta superar el impacto”, confiesa sobre el atentado contra su colegio, el cual vio consumirse entre las llamas con total impotencia e incredulidad, tras el llamado de Bomberos.
Los niños: principales víctimas de la violencia
La profesora Erica Garrido y sus estudiantes debieron ser trasladados a otro establecimiento para continuar con sus actividades, lo que no ha sido fácil de sobrellevar. A pesar de que hoy cuentan con una sala habilitada para seguir adelante, las secuelas del atentado son aún latentes y les impactan diariamente a ella, sus alumnos y familias. “Me cuesta mucho dormir, y se me hace difícil quedarme dormida. Despierto en la madrugada y ya no me duermo más. Esto es algo que afecta el entorno, te afecta demasiado”, dice la docente, quien explica cómo esto impacta directamente en el desarrollo y desenvolvimiento diario de los alumnos que fueron víctimas de este atentado.
“Hoy están en un establecimiento que les es ajeno, en otra comunidad y otro entorno, con una carga que no tenían por qué asumir a su corta edad, pero que una acción terrorista los tiene forzados a vivir. Los niños sienten ese desapego, sienten que no es su espacio. Yo los conozco y están retraídos, aunque dicen que los niños se adaptan con facilidad, pero no sé qué tanto será así. Lo veo en su relación con los demás, con sus padres, se aíslan. Creo que les va a costar adaptarse”, relata Garrido.
Y es que además de tener que enfrentarse a un ambiente ajeno y relacionarse con otro entorno social, lo que consiguieron con esfuerzo de años, el fruto de los aportes y el trabajo de sus padres y familias, hoy lo han perdido. Se quemó completamente su sala de clases, con sus cuadernos, trabajos, reconocimientos académicos y fotografías, sus computadores y otros avances que con esfuerzo habían logrado comprar para aportar a su educación. Hoy no queda nada, sólo la buena voluntad con la que una nueva comunidad educativa los ha acogido compartiendo su infraestructura.
“Cuando ves que ese esfuerzo de años se quema y que además no se entiende por qué razón ni qué culpa tienen los niños, o qué culpa tenemos nosotros de problemas que puedan tener a nivel político, social, qué sé yo, todo eso genera indignación e impotencia. Esa impotencia no es fácil sacártela del ser, de la cabeza”, confiesa Garrido.
«¿Cómo se vuelve en paz a trabajar?«
Tras un ataque de esta magnitud, el nivel de angustia e inseguridad que sienten las comunidades atentadas es importante. La directora de la escuela José Chahín da clara cuenta de aquello. “¿Cómo se vuelve en paz a trabajar a un lugar donde la violencia ha arreciado tan brutalmente?”.
“Como directora del colegio, estando a cargo de educar y de formar niños, el mensaje que me queda hoy es la tremenda inseguridad en la que nosotros estamos. Es el miedo de no saber qué va a ocurrir incluso con el colegio en que estamos ahora. Estamos rodeados de militares porque están cuidando los colegios, los niños están viviendo en un ambiente de hostilidad al ver militares armados, aunque ellos igual los ven como amigos y que nos están protegiendo, pero no es para nada normal”, argumenta la directora.
“Su escuela se ha ido y no será fácil ni rápido recuperarla. Yo como profesional me siento en el aire, porque no sé qué voy a hacer con los niños, si voy a poder volver a ir, si estamos seguros o no, porque también se cuestiona eso”, añade.


