En el marco de la Semana de la Minería organizada por el Centro de Estudios del Cobre (Cesco Week), el nuevo gobierno asume desafíos mayúsculos. Entre ellos, uno del que hablamos poco y que cruza empleo, productividad, recaudación fiscal y transición verde: reencantarnos con la minería. No como ejercicio de nostalgia, sino como apuesta estratégica de futuro.
Por lo mismo inquietan profundamente episodios recientes en Codelco: el terrible accidente de El Teniente en julio de 2025, la salida abrupta de ejecutivos por ocultamiento de información, la ausencia de un Comité de Seguridad en la gobernanza de la estatal, los sobrecostos en la remodelación del edificio corporativo y el cuestionamiento a que tres de sus actuales directores se hayan eventualmente votado a sí mismos para integrar el directorio de NovaAndino Litio. Más allá de las responsabilidades específicas, son señales preocupantes de desorden, debilidad en los controles y pérdida de foco en el principal actor estatal de la industria.
Lamentablemente, no parece tratarse de algo coyuntural, sino de un deterioro estructural. En 2025, Chile produjo 5,4 millones de toneladas de cobre, un 1,6% menos que en 2024 y una de las cifras más bajas de la última década. Ese mismo año, Minera Escondida alcanzó 1,34 millones de toneladas, superando por primera vez en la historia la producción combinada de las siete divisiones de Codelco (1,33 millones de toneladas). Que una sola compañía sobrepase al principal productor estatal no es un dato anecdótico: es la señal más evidente de que el motor minero chileno está perdiendo rumbo y competitividad.
La tendencia es clara. En los últimos diez años, Codelco ha visto caer su producción en torno a un 23%, mientras Escondida la aumentó cerca de un 17%. En paralelo, Chile cayó 29 puestos en el ranking de atractivo para inversión minera del Fraser Institute entre 2018 y 2023, y volvió a ubicarse entre los países más complejos para hacer negocios, según TMF Group. Capital Economics habla derechamente de un “deterioro del entorno empresarial minero” y proyecta solo un crecimiento modesto en cobre y litio hacia 2030, justo cuando la demanda mundial debería dispararse por la descarbonización.
Reencantar, especialmente a las nuevas generaciones, exige algo más que campañas comunicacionales sobre “minerales críticos”. Requiere una decisión de Estado y una agenda coherente al menos en cuatro frentes:
- Marco regulatorio estable y predecible
Reglas claras, exigentes en lo ambiental, pero con certezas sobre dónde, cómo y en qué plazos se puede invertir. - Institucionalidad robusta para proyectos
Un sistema que evalúe y destrabe grandes iniciativas con plazos definidos, criterios técnicos y coordinación efectiva entre servicios. - Impulso a la exploración y a nuevas tecnologías
Más exploración y adopción de IA, digitalización y automatización, junto con proveedores locales tecnológicos, para producir mejor y con menos impacto. - Inversión en capital humano en territorios mineros
Formación técnico‑profesional acorde a la “minería del futuro” (robótica, mantención avanzada, ciberseguridad, datos), para no depender mañana de capacidades externas.
Mientras discutimos y vemos tristemente caer la producción y perder el liderazgo, otros países ya compiten agresivamente por las inversiones que en Chile dábamos por sentadas. Si no actuamos ahora con una mirada estratégica y de largo plazo, las próximas cifras “históricas” de la minería chilena serán de irrelevancia.
Reencantarnos con la minería requiere demostrar con hechos que esta industria puede ser sinónimo de integridad, ejecución impecable, innovación, tecnología limpia, buenos empleos y aporte real a la transición verde global, como pilar central de los ingresos fiscales de Chile. El tiempo de ordenar la casa, recuperar la competitividad y tomar decisiones de largo plazo es ahora.
