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En un contexto tan desafiante como el que Chile podría enfrentar entre 2026 y 2030 -marcado por urgencias en materia de seguridad pública, inmigración ilegal descontrolada y estancamiento económico persistente- resulta comprensible que los debates políticos y técnicos se concentren en restaurar el orden, estabilizar la economía y restablecer confianzas básicas en la convivencia nacional. Pero sería un error grave -y a largo plazo, muy costoso- dejar al margen de esa agenda a la actividad cultural.

Apoyar seriamente la cultura no es un lujo prescindible ni una distracción estética. Es, en verdad, una apuesta estratégica por el desarrollo humano, la cohesión social y la proyección internacional del país. Una sociedad que promueve sus mejores expresiones culturales -desde las artes visuales y escénicas, hasta la literatura, el cine, la música o el diseño- está fortaleciendo el alma de sus ciudadanos. Les da profundidad de mirada, sensibilidad, sentido crítico y una conexión más rica con la realidad. La cultura no sólo entretiene: educa, refina, integra, transforma.

Además, una escena cultural activa, diversa y de calidad proyecta una imagen más atractiva y compleja de Chile hacia el mundo. En una era de competencia global por inversiones, turismo y talento, tener una identidad cultural reconocida, viva y moderna puede marcar la diferencia entre ser una nación periférica o un país inspirador. El prestigio no se impone: se cultiva. Y la cultura -vocablo proveniente de cultivar- es una de sus herramientas más eficaces.

El fomento cultural, además, genera empleo calificado, dinamiza industrias creativas, amplía la oferta turística y consolida identidades locales y regionales. No es menor que muchas comunas de Chile encuentren en sus fiestas tradicionales, sus artesanos, sus centros culturales, sus platos típicos o su patrimonio arquitectónico una vía concreta de desarrollo económico y social. Esto permite, además, tejer un sentido de pertenencia más nítido, local y nacional, y nutrir una narración común que no borra las diferencias, sino que las integra.

Pero la política cultural no puede reducirse a repartir recursos ni a sostener aparatos burocráticos, menos erigirse en una pauta estatal omniabarcante. Debe estar guiada por criterios profesionales serios, exentos de sesgos ideológicos o capturas sectoriales. Incentivar la cultura significa identificar, respaldar y cooperar con la formación del talento existente en la comunidad; promover la excelencia; colaborar a conectar tradición e innovación; sembrar continuidad en medio del cambio multidimensional. En suma: generar riqueza humana, social y económica.

Por eso, incluso un gobierno de emergencia debe asumir que la cultura no es un gasto marginal, sino una inversión estratégica. Y más aún: su incentivo ha de ser una política permanente del Estado, no de un gobierno en particular. Si queremos recuperar Chile, debemos también reencantarlo. Y una vía privilegiada para este propósito consiste en respaldar con decisión sus mejores expresiones culturales. No se trata de una tarea secundaria, sino que esencial en el camino de reedificación de un Chile maltratado.

Director Centro Ética y Sostenibilidad Empresarial ESE Business School

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