La publicación de los resultados de la Encuesta Casen 2024, ha suscitado gran interés académico y político, ya que revela información clave para el diagnóstico de la pobreza y la desigualdad en Chile, aportando al debate sobre cómo encarar estas realidades en vísperas de un cambio de gobierno. 

Hasta aquí, el principal debate se ha centrado en la composición de los ingresos de los hogares: observado un mayor aumento proporcional de los ingresos de los hogares proveniente de subsidios y transferencias estatales, unido al menor aumento de los ingresos autónomos, la pregunta ha resultado ser, ¿qué tan deseable es esta estructura de ingresos para las familias más vulnerables y de clase media? De un lado se ha defendido la idea de que la ayuda estatal muestra la capacidad de auxiliar a los postergados del sistema económico y, así, el Estado contribuye a la justicia social redistribuyendo la riqueza. Por otro lado, se ha alertado sobre la dependencia estatal que implica esta estructura de ingresos, los desincentivos al empleo, sobre todo el formal y la pérdida de autonomía de familias y personas para construir con herramientas propias su proyecto de vida; además, en un contexto de deterioro fiscal, se cuestiona la viabilidad de mantener o profundizar esta línea de gasto.

Ambas posturas parecen obviar o asumir que las personas, o son indiferentes respecto a de dónde obtienen los recursos para mantener sus hogares, o consideran el empleo sólo como una fuente de ingresos. Pero la situación es más compleja; las personas tienen criterios y valoraciones sobre el empleo, más allá de su satisfacción salarial. Por otro lado, tienen temores y perciben incerteza respecto a sus trayectorias laborales, más allá de una eventual cesantía.

La pobreza y la desigualdad no conciernen sólo al nivel de ingresos, ni a las condiciones del mercado laboral; ambas tienen profundas implicancias sociales, respecto de las cuales el empleo es un factor más. Si se quiere discutir sobre la estructura de ingresos, hay que considerar primero las valoraciones sobre el empleo, además de los temores que albergan las personas sobre su futuro, para luego expandir el debate a otros ámbitos sociales como la cohesión, la marginalidad, la educación, la delincuencia o incluso las valoraciones del régimen político, ya que todas ellas son dimensiones centrales de la vida en sociedad.

El trabajo en particular es un ámbito central de la sociedad. Además de ser fuente de ingresos monetarios, funge como espacio de socialización, de construcción identitaria y de búsqueda de sentido personal. Su relevancia y las posibles motivaciones para trabajar, se extienden más allá de su función económica. Sobre lo anterior cabe preguntarse: ¿qué piensan y esperan del trabajo quienes están por entrar al mercado laboral o ya forman parte de él? ¿Qué rol cumple la educación superior y qué expectativas implica? ¿Qué los motiva a ir a trabajar?

En el Observatorio Social de la Universidad del Alba aplicamos una encuesta para ahondar en las expectativas, percepciones y valoraciones de los chilenos sobre el trabajo. Encontramos información interesante sobre cómo las personas le asignan al empleo un lugar en sus vidas y desde qué ángulos valoran el hecho de tener trabajo. Además, observamos los principales temores respecto a su vida laboral, así como las valoraciones y criterios con que evalúan un trabajo. Los resultados muestran un escenario complejo; una alta valoración y satisfacción laboral coexisten con dudas sobre la promesa de la educación superior, junto a un temor por el futuro ocupacional, especialmente entre los jóvenes.

Satisfacción e importancia

Un 93,7% de la muestra considera al trabajo importante o muy importante para su vida. Sin embargo, se observa una brecha generacional: sólo un 47,7% de los jóvenes entre 18 y 29 años considera que el trabajo es “Muy importante”, frente a un 56,2% entre quienes tienen 30–44 años, y más de un 60% entre los mayores de 45 años. A la inversa, los menores de 30 años concentran la mayor proporción de quienes consideran el trabajo “Poco importante” o “Nada importante” para su vida (15,4%). El trabajo podría no ser muy relevante como eje identitario entre quienes hoy ingresan o están por entrar al mercado laboral, versus quienes llevan más años en él. 

Entre quienes tienen trabajos remunerados (73,8% de la muestra), la satisfacción laboral es alta: un 87,7% está satisfecho o muy satisfecho; un 81,8% se siente orgulloso de trabajar en su organización; un 85,5% siente que puede desarrollar sus talentos y un 83,4% cree que puede innovar y hacer propuestas. Pero, al desglosar por nivel socioeconómico (NSE), mientras que un 46,5% del NSE alto está muy de acuerdo con que puede desarrollar sus talentos en su lugar de trabajo, sólo el 27,6% del NSE bajo dice lo mismo. 

