Lo que hace poco más de una década se enfrentaba como una «sequía pasajera» hoy se ha instalado como una condición estructural de la Región de Coquimbo y, mientras el resto del país olvidó la gravedad de la “mega sequía” y la preocupación por el agua quedó relegada solo a los expertos, en las cuencas del Elqui, Limarí y Choapa, la discusión es de supervivencia.

Los últimos datos puestos a disposición por el CEAZA dibujan un mapa de aridez extrema. Durante el año 2025, las zonas interiores de Limarí y Choapa nuevamente tuvieron déficit de precipitaciones que se situaron entre un 30% y un 50% respecto a un año normal. La baja en precipitaciones trae aparejada una baja acumulación de nieve, inferior al 30%, la que poco duró cuando enfrenta en 2026 el segundo verano más cálido desde que hay registros.

De los más de 1.300 hectómetros cúbicos de capacidad de embalsamiento de la región, según informe de la DGA, el agua efectivamente acumulada apenas roza el 15%, una cifra que es un 13% inferior a la registrada en el mismo periodo de 2025. El gigante de la zona, el embalse La Paloma, opera hoy a un crítico 7% de su capacidad, mientras que el Puclaro, Recoleta y Cogotí se mantienen cercanos a un débil 15 a 18%. Sólo la provincia de Choapa, gracias a eventos climáticos locales, respira con un 76% de acumulación en sus embalses El Bato y Corrales.

Esta condición ha tenido consecuencias dramáticas en la región: de las 230 mil hectáreas de superficie agrícola censadas en 2007, para 2021 se perdió un 16% llegando a 194.000 hectáreas, con caídas porcentuales similares en las tres provincias. Se trata de una disminución de superficie permanente, que se hace mayor año a año debido a la escasez de agua efectiva y a las hectáreas que los agricultores deciden no sembrar, o en el caso de frutales, dejar sin riego.

Esta sequía, sin duda, tiene impactos económicos que se manifiestan en el alicaído crecimiento del PIB regional, el cual mostró un aumento de sólo un 0,4% en el tercer trimestre de 2025 y también sociales: la participación del empleo agrícola en Coquimbo ha caído desde 12,6% en 2014 hasta 9,3% en 2024 según el informe de Escasez hídrica, producción agrícola y empleo en Coquimbo. Ese mismo estudio muestra un dato muy importante: una caída de 10% en las precipitaciones genera un impacto del 37% en la producción regional.

Los datos anteriores apuntan a que la región es cada vez más vulnerable a la sequía, y si el invierno 2026 no trae una cantidad abundante de agua, la superficie agrícola y la actividad ganadera volverán a contraerse, con las consecuentes pérdidas de producción, de empleo y aumentos de pobreza.

Coquimbo ya no resiste más diagnósticos, para tener esperanzas requiere liderazgo, gestión y por, sobre todo, requiere obras, muchas de ellas ya son conocidas e incluso, algunas están en desarrollo. Avanzar decididamente en la planta desalinizadora Panul permitirá desacoplar el abastecimiento de ciudades y es un buen mecanismo para dejar de repartir escasez y eliminar la tensión entre consumo humano y producción. Pero esto no es suficiente: se requiere de un plan de pozos de emergencia, con sistemas de recarga de acuíferos preparados para captar posibles superávits puntuales de aguas invernales. También se requiere una aproximación distinta de los instrumentos de fomento al riego, apoyando la actualización tecnológica de una región que no tiene nueva superficie para incorporar al riego tecnificado. La modernización de canales, con compuertas automáticas y mejores revestimientos también es un paso necesario. Por último, se debe buscar la manera de reutilizar los 900 litros por segundo de aguas servidas que hoy son dispuestas en el mar mediante el emisario submarino existente en la región.

En 2026, Coquimbo no sólo lucha contra la falta de lluvia; lucha contra el tiempo. La emergencia hídrica que enfrenta el sector agrícola de esta región es enorme. Hoy es el gran muro de contención para frenar o mitigar el avance del desierto, y debemos disponer de políticas públicas y decisiones estatales en su apoyo, pues aquí tenemos la oportunidad de aprender cómo hacer frente a esta realidad que en el futuro afectará también a otras regiones del país, con graves consecuencias.

Gerente de Políticas Públicas Sociedad Nacional de Agricultura

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