La Semana Santa de 2026 estuvo cargada de símbolos que interpelan con fuerza una realidad que parece desbordar el sentido más profundo de esta conmemoración. Mientras el calendario litúrgico nos invitaba al recogimiento, al perdón y a la esperanza, el mundo insiste en mostrarnos su rostro más fragmentado: guerras que no cesan, sociedades polarizadas y una violencia que se ha vuelto inquietantemente cotidiana.
En este escenario, las palabras del Papa León XIV durante su reciente visita al Principado de Mónaco resonaron con inusual fuerza. No fue una homilía complaciente, sino una interpelación directa, condenando “la acción encubierta de poderes capaces de ejercer violencia sin escrúpulos y cuestionó sin rodeos: “¿No es eso lo que ocurre hoy?”. Definió la paz no como la ausencia de conflicto, sino como la capacidad de reconocer en el otro a un hermano.
La Semana Santa, entonces, deja de ser un rito estático y se transforma en una provocación. ¿Qué significa hoy hablar de paz y de perdón en sociedades profundamente heridas? Las guerras actuales, con su carga de destrucción y desplazamiento, evidencian la fragilidad de los acuerdos humanos y la dificultad de construir paz duradera. Sin embargo, también revelan algo más incómodo: la facilidad con la que nos acostumbramos al dolor cuando este ocurre lejos de nuestra propia realidad inmediata.
Chile no está ajeno a estas sombras. El reciente asesinato de una profesora en Calama, a manos de un estudiante, ha remecido profundamente a la comunidad educativa y al país entero. No se trata solo de un hecho aislado, sino de un síntoma doloroso de una fractura más amplia: la pérdida del respeto, el debilitamiento de los vínculos y una creciente incapacidad para resolver los conflictos sin recurrir a la violencia.
Las escuelas, tradicionalmente entendidas como lugares seguros, reflejan hoy tensiones sociales más amplias. La violencia no se genera en la escuela, se reproduce en ella: es el resultado de múltiples fracturas acumuladas, de contextos familiares complejos, de una cultura que muchas veces valida la agresión como forma de respuesta y de una institucionalidad que llega tarde o resulta insuficiente. En este escenario, el rol educativo se vuelve aún más desafiante: no basta con enseñar contenidos, es urgente formar en convivencia, empatía y responsabilidad.
Aquí es donde la Semana Santa adquiere una dimensión crítica. La cruz, símbolo central de estos días recién vividos, no puede ser entendida únicamente como sufrimiento. Es también una denuncia frente a la injusticia y una invitación a no permanecer indiferentes. En tiempos donde la violencia escala desde los conflictos internacionales hasta los espacios más íntimos como la escuela, la indiferencia se vuelve cómplice.
No basta con recordar una historia de hace dos mil años; se trata de actualizarla en nuestras decisiones diarias, en la forma en que convivimos, en cómo educamos y en el coraje de construir paz en medio del conflicto.