Valoraciones

Al preguntar por los aspectos más importantes en un trabajo, los encuestados destacan tener un buen sueldo (66,5%), luego un buen ambiente laboral (61,7%) y después estabilidad (44,2%). Elementos asociados con la “vocación” o el sentido del trabajo, como “Hacer lo que me gusta”, o “Sentirme parte de la organización” aparecen, pero en un segundo plano. Esto sugiere una orientación pragmática, donde el trabajo es valorado principalmente como fuente de seguridad y bienestar antes que como proyecto vocacional. 

Los tramos más jóvenes valoran más “Hacer lo que me gusta” (46,5%), en comparación con los de 30–44 años (32,5%) y 45–59 (25,38%). Esto sugiere que los más jóvenes le dan mayor importancia a que un trabajo les resulte atractivo o significativo. Por otro lado, los grupos mayores le dan más relevancia a “Tener un buen sueldo” que los jóvenes (casi 10 puntos de diferencia). Estas diferencias no son necesariamente opuestas, sino más bien desplazamientos de las prioridades desde las cuales se evalúa el trabajo a lo largo del ciclo vital. Sería importante dilucidar si estas diferencias únicamente describen las distintas etapas de la vida o si tienen un correlato con la época. 

Inseguridad laboral y expectativas

En cuanto a la sensación de seguridad laboral, expectativas y percepciones del futuro, una proporción significativa (37,8%) dice estar preocupada o muy preocupada por la posibilidad de perder su trabajo. Esta inquietud es transversal, salvo una leve disparidad por nivel socioeconómico. El grupo que presenta más “despreocupación” es el NSE alto, donde un 35,8% dice estar “nada preocupado” con la posibilidad de perder su empleo, frente al 29% del nivel bajo. 

Observamos una percepción moderada o pesimista sobre oportunidades para el futuro. Ante un eventual despido, cuatro de cada diez personas consideran poco o nada probable encontrar un nuevo trabajo en los próximos meses. Así, emerge una situación marcada por una cierta estabilidad en el presente, pero incierta en el futuro, especialmente en un contexto de transformación tecnológica. Más del 60% está de acuerdo o muy de acuerdo con que la automatización, la inteligencia artificial y la robotización amenazan su empleo.

Respecto a las expectativas en la educación superior, un 75% de la muestra está de acuerdo o muy de acuerdo con que un título universitario es importante para alcanzar sus objetivos laborales. Sin embargo, esto varía según el tramo etario. Entre los adultos mayores, un 40,5% está “Muy de acuerdo” con la premisa señalada. Pero el grupo más joven se diferencia del resto de la muestra: en este grupo, sólo un 21,5% está “Muy de acuerdo” con la misma afirmación.

Notamos de modo sistemático que, a mayor nivel socioeconómico, más importante es el título universitario. Un 86,6% de los encuestados de un NSE alto la consideran importante, 14 puntos sobre los encuestados de bajo NSE. Esta brecha sugiere que el valor atribuido al título universitario se encuentra estratificado socialmente. Estos patrones tensionan la promesa de la educación superior como un vehículo de movilidad social para quienes provienen de sectores más vulnerables. 

Conclusiones y discusión

Los resultados sugieren que el trabajo en Chile es central en la vida de las personas, pero hay diferencias etarias y entre niveles socioeconómicos respecto del modo en que se le piensa y proyecta. El empleo es valorado como espacio de desarrollo, pero no aparece como garante de estabilidad o como vía segura de movilidad social. En este contexto, la educación tiene cierta importancia para la ciudadanía, aunque su promesa se debilita de manera desigual, especialmente entre jóvenes y sectores con trayectorias laborales más acotadas. La convivencia entre satisfacción laboral e incertidumbre, junto con una distancia respecto de los relatos meritocráticos tradicionales, plantea desafíos relevantes para el debate público, particularmente cuando nuevas generaciones toman decisiones educativas en un escenario laboral frágil y poco predecible. 

Los resultados aquí presentados invitan a complejizar el debate abierto a partir de la Casen 2024, incorporando las percepciones, expectativas y temores que las personas tienen sobre el trabajo. Comprender qué dimensiones del empleo son más valoradas, así como los temores de distintas generaciones y grupos sociales, es clave para diseñar políticas que promuevan la inserción laboral, al tiempo que habilitan trayectorias estables, significativas y sostenibles en un contexto de cambio tecnológico y transformación del mercado del trabajo.

Participa en la conversación

1 Comment

  1. Obvio, la gente mayor y de mayores ingresos sabe que debe valerse por si misma. Los más jóvenes y de más bajos ingresos viven estrujando a sus padres y familiares y se apoyan en ayudas y subsidios para disponer de más tiempo «libre»………

Deja un comentario
Debes ser miembro Red Líbero para poder comentar. Inicia sesión o hazte miembro aquí.