Durante la época colonial Valparaíso operó sólo como embarcadero y desembarcadero tanto de personas como de productos que se intercambiaban con el Perú y, también, con el resto de los puertos de Chile. Esa fue, durante mucho tiempo, la única función que cumplía.

En 1811, sin embargo, cambió la historia. José Miguel Carrera, en el inicio de la independencia nacional, proclamó la libertad de comercio internacional para Chile, pero hubo que esperar hasta la batalla de Chacabuco en febrero de 1817 para que Valparaíso y Chile recuperaran la independencia y se instaurara ese libre comercio.

Probablemente, como los puertos peruanos estaban aún bajo dominio español, el mundo inglés se fijó en Valparaíso como el lugar desde donde iniciar una penetración comercial en este nuevo mundo que ya alcanzaba su independencia. Fue así, como, a muy poco andar, comenzaron a llegar los primeros británicos a instalarse en Valparaíso y a iniciar una profunda, extensa y exitosa gestión comercial, especialmente concentrada en el comercio exterior de la república. A la vez, se constituyeron en ciudadanos eminentes de esta ciudad que, con ellos a la espalda, comenzó un rápido y sostenido crecimiento. A poco andar, fueron acompañados por algunos contingentes de ciudadanos alemanes que se sumaron con entusiasmo y con éxito a la naciente actividad comercial.

Varios hechos fueron marcando esta nueva realidad. Desde luego, la pronta habilitación del Cementerio de Disidentes en 1825, destinado a estos recién llegados en su mayoría de religión protestante y que, por ende, no podían recibir sepultura en el cementerio católico. Valparaíso era ya una ciudad internacional que tomaba fisonomía propia de cara a las otras ciudades chilenas.

También, el temprano cambio, en 1831, de la Dirección de Aduanas desde Santiago a Valparaíso. Ese cambio se debió al auge del comercio exterior y al hecho de que ese comercio se hacía mayoritariamente por Valparaíso. Valparaíso se transformó así en la capital comercial de Chile y, a poco andar, en la capital financiera, pues los recursos con que se desarrollaba ese comercio y las empresas que los gestionaban, bancos especialmente, también se instalaron en Valparaíso.

Otro hecho importante comenzó a producirse en la segunda mitad del siglo XIX: las olas migratorias que produjo Europa en esa época también llegaron a Chile y, especialmente, a Valparaíso, porque esta ciudad era el epicentro del progreso chileno. Fue así como se asentaron dentro de sus límites grandes grupos de inmigrantes italianos, españoles y palestinos; pero, también, entre otros, de croatas. Le cambiaron el aspecto a la ciudad. Los emporios italianos, las ferreterías y panaderías españolas y las paqueterías palestinas se extendieron por todos sus barrios.

Fue así como Valparaíso enfrentó el cambio de siglo, con un crecimiento económico muy importante, del cual el pulmón era la capacidad portuaria de la ciudad. Apareció, entonces, la necesidad de modernizar el puerto y de ponerlo a la altura de las exigencias del comercio exterior chileno. Fue el último hecho que, por ahora, quiero subrayar: el planeamiento y la construcción de esa obra colosal que es el Molo de Abrigo. Valparaíso así, se vio en espléndidas condiciones para afrontar los desafíos del futuro. Pero, fue entonces que se adoptaron en Chile decisiones que produjeron su rápido desplome junto con el de los demás puertos chilenos.

La desvalorización del salitre, que comenzó en 1918 pero que llegó a su cúspide en 1929, provocó una enorme crisis social la cual fue enfrentada a partir de 1930 por una política de proteccionismo económico con la intención de fortalecer -así se dijo- a la industria nacional. Para ello, se levantaron, a partir de ese año enormes barreras arancelarias que aislaron a Chile del comercio internacional.

Entre otras, corresponde mencionar la Ordenanza de Aduanas de 1928 y, después, las Leyes de Control de Cambios (1931-1932), complementadas por las leyes 6.334 (1939) y 6.640 (1941) que crearon la Corporación de Fomento de la Producción (CORFO). Estas no solo intentaron financiar la industria nacional con fondos públicos, sino que establecieron el marco legal para que el Estado otorgara créditos blandos, subsidios y exenciones tributarias exclusivas para las empresas chilenas, sepultando la competencia extranjera.

En este escenario proteccionista, el pulmón de Valparaíso, su puerto, perdió su aire y fue así como la ciudad comenzó una rápida decadencia. Desaparecieron las empresas dedicadas al comercio exterior, como asimismo aquellas que proveían los recursos para el desarrollo de ese comercio, los bancos desde luego. A la vez, las empresas dedicadas a actividades dentro del país debieron emigrar a la capital pues en ella se concentró el poder de decisión para sacarlas adelante. Fue el comienzo de un centralismo que terminó desvalijando a las regiones y empobreciendo al país y a sus habitantes de una manera lamentable.

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Esta situación comenzó a revertirse en 1974 con la reapertura del país al comercio internacional. Se fortaleció de verdad la industria nacional y se revitalizó el accionar de los puertos, Valparaíso entre ellos. Pero, el mundo empresarial que años antes se encontraba allí a sus anchas, no ha regresado. Ha permanecido en la capital. Dos son así las grandes tareas que se han de emprender para devolver a Valparaíso su antigua vitalidad. La primera, cuidar que el puerto se mantenga en condiciones para afrontar los desafíos de un creciente comercio exterior. Lo cual significa, en primer lugar, su ampliación que debe emprenderla según la regla histórica: el puerto crece de acuerdo con sus propias exigencias y, después, la ciudad se adapta a ese crecimiento. Ha sido la fórmula del éxito tanto para el puerto como para la ciudad.

Pero, muy importante, Valparaíso y todas las regiones y ciudades del país requieren de parte del gobierno nacional una política que provoque la descentralización, pero esta vez del sector privado del país que sigue cómodamente instalado en la capital. No basta con la descentralización del sector público, donde se ha avanzado mucho. Ella debe ser seguida de manera urgente por el sector privado. Esta, no puede demorarse más.

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2 Comments

  1. Muy buen tema. Incentivar con herramientas tributarias y similares, cierto????

  2. Excelente planteamiento; la decadencia de Valparaíso y de otras ciudades en regiones no es solo responsabilidad del centralismo estatal. En el caso de Valparaíso también es de quienes lo habitan o dicen defenderlo ya que cada vez que surge una idea que puede permitirle aspirar a progresar, con pocas excepciones, surgen obstinados opositores que terminan obstaculizando su materialización y hacen desistir a sus gestores; es el viejo cuento del perro del hortelano.

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