Publicado el 19 septiembre, 2021

Carta abierta de Óscar Guillermo Garretón: “Dos batallas del pasado de Chile”

Autor:

El Líbero

“El film ‘La Batalla de Chile’, las primeras veces me interpretó, confirmaba mis emociones; la de los perseguidos, de los reprimidos, de los exiliados, de torturados, desaparecidos y asesinados. Pero ahora siento que elude contar toda la verdad, aunque la trasluce, en su ineludible descripción del clima imperante. Me interpreta mucho más ‘la otra batalla de Chile’, aquella que permitió salir de la dictadura”, escribe el exsubsecretario de Economía de Salvador Allende en esta carta enviada a El Líbero.

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La repetición en televisión de la “La batalla de Chile” ha provocado comentarios. Quiero agregar el mío, no para volver a lógicas del pasado, sino tratando de construir futuros a partir de estos movidos 50 años.

La he visto innumerables veces: al comienzo, con emoción, quizás la misma de aquellos que la ven por primera vez. Después dejé de mirar a los protagonistas y presté atención a la escenografía del país; éramos muy pobres, muy atrasados, la miseria se devela en las calles, en las muchedumbres. Sin embargo, a casi 50 años de distancia, me golpea también lo que no dice, lo que no filma y lo que la película deja ver: la polarización feroz de esos días, la intransigencia dominante, la violencia ambiente que se respira, anticipando los rasgos del desenlace.

No lo digo como espectador. Soy parte de los que aparecemos en ese filme. Pero mirado desde la distancia de 50 años, no me seduce seguir culpando a otros. Me motiva mucho más compartir lo vivido con un propósito: no quisiera volver a esos tiempos. Me angustian quienes, sin haberlos vivido, los rodean con un halo que incita a revivirlos.

No tengo recuerdos de otros tiempos en que de manera tan fuerte, nacían y se propagaban esperanzas populares en todo el país. La UP ganó por poco más de un tercio de los votos, era una minoría. Pocos meses después, en elecciones municipales llegó al 50% y en marzo de 1973, 6 meses antes del golpe, en medio de una inflación desatada y un desabastecimiento generalizado, obtuvo en elecciones parlamentarias muchos más votos que los obtenidos en 1970. Es una medida de su significación política, mayor cuando se le suma otra realidad imposible de ignorar: la polarización creciente y un clima de violencia aumentando.

En este casi medio siglo he reflexionado y repensado muchas cosas. Sin embargo, en esos días post golpe, cuando había pasado de diputado a clandestino perseguido con saña, y vivía día y noche en medio del sonido de balaceras y el ruido de los helicópteros, me hice una promesa que me inspira hasta ahora. Si sobrevivía, hacia adelante me haría cargo de mis errores -que seguramente han sido y serán muchos- pero no me haría eco ni menos portavoz de errores colectivos o de otros, por una malentendida “lealtad a la causa” o acatamiento disciplinado. Esa promesa explica opiniones mías en estos años, incluidas las de este texto.

En la crisis económica desatada, sin duda hubo conspiraciones foráneas, empresariales y latifundistas. Se iniciaron antes de asumir Allende y lo ratifican demasiados testimonios para pretender negarlo. Pero la responsabilidad nuestra es también inocultable. El año 1971 fue de cifras espectaculares. La reactivación impulsada por la UP hizo crecer el PIB casi en un 8% gracias a un aumento de remuneraciones reales a octubre de 1971 de 52% en doce meses, a un descenso del desempleo y un fuerte aumento del gasto fiscal financiado fundamentalmente con un incremento a más del doble -113,6%- de la cantidad de dinero. Paralelamente se desarrolló un intenso proceso de intervención de grandes empresas y bancos, así como una masiva reforma agraria.

