El gobierno del Presidente Gabriel Boric enfrenta una paradoja incómoda. Para que su gestión se valorice electoralmente, necesita que su sucesor fracase. Pero si eso ocurre, el péndulo político chileno ya no tendrá adónde regresar. El problema no es solo del oficialismo: es del sistema político en su conjunto.
Durante los últimos tres años, el gobierno ha intentado instalar la normalización como su principal legado. La inflación bajó y se estabilizó, se aprobó la batería legislativa en materia de seguridad más ambiciosa en décadas, las movilizaciones sociales disminuyeron drásticamente y el país recuperó cierta previsibilidad tras años de convulsión. Todo eso es real. El problema es otro: la normalización no moviliza, no proyecta coalición y no disputa mayorías. Ordena el presente, pero no construye futuro.
La razón es estructural. Los legados políticos no se valoran en contraste con el pasado, sino con lo que viene después. Chile ya vivió esta dinámica. Durante el primer gobierno de Sebastián Piñera, la economía creció, se redujo la pobreza y se modernizó el Estado. Sin embargo, eso no le permitió traspasar la banda presidencial a alguien de su sector. Solo cuando el segundo gobierno de Michelle Bachelet registró el crecimiento económico más bajo desde el retorno a la democracia, el legado de Piñera se transformó en un argumento electoral efectivo. Su valor solo emergió retrospectivamente.
Aplicado al escenario actual, la lógica es similar, pero con una trampa adicional. Para que la normalización de Boric se transforme en un activo político, se requiere que el gobierno del Presidente José Antonio Kast no la mantenga. Si Kast gobierna con estabilidad, profundiza el orden y sostiene la previsibilidad, la normalización será percibida como una expectativa mínima cumplida, no como un logro distintivo. En cambio, si bajo su administración reaparecen la conflictividad social o la inestabilidad institucional, entonces sí el legado de Boric adquirirá valor. Pero a un costo alto.
Porque entre 2014 y 2030, Chile habrá probado todas las alternativas conocidas del péndulo político: centroizquierda con Bachelet, centroderecha con Piñera, izquierda con Boric y derecha con Kast. Cuatro gobiernos distintos en solo dieciséis años. Cuando el péndulo agota todas sus coordenadas, no vuelve al punto de partida. Salta fuera del sistema. La ciudadanía no concluye necesariamente que hay que volver a quien normalizó el país, sino que ya probó todo lo disponible y nada ofreció una respuesta duradera.
Ahí se completa la paradoja. El actual oficialismo necesita que su sucesor fracase para que su legado se valorice, pero si ese fracaso ocurre, el sistema político pierde su capacidad de ofrecer alternativas creíbles dentro de los marcos conocidos. La normalización puede ser un logro relevante, pero su valor aparece cuando ya es tarde para capitalizarlo.
Esa es la trampa de gobernar al final de un ciclo político agotado: tu carta de normalización se vuelve valiosa justo cuando el tablero donde estabas jugando ya no ordena las preferencias electorales.

En general es un análisis sombrio, negativo y casi determinista. Explora solo en una dirección, el fracaso. Y qué pasa si es un rotundo éxito????
Tiene que ser un éxito , para que nunca mas tipos como Boric , Jackson y otros lleguen al poder. No se pueden hacer las cosas peor que en un gobierno como el de Boric.