El debate sobre la vocería gubernamental en Chile no puede entenderse plenamente sin considerar un elemento central del caso de Camila Vallejo: su militancia en el Partido Comunista de Chile. Esto, porque tanto en el caso del comunismo como del nazismo desde siempre se ha priorizado la comunicación política altamente profesional, estructurada y manipulativa, orientada al control del mensaje, la movilización de apoyo y la cohesión ideológica y política.

No se trata de un dato accesorio. Es una clave esencial para comprender el profesionalismo de Camila Vallejo, la disciplina de sus vocerías y la importancia estratégica que ella otorga a la puesta en escena y al lenguaje político, algo que también puede observarse, en términos generales, en militantes comunistas que hoy ocupan la primera línea de la política.

En estas ideologías de corte totalitario, como la comunista, la comunicación no se concibe como una simple transmisión de información, sino como una herramienta de manipulación política y construcción de una “realidad” adecuada a la narrativa del partido.

Eso es lo que significa comunicar para los movimientos totalitarios: formar un imaginario, fijar marcos de sentido, disputar narrativas y proyectar una determinada visión del orden social. Por eso, en figuras como Vallejo, la vocería no aparece como un ejercicio meramente técnico, sino como parte de una concepción más amplia en la que el lenguaje constituye un espacio de disputa por el poder.

La formación política comunista ha otorgado históricamente una enorme relevancia a la palabra pública. Desde una perspectiva doctrinaria, quien logra definir los problemas e instalar las categorías desde las cuales se forma o interpreta la realidad adquiere una ventaja política decisiva.

Ese es el objetivo de una comunicación rigurosa y disciplinada: no sólo explicar decisiones, sino construir legitimidad para un proyecto ideológico.

Camila Vallejo representa una síntesis particularmente eficaz entre esa tradición ideológica y las exigencias contemporáneas de la comunicación pública. Su trayectoria, desde el movimiento estudiantil hasta el gobierno, muestra preparación discursiva, control narrativo y una notable capacidad para sostener marcos argumentativos bajo presión.

Por ello, la comparación entre Camila Vallejo y Mara Sedini ha sido poco productiva cuando se plantea solo en términos de “mejor o peor”, porque contrapone a una militante comunista con formación profesional comunicacional orientada a objetivos ideológicos definidos, con una figura cuya experiencia mediática es más reciente y responde a una trayectoria distinta, donde la manipulación y la instalación de una pseudorealidad son vistas no sólo como un defecto técnico, sino como una grave falta ética.

Sin embargo, el modelo de vocería llevado por Camila Vallejo a un alto nivel de profesionalismo manipulativo abre un debate legítimo.

Cuando el estilo de una vocería comienza a percibirse como más personalista, se diluye la sensación de representación institucional y surge la impresión de que la figura del vocero busca fortalecer su propio capital político. Entrevistas personales, reportajes, sesiones fotográficas y una cobertura centrada en su imagen —incluyendo estilo y vestuario— fueron elementos que marcaron el caso de la exvocera del gobierno de Gabriel Boric.

Y es precisamente aquí donde la comparación con varias democracias europeas resulta iluminadora.

En países como Alemania, Suecia o Países Bajos, las vocerías de gobierno tienden a ser más sobrias, técnicas y despersonalizadas. Por lo general, son los propios ministros quienes informan a través de conferencias de prensa o entrevistas ocasionales, siempre desde un enfoque institucional y no desde la construcción de capital político individual.

La prioridad está puesta en la claridad administrativa, la precisión técnica y la rendición de cuentas, evitando que el protagonismo recaiga sobre la figura de quien expone.

No es que esas democracias carezcan de estrategia comunicacional. La tienen.

La diferencia es que su tradición institucional busca que el mensaje esté subordinado al cargo, y no al carisma, al relato o a la identidad partidaria del portavoz.

Con la salida de Mara Sedini y los ajustes en las vocerías del gobierno de Kast, Chile pareciera estar avanzando hacia un modelo de comunicación más institucionalizado, en línea con ciertos estilos europeos.

Esto no implica renunciar a convicciones ni vaciar de contenido la comunicación pública. Implica comprender que la fortaleza democrática se expresa cuando las instituciones hablan con más fuerza que sus rostros.

El caso de Camila Vallejo revela una tensión más profunda de la política chilena: la persistencia de una cultura en la que comunicar sigue siendo, para ciertos sectores, una forma de disputar hegemonía y manipular el imaginario social.

Si Chile aspira a una institucionalidad más robusta y menos dependiente de liderazgos simbólicos, sus vocerías debieran parecerse cada vez más a aquellas democracias donde la comunicación sirve primero al Estado y sólo secundariamente al proyecto político de turno.

Esa no es una cuestión de estética.

Es una señal de madurez republicana.

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