Sin embargo, las consecuencias de las alegrías de 1971 fueron la crisis de 1972 y la debacle económica de 1973. El PIB cayó casi un 6%, se desplomaron los salarios reales y la inflación superó el 600% anual. Al mismo tiempo en muchas de las empresas nacionalizadas o intervenidas del “área social”, disminuyó la producción, aparecieron déficits operacionales y se hicieron comunes conflictos internos. En tanto, la realidad social fue desbordándose. En síntesis, un deterioro vertiginoso en tres años. En ello tiene responsabilidad la acción desestabilizadora de EEUU y de sus aliados, especialmente en el ámbito financiero, así como la de empresarios y agricultores afectados y la de derecha. Pero rol inocultable jugó la concentración del gobierno UP en transformaciones estructurales de largo plazo, sin consideración a la correlación real de fuerzas y con menosprecio a la gestión técnica y a los equilibrios financieros.

La derrota de la UP fue política. Solo su desenlace fue militar. Hubo varios intentos fracasados de golpe, como el asesinato del general Schneider o el “tanquetazo” en junio de 1973. El golpe se hizo exitoso cuando una parte importante del país, no se si la mayoría, estuvo a favor de que se diera y las FF.AA. se unieron para darlo. Cuando no entendimos que se requieren mayorías para hacer cambios en democracia. Cuando la violencia se hizo consenso, sea para derribar al gobierno o para defenderlo, porque desde ese momento, solo la violencia podía dirimir las diferencias.

El film “La Batalla de Chile”, las primeras veces me interpretó, confirmaba mis emociones; la de los perseguidos, de los reprimidos, de los exiliados, de torturados, desaparecidos y asesinados. Pero ahora, siento que elude contar toda la verdad, aunque la trasluce, en su ineludible descripción del clima imperante. Me interpreta mucho más “la otra batalla de Chile”, aquella que permitió salir de la dictadura.

La primera, en la película, interpreta la batalla que culminó en la derrota más monumental vivida por la izquierda chilena y latinoamericana. La otra es el triunfo de una mayoría social y política pacífica, sobre una dictadura fuerte en lo militar, en lo económico y en lo político, que se prolongó en 20 años de gobiernos exitosos.

Ahora se acusa que fue una salida “negociada”. Obvio que lo fue. ¿Olvidaron que Pinochet obtuvo 44% de los votos en el plebiscito, que las FF.AA. estaban intactas y que el empresariado del que dependía la economía, miraba con desconfianza la democracia? La otra “salida”…no salió; la armada fracasó, sembrando de sangre calles y campos, así como de jóvenes las cárceles. La dictadura habría durado muchos años más sin nuestra salida.

Pero entonces, ¿cómo se pasó de una a otra batalla de Chile? Una terminada en trágica derrota y la siguiente en victoria y éxitos prolongados. Pese al escepticismo de algunos, no son separables. La segunda, conocida más tarde como proceso de “renovación socialista”, nació de una profunda y desgarradora crítica de lo que fue el gobierno de la UP y de las creencias comunes a los partidos de izquierda que formaron parte de ella.

Pasados los primeros tiempos donde la única respuesta aceptable era “La batalla de Chile” -las culpas del imperialismo, el golpismo fascistoide de la derecha, la vesania de los empresarios, la sumisión de los democratacristianos- comenzamos algunos, dentro y fuera de Chile, a decirnos: ¡bueno, que el imperialismo, la derecha y empresarios intentarían aplastarnos, es algo que siempre supimos! Si lo sabíamos desde siempre, ¿por qué perdimos? ¿Qué hicimos mal? ¿En qué nos equivocamos para perder de una manera tan lapidaria?

Las respuestas llevaron a parte de la izquierda a optar por el camino que logró la derrota de la dictadura y luego al triunfo y la obra de la Concertación. Ese es el origen la otra gran batalla de Chile. Aquella de un período que terminó. Es pasado, entre otras cosas porque cambió a Chile; y las mayorías que contribuyó a crear, pusieron otras prioridades en su agenda, aún no respondidas. En mi versión, los pilares del éxito en esa segunda batalla son:

1) La democracia y los derechos humanos no son relativizables sino parte integral de nuestra visión. Hubo que perder ambos para entenderlo.

