Los recientes resultados electorales en México, que llevaron a Claudia Sheinbaum a la presidencia, han puesto de relieve una realidad inquietante: el oficialismo, con su (casi confirmada) mayoría calificada en ambas cámaras del Congreso, poseerá el poder de cambiar la Constitución a su antojo. Este panorama plantea serias amenazas para la democracia mexicana, y la única barrera que puede detener el avance hacia una nueva «dictadura perfecta» -como describió Vargas Llosa los 70 años del PRI- es la sociedad civil.
En una democracia saludable, los medios de comunicación y los partidos de oposición desempeñan roles fundamentales como contrapesos al poder. Sin embargo, en México, ambos se encuentran debilitados. Los medios han soportado seis años de ataques constantes desde el podio de Palacio Nacional, lo que ha erosionado su capacidad de actuar como vigilantes eficaces de la democracia. Su desgaste y la constante presión han limitado su influencia y su capacidad de movilizar a la opinión pública.
Los partidos de oposición, por su parte, están en una crisis de legitimidad. Durante la campaña electoral, Xóchitl Gálvez tuvo que cargar con el lastre de ser asociada con los partidos tradicionales, que llevan años acumulando mala fama debido a la corrupción y a una gestión ineficaz. Claudia Sheinbaum aprovechó esta vulnerabilidad, refiriéndose a Gálvez como «la candidata del PRIAN», un torpedo que impactó de lleno en la percepción pública y contribuyó a su aplastante derrota.
Con los medios arrinconados y los partidos de oposición desacreditados, la única esperanza de frenar el poder avasallador del oficialismo recae en la sociedad civil. La experiencia durante el sexenio de AMLO, cuando la sociedad civil se organizó para defender instituciones clave como el INE, ofrece un precedente alentador. No obstante, la magnitud de los cambios que el oficialismo pretende implementar bajo el «Plan C» requerirá de una sociedad civil mucho más organizada, alerta y vigorosa.
El «Plan C» de AMLO busca asegurar una mayoría calificada en el Congreso para realizar reformas constitucionales profundas. Este plan, que apunta a transformar estructuralmente el país, podría erosionar los cimientos de la democracia. Para enfrentar estos desafíos, la sociedad civil deberá ser diez veces más activa y unida que en el pasado.
Alexis de Tocqueville, en su obra «Democracia en América», destacó la importancia de la sociedad civil como baluarte contra la tiranía. “La salud de una democracia depende de la vitalidad de sus asociaciones”, escribió. Esta observación es especialmente relevante para el México actual. La sociedad civil es la última esperanza contra el poder absoluto, y su capacidad para organizarse y movilizarse será determinante para el futuro de la democracia mexicana.
Los cambios que el oficialismo planea no pueden ser subestimados. La sociedad civil debe adaptarse rápidamente y fortalecer sus redes para proteger los valores democráticos. Esta tarea requiere no solo organización, financiamiento y movilización, sino también una visión clara y compartida de lo que se quiere defender.
En conclusión, la sociedad civil debe asumir un papel protagónico para evitar que México caiga en una nueva «dictadura perfecta». La historia reciente muestra su poder, pero el futuro de la democracia mexicana dependerá de su capacidad para responder a una amenaza sin precedentes. En un contexto donde los contrapesos institucionales son débiles, la sociedad civil es la última frontera.
*Alejandro Cajas G. – Director de Asuntos Públicos de la Fundación para la Democracia Panamericana
