Mario Vargas Llosa
FOTO: SEBASTIAN BELTRÁN GAETE/AGENCIAUNO

Mario Vargas Llosa nos ha dejado pero con nosotros quedarán, para siempre, sus obras inmortales y, no menos, el ejemplo de su lucha incansable por esa libertad integral e inclaudicable que tanto amaba.

A fines de junio del año pasado asistí -tal como lo había hecho tantas veces antes- al Foro Atlántico celebrado en Madrid que desde su fundación había sido presidido por Mario Vargas Llosa. Esta vez, él no estaba presente. Su salud había comenzado a deteriorarse. En esa ocasión pronuncié algunas palabras que tal vez valga la pena reproducir hoy.

Queridos amigos.

Quisiera comenzar mi intervención con algunos recuerdos de un hecho ocurrido hace ya más de 20 años y que involucra a nuestro gran maestro, Mario Vargas Llosa.

El 14 de octubre del año 2002 se celebró en esta casa el evento de inauguración de la FIL. Por la tarde de aquel día era el turno de que nuestro célebre amigo interviniese ante un público espectante que desbordaba este anfiteatro. Durante la mañana, Mario había escuchado atentamente los debates que habían tenido lugar, en particular sobre una inquietante realidad latinoamericana que auguraba un futuro difícil. También se había discutido la precaria situación del liberalismo latinoamericano, así como el surgimiento de un nuevo populismo que fácilmente podía conducir al caos a una región ya de por sí inestable y vulnerable.

Todo ello hizo que Mario se decidiera a no pronunciar el discurso sobre la globalización que había preparado. En su lugar, realizó una vibrante intervención improvisada sobre los problemas del liberalismo en la región que, a mi juicio, no ha perdido ni un ápice de su relevancia.

Después de una breve introducción sobre el panorama nada alentador de la región Mario tomó, como es su costumbre, el toro por las astas y pasó a hablar de la fascinación desmedida que tantos liberales muestran por la economía y el mercado libre, como si fuesen una panacea capaz de resolver todos los problemas sociales.

En su alocución Mario relacionó esta fascinación economicista con un fenómeno aún más peligroso: la tendencia a cerrar los ojos o simplemente legitimar métodos de gobierno autoritarios o corruptos siempre y cuando se aplicasen reformas económicas pro mercado.

El principal ejemplo de ello es el caso de Chile bajo la dictadura del general Pinochet en torno a lo cual Mario se detuvo largamente. También aludió al gobierno de Menem en Argentina, tan fervientemente admirado por muchos así llamados liberales a pesar de sus métodos que poco o nada tenían que ver con el liberalismo.

Y por supuesto que no dejó de aludir a su propio país, el Perú, y a la así llamada “dictadura liberal” de Alberto Fujimori que mezcló una serie de reformas económicas de corte liberal con una brutalidad política y una corrupción que parecían sacadas del mundo de las novelas de nuestro admirado amigo.

Frente a este liberalismo reduccionista y pervertido Mario contrapuso un liberalismo integral, como él lo llama, que quiere ser fiel a la libertad y a la decencia en todas sus facetas simultáneamente y que no está dispuesto a sacrificar unas libertades para poder obtener otras. En especial si aquellas libertades que se sacrifican tienen que ver con la esencia misma del liberalismo en cuanto compromiso inquebrantable con la inviolabilidad de la integridad y la dignidad del ser humano, así como con la democracia y con aquella igualdad básica de oportunidades que permite que todos puedan ejercer la libertad con mayor plenitud.

Esto último implica, por cierto, una redistribución de recursos y al respecto cabe subrayar hoy más que nunca lo que nuestro maestro escribió en La llamada de la tribu, el libro que generosamente le dedicó a nuestro querido Gerardo Bongiovanni: “la igualdad de oportunidades es un principio profundamente liberal, aunque lo nieguen pequeñas pandillas de economistas dogmáticos intolerantes”.

En este sentido, Mario es un liberal genuinamente clásico que, tal como lo hacía Adam Smith, reconoce las tareas legítimas del Estado no sólo para asegurar el orden interior y la paz exterior, sino también para generar, principalmente a través de la educación, esas oportunidades básicas sin las cuales la libertad se puede quedar en letra muerta para muchos.

A su juicio, en estos terrenos no hay espacio para compromisos. El liberalismo repudia la idea del privilegio y, sobre todo, de que el fin justifica los medios. El que se puedan usar medios iliberales para conseguir fines liberales es algo profundamente reñido con el espíritu del liberalismo.

Esto último es algo que Mario aprendió tempranamente de Albert Camus y su “moral de los límites”, que es a su parecer “la más fértil y valiosa” de las enseñanzas del autor de, entre otros, El extranjero y El hombre rebelde. En un ensayo de 1975 titulado justamente Albert Camus y la moral de los límites Mario nos dice: “La moral de los límites es aquella en que desaparece todo antagonismo entre medios y fines, en la que son aquellos (los medios) los que justifican a éstos (los fines) y no al revés”.

Se trata de una precisión fundamental. El liberalismo es, por sobre todas las cosas, una doctrina de los medios, de la forma en que nos relacionamos unos con otros, del respeto y la solidaridad que nos debemos mutuamente.

El liberalismo es, como reiteradamente lo ha afirmado Mario Vargas Llosa, una cultura, una forma de civilización profundamente opuesta a todo autoritarismo y a ese brutalismo político que hoy lamentablemente tiende a imperar, donde el insulto y la denostación del adversario, y también de los amigos díscolos o críticos, pretenden incluso vestirse con ropaje liberal.

Al respecto no es baladí recordar que la democracia suele morir lentamente. Aun cuando su final sea abrupto, casi siempre lo precede un largo proceso de deterioro de la amistad cívica y del sentido de comunidad. La muerte de la democracia acostumbra a empezar de una manera subrepticia, con hechos y, no menos, con actitudes que a primera vista pueden parecer una nimiedad, pero que al tolerarse o incluso aplaudirse terminan por desencadenar una espiral de transgresiones al respeto cívico que normaliza el uso de la violencia, primero verbal y luego física, y conduce a la pérdida de todo sentimiento de comunidad, convirtiendo al país en cuestión en un campo de batalla donde el deceso final del orden liberal y de la democracia sólo es una cuestión de tiempo.

Queridos amigos, hoy me he permitido recordar las palabras que Mario pronunciase hace ya más de dos décadas y algunas de sus ideas fundamentales porque, a mi juicio, estamos en presencia, en Europa y en la América tanto latina como anglosajona, de un proceso de polarización y brutalización de la vida pública absolutamente incompatible con la cultura de la libertad y, en consecuencia, con la democracia.

Ese es, a mi parecer, el gran desafío liberal de nuestros tiempos, porque cuando ganan los brutos, ya sean estos de izquierda o de derecha, perdemos todos los que amamos a las ideas de la libertad, todos aquellos que tratamos de seguir siendo fieles al sentido original del término liberal que, tal como lo dijo Octavio Paz en 1982 con motivo de recibir el Premio Cervantes, más que referirse a una idea o filosofía se refería a “un temple y una disposición de ánimo; más que una ideología era una virtud.”

Muchas gracias queridos amigos por haberme escuchado.

Miembro del Parlamento de Suecia, exministro de las Culturas de Chile y autor de El libro negro del comunismo chileno (Ediciones El Líbero 2021)

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