2) Los cambios, mientras más profundos, más amplias las fuerzas sociales y políticas comprometidas con ellos que se necesitan y por ende más graduales (en alianza con el centro pueden haber sido menos llamativos que los de la UP, pero perdurables y sin retrocesos).

3) Rechazo categórico a la violencia y la lucha armada, no por razones tácticas sino porque en ella siempre ganan los violentos y armados de uno de los bandos pero nunca los pueblos, que solo construyen para ellos a partir de la única igualdad que más iguala el poder de cada uno, el voto.

4) No hay economía viable para Chile en el siglo XXI sino abierta al mundo, con una combinación de mercado y regulaciones que corrijan sus imperfecciones y distorsiones, con empresas privadas, con una política fiscal rigurosa que asegure a equilibrios macroeconómicos indispensables para que los pueblos no paguen las consecuencias de la irresponsabilidad fiscal de quienes no quieren límites en sus ansias de repartir y repartirse; o que consideran que la economía es para después del triunfo final.

5) Toda democracia fuerte es de acuerdos entre los representantes de una “polis” cada vez más diversa y consciente de su diversidad.

6) Impecabilidad en el ejercicio de la función pública y en el diseño de políticas públicas, más aun, con un pueblo cada vez más educado, informado y consciente de sus derechos.

Como ven, no es un programa, sino una lógica inspiradora de la diversidad de propuestas programáticas e interpelaciones que la sociedad hace a la política; tejedora de complicidades transversales entre sus seguidores, que duró 20 años. Es continuidad en el compromiso con el avance de su pueblo; no una idea antigua congelada en tiempo, aunque la realidad demuestre que erró. Es de una izquierda popular antes que ideológica.

Allende es un caso particular de la historia de 1970-1973 y de todo lo que ha venido después. Siempre se enorgulleció de su trayectoria parlamentaria mientras otros en la izquierda abominaban de ella; permanentemente buscó acuerdos con la DC contra la opinión de muchos partidarios; en su primer mensaje presidencial dijo que “en Chile no habrá dictadura del proletariado” escandalizando a los guardianes de la ortodoxia; siempre apoyó la lucha de otros pueblos pero se opuso a la lucha armada en Chile, pero eso no significa que careciera de política militar, sino que creía necesario asegurar un respaldo de las FF.AA. a una democracia progresista.

En otras palabras, en esos tiempos donde la expresión “socialdemócrata” era un insulto, él fue un demócrata de izquierda, no un guerrillero de ortodoxia marxista. Es un antecesor de la renovación socialista. ¿Tuvo responsabilidades en la UP? Por cierto que sí, como todos los que alguna autoridad tuvimos en ella; y las responsabilidades provocan compromisos. Lo esencial del compromiso de Allende y su mas importante herencia, está contenida en su muerte.

Allende murió en la casa de los Presidentes de Chile donde la democracia lo había ungido y su muerte se transformó para el mundo entero en la de un Presidente electo democráticamente, a manos de golpistas y propiciadores de dictadura. Con su muerte comienza una dictadura en Chile, pero también la derrota estratégica de ella en Chile y el mundo, hasta hoy. En tanto, lo esencial del compromiso de la izquierda que forjó la renovación socialista, fue contribuir a construir una gobernabilidad exitosa cuando le tocó liderar el retorno a la democracia y volver a ser gobierno.

Las columnas de Opinión son presentadas por:
  • Qué debe hacer Kast para ganar

    Patricio Navia

    Sociólogo, cientista político, académico UDP
  • El arrepentido

    Roberto Munita

    Abogado, magíster en Sociología y Master in Political Management, George Washington University
  • Las “dos almas” de Boric

    José Manuel Castro

    Investigador Instituto de Historia/CEUSS, Universidad San Sebastián. Estudiante doctorado en Historia University College London, Inglaterra
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