Chile lleva más de una década con la productividad estancada. Ese, y no otro, es el problema económico de fondo que define nuestra capacidad de crecer y financiar mejores políticas públicas. La inteligencia artificial (IA) aparece como una de las pocas palancas reales para revertir esa trayectoria, pero solo si entendemos que su adopción exige condiciones previas que hoy no están dadas.
La discusión pública sobre IA en Chile tiende a saltarse un paso. Antes de aprovechar IA, las
empresas, los servicios públicos y las pymes necesitan estar digitalizadas. Procesos en papel, datos dispersos y sistemas que no conversan entre sí no se resuelven con un modelo encima. La IA amplifica organizaciones que ya tienen datos ordenados y procesos digitales; sobre organizaciones analógicas, simplemente no opera. Sin digitalización previa no hay ganancias de productividad que capturar.
Conviene entonces tratar a la IA como lo que es: infraestructura de desarrollo. Como en su momento lo fueron las carreteras, los puertos o la electricidad, hoy la capacidad de usar datos, algoritmos y automatización define la competitividad de un país. Esa infraestructura se construye con talento, reglas claras, inversión, ciberseguridad y colaboración público-privada sostenida.
De ahí que la política pública más urgente sea la masificación de profesionales de tecnologías de la información. Necesitamos, con sentido de urgencia y como política de Estado, multiplicar el número de personas formadas en TI, articulando a las empresas tecnológicas con universidades y centros de formación técnica a lo largo del país. La industria TI tiene además una ventaja estructural: permite trabajar desde cualquier lugar, lo que la hace compatible con la descentralización y con la incorporación de mujeres a la fuerza laboral. En un país donde la participación laboral femenina sigue siendo baja, en buena parte por la carga desproporcionada de las labores de cuidado, una industria que no exige presencialidad es una palanca real de inclusión.
El Estado tiene aquí un rol decisivo. Debe modernizarse, incorporar IA en sus servicios y habilitar condiciones para que el sector privado adopte tecnología con seguridad. El lanzamiento en abril de Stack Público por parte del Ministerio de Ciencia —un programa de formación en IA para funcionarios— es una señal en la dirección correcta. Importa, porque no habrá transformación digital real si quienes diseñan políticas, compran tecnología o ejecutan servicios que no entienden cómo operan.
El cambio tecnológico no nos va a esperar y nuestros vecinos avanzan. Chile tiene la base institucional, el ecosistema empresarial, las universidades y la infraestructura tecnológica para hacerlo bien, pero solo si ordenamos las prioridades: masificar profesionales TI con foco descentralizado y de género, digitalizar pymes y Estado de manera sistemática, y regular con criterio. Sobre esa base, la IA puede convertirse en una palanca real de productividad y desarrollo. Sin ella, será una promesa más que se nos escurre.
