Recuerdo que en el gobierno del Presidente Aylwin -al cual me incorporé como asesor del ministro Alejandro Foxley-, cada trimestre que pasaba nos sorprendía con un crecimiento mayor al estimado previamente. No había modelo que pudiera explicarlo, pues la fuerza de trabajo y el capital no crecía a la misma velocidad, por lo que la llamada Productividad Total de Factores, PTF, saltó sin respeto por ningún modelo económico que la predijera. Bueno, la PTF es el residuo del crecimiento, y además de los fundamentos de una mayor productividad, incluye también el estado de las expectativas, el espíritu shumpeteriano empresarial, que sí saltó por las nubes.

Asimismo, nadie esperaba que el crecimiento desde 2013-2014 en adelante fuera tan bajo, desilusionando las expectativas con cada trimestral adicional. No sabíamos que en ese momento se iniciaba un periodo 12 años de severo estancamiento económico, debilitamiento institucional y decadencia moral, que posteriormente llegaría al paroxismo con el octubrismo y sus efectos en la inmigración descontrolada y la inseguridad. Los hijos del octubrismo hegemonizaron a toda la izquierda, y todos ellos recibieron un bofetón ciudadano de proporciones el 4 de septiembre de 2022. Se iniciaba el inicio del fin de este ciclo nefasto de nuestra historia reciente, que finalmente se cierra con el abrumador triunfo de José Antonio Kast el pasado 14 de diciembre.

El sorprendente crecimiento en el gobierno del Presidente Aylwin llevó a una acelerada reducción de la deuda externa, incremento de los salarios reales y reducción de la pobreza,  todo ello trajo adhesión al sistema democrático naciente. Es clave que el año 2026 se gatille un crecimiento acelerado y que cada trimestre nos sorprenda. Al igual que Patricio Aylwin en su primer año, ello se logra para el primer año con las señales que vuelvan a disparar ese espíritu empresarial que tiene pulsión por la inversión. Es perfectamente posible sorprender y crecer entre 3% y 3,5% el primer año, cuando la mayoría de los analistas estiman 2,5%, y terminar creciendo un promedio de 4% para todo el periodo presidencial. Las condiciones están: altísimos ingresos esperados para el litio y el cobre, y un futuro ministro de Hacienda que, además de sus virtudes personales y sobresaliente inteligencia, conjuga por primera vez conocimientos específicos sectoriales con la convicción de los equilibrios económicos agregados; es decir, la macroeconomía y la microeconomía juntas.

Son las señales potentes desde el principio las que gatillan el crecimiento acelerado. A las ya conocidas medidas para derrotar al crimen organizado y recuperar la seguridad -condición necesaria para crecer-, y al anunciado recorte de gastos superfluos e ineficientes e impulso normativo a las cuantiosas inversiones estancadas, se debe también adicionar potentes proyectos de ley tributarios y de desregulación. Ideal que el proyecto de ley tributario reduzca de una vez el impuestos a las empresas al 23% el primer año, que estimule al mercado de capitales a una mejor la movilización de recursos de ahorro a la inversión -sin abrir nuevos focos de elusión tributaria-, y que incentive la exportación de servicios. Se requiere una severa modificación al Sistema de Evaluación Ambiental, que se centre en la mitigaciones de los efectos del crecimiento y en una rápida resolución de las RCA, y una profunda revisión de la Ley Lafkenche. El cambio al sistema político para eliminar el discolaje y desincentivar la dispersión partidaria es esencial. (Confieso que mi sueño es un sistema parlamentario a la europea).

¿Y las restricciones macroeconómicas? Propongo revisitar el debate de la campaña en esta materia. Efectivamente, la situación era insostenible para un gobierno que no cumple sus metas de déficit estructural y que no es capaz de crecer más del 2% anual. Los gobiernos de Bachelet II y Boric son los únicos gobiernos desde 1990 que crecen menos que el resto del mundo y que nuestros socios comerciales. Insólito para una economía pequeña, que tiene abierto su comercio exterior y acuerdos de libre comercio con casi todo el planeta. Pero no es el caso del próximo gobierno. Si el próximo gobierno crece al 4%, ello implica ingresos fiscales adicionales de US$ 1.500 millones, que es un ingreso que la izquierda no tiene y que el gobierno de José Antonio Kast debe considerar en su planificación macroeconómica. Los altos ingresos del litio y cobre reducirán la deuda pública neta el año 2026 por incremento de los fondos soberanos, y entregarán probablemente ingresos adicionales estructurales para los años 2027 en adelante. Con un 45% de deuda pública y 4% de crecimiento la deuda como porcentaje del PIB se reduce si el déficit fiscal es menor a 1,8%.  Parece razonable cumplir el 1,1% para el próximo año de déficit estructural (el déficit efectivo será menor) y reasignar cualquier recorte de gasto superfluo e ineficiente hacia transferencias sociales eficientes, eliminando intermediarios que se quedan con una enorme tajada. En este contexto y con un gobierno fiscalmente responsable, no estamos en una emergencia fiscal y perfectamente se puede definir un déficit estructural parejo de 1% a 0,5% para todo el periodo.

Es una oportunidad extraordinaria. El crecimiento de este periodo no solo incrementará el bienestar y mejorará la adhesión al sistema democrático-capitalista que tiene Chile, sino que también, así como los 20 años de la Concertación no existirían sin ese primer gobierno que creció aceleradamente, es muy posible que estemos inaugurando también el fin de la alternancia y el despeje definitivo de las amenazas populistas para 2030.

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