“¡Qué triste estar listo para la guerra sangrienta con los peruanos! ¡No fuera nada esto, como la corbeta fuera firme! ¡de sufrir tres o cuatro balas de regular calibre!… ¡No lo sufre, no lo sufre! ¡Pobre corbeta Esmeralda! ¡Hay madre mía no piense usted, ni en mí, ni en mi mesada, si no en encomendarme a Dios!”.

Parte de una carta del grumete Vicente Caballero Mena (18 años), a su madre Virginia. Caballero, el único que sabía leer y escribir de los que se habían contratado en Valparaíso en febrero de ese año 1879, era uno de los 34 grumetes, que tripulaban la corbeta el 21 de mayo de 1879.

Niños, jóvenes aprendices de marinos, cuyas edades fluctuaban entre 10 y 18 años, y que tan solo tres meses después habrían de protagonizar una de las batallas más épicas de la historia naval mundial.

No obstante, tradicionalmente llamado “Tambor”, el Corneta Gaspar Cabrales (15 años), porteño de nacimiento, era quien transmitía con toques de corneta, las órdenes de Prat. Junto a él se mantuvo permanentemente “Sin embargo, no alcanzó a transmitir la orden de abordaje. Una granada del monitor le había arrancado la cabeza. Ahí yacía el infeliz niño–soldado, ejemplar típico de la palomilla brava de Valparaíso”, señalaría, años después, el guardiamarina Vicente Zegers (16 años).

Sólo diez de los grumetes héroes sobrevivieron al combate. Niños y jóvenes venidos del campo chileno, pueblos y ciudades como San Javier, Rancagua, San Nicolás, Valparaíso y Santiago, embarcados por sus madres sólo por el rancho y una exigua paga.

“Al darse cuenta de la muerte de Gaspar Cabrales, el grumete Pantaleón Cortés (18 años), originario de Quirihue, cogió la corneta y siguió tocando ¡al ataque! con una firmeza admirable, hasta que una granada le voló la cabeza”, relató también el guardiamarina Vicente Zegers.

“Tocó a degüello en los momentos que se abría el buque y desaparecía de la superficie. La muerte del grumete Pantaleón Cortés coincidió con el último disparo, y muerte, del guardiamarina Ernesto Riquelme”, describió el teniente Francisco Sánchez. Riquelme y Sánchez ambos de 27 años, eran originarios de Santiago y Ancud, respectivamente.

Horas antes, Arturo Prat (31 años), nacido en Ninhue, asumiendo que la derrota material era inevitable, mandó al guardiamarina Arturo Fernández Vial (21 años) a clavar el pabellón nacional en el palo mesana de la corbeta, enviando una potente señal a su adversario. Prat y su inmortal dotación, transformarían una contienda entre buques en una lucha de valores, utilizando como arma principal, la convicción de sus principios y una consecuencia a toda prueba, para con el juramento sagrado de dar la vida por la patria y esa bandera, si fuese necesario.

Un combate material transformado en una contienda humana que, basado en un liderazgo fundamentado en los tradicionales valores de Dios, patria y familia, magistralmente encarnados en el ejemplo de vida del gran capitán, impulsaron a 202 marinos, hace casi 150 años, a lograr efectos superiores a los que produce la simple supervivencia.

“Vencer o Morir” reza el lema, que por decreto oficial del Presidente José Manuel Balmaceda, lucen todos los buques de nuestra Armada desde el 3 de abril de 1889, trasuntando la convicción y compromiso de las dotaciones navales de ayer, hoy y mañana.

Las 12:10 horas de ese 21 de mayo de 1879, hora y fecha en la cual las aguas de Iquique inundaron la cámara de oficiales de la corbeta, deteniendo el reloj que celosamente custodia la Armada de Chile en el Museo Marítimo Nacional, representa sin dudas la máxima expresión de cumplimiento del deber, en la historia patria.

Una epopeya de la cual fueron protagonistas niños y jóvenes, como los que hoy caminan por calles de pueblos y ciudades de todo Chile.

Director Liga Marítima de Chile

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