El trabajo es un factor de producción, un gasto o un recurso, pero, por sobre todo, es una actividad humana. Procede de la persona y de algún modo comparte su dignidad. Es el medio natural que posee el ser humano para generar transformaciones a la naturaleza y, de este modo, desarrollar la cultura que lo hace más pleno. En tal sentido, la primera dimensión perfectiva que ofrece el trabajo es la generación del sustento material imprescindible para la vida, tanto de quien labora como de su familia o personas económicamente dependientes. Con su fruto las personas “se ganan la vida”. 

Especial mención al respecto merece todo un amplio espectro de labores que apuntan directamente al cultivo de las personas y que, al mismo tiempo, constituyen modos honestos de sustento económico. Destacan entre ellas, las tareas educativas, las denominadas “culturales” (artísticas, intelectuales, etc.) y todas aquellas que comportan la dirección de personas para el logro de propósitos comunes. Es inconmensurable el bien humano y social que puede seguirse de tales quehaceres.

Con los recursos materiales provistos por el trabajo el individuo también puede solventar el despliegue y destinar tiempo a otras actividades, no lucrativas, que apuntan a su crecimiento personal y al de su familia, tales como prácticas artísticas, deportivas, recreativas, la realización de estudios, el cultivo de hobbies, viajes, etc. Se trata del tiempo de ocio -en el sentido latino de nobilis otium-, de descanso y diversión. Para llevar a cabo esta multiplicidad de prácticas posibles, normalmente se hará imprescindible desplegar más trabajos, normalmente no remunerados. 

En cierto sentido, la sociedad es el ámbito donde los hombres se comunican y comparten bienes, entendidos estos en su amplia acepción: materiales, intelectuales, directivos, artísticos, morales, jurídicos, recreativos, deportivos, educativos y otros. Precisamente por ello el trabajo, a través de sus multiformes manifestaciones, es el medio por excelencia de que disponen los seres humanos para servir, contribuir al bien común y configurar una cultura igualmente común.

Sin desmedro alguno de lo antes señalado, no es posible dar cuenta cabal de las aristas de plenitud que emanan del trabajo, si no se considera su intrínseca condición perfeccionadora para quien es su autor. A esta realidad se la conoce como dimensión subjetiva del trabajo. Corresponde a las “riquezas” o diversas plenitudes (técnicas, psicológicas, intelectuales, morales y espirituales) que quedan al interior del trabajador en el acto de producir la cosa o servicio externo, esto es, el trabajo en su concreción objetiva. En su conjunto, éstas apuntan al crecimiento y al desarrollo personal, incluyendo la satisfacción y la estima propias.

Una adecuada comprensión del trabajo conduce a fomentar su dotación de sentido y una actitud cooperativa. Y motiva la búsqueda del desarrollo humano de los trabajadores mientras llevan a cabo sus tareas productivas, sin descuidar por ello la eficiencia. Se trata de un gran reto para el buen directivo.

*Álvaro Pezoa Bissières, director  Centro Ética Empresarial ESE Business School

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