carabineros

El 18 de octubre de 2020, un año después del “estallido”, ardió la Iglesia de Carabineros. Cinco saqueadores le prendieron fuego, pues no se necesita mucha gente mala para causar un daño irreparable. En el exterior, cientos de manifestantes “pacíficos” celebraban alrededor de la pira. Seguramente, muchos de ellos ahora se quejan de la falta de seguridad, y son demasiado inmaduros para establecer un vínculo directo entre su danza burlesca, la destrucción de recintos sagrados (y de nuestra convivencia democrática), y la ola de crímenes que estamos sufriendo.

Tampoco parecer sentirse incómodos los diputados y ministros que ahora comparecen ante las cámaras cargando un riguroso luto (el delantal blanco se saca justo antes de la elección). Nunca han cargado molotov, pero sí visitaron en la cárcel a los saqueadores, indultaron y dieron pensiones a los delincuentes que quemaron el Metro, insultaron por Twitter a la policía y vistieron poleras “matapacos”. Nunca quemaron neumáticos, pero blindaron a los pirómanos.

Ahora nos dicen que todas sus marchas fueron inofensivas, que los violentos eran infiltrados, que obligar a la gente a bailar era “una joda”. Quieren respaldar al mismo tiempo a Ricardo Yáñez y a Celestino Córdova y tener líneas abiertas con Llaitul y con las viudas de Cañete. Hay que ser muy “graves” para acusarlos por vestir una camiseta con un quiltro callejero.

Sin embargo, como bien sabemos los católicos, no se peca solo con acciones, sino también con palabras y omisiones. Hasta el silencio nos puede condenar. ¿Acaso la izquierda no apunta, con razón, contra quienes callaron y permitieron las violaciones de los derechos humanos durante la dictadura? ¿Qué han hecho concretamente para frenar la barbarie en el sur, aparte de encender la hoguera con sus llamados a liberar Wallmapu y desmilitarizar La Araucanía? 

El auto-engaño es un mecanismo de defensa muy poderoso. Ya lo explicó bastante bien el psicólogo Leon Festinger al desarrollar la teoría de la disonancia cognitiva: para soportar nuestras contradicciones e incoherencias “nos hacemos trampa… y aceptamos las mentiras como si fueran la verdad”. Así evitamos el mal sabor de boca y el peso de la conciencia, y nos sacamos una selfie con cara de pena por la mañana, nos ponemos una chaqueta apolillada de color negro por la tarde, y en la noche nos vamos de farra con una brigada de grafiteros con olor a parafina. Es que la “excelencia valórica” es muy útil para no sentir nauseas cuando el sufragio en la Cámara se aleja tanto de las declaraciones fúnebres.

Ricardo Leiva – Académico de la Universidad de los Andes

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