La violencia escolar en Chile dejó de ser un problema ocasional para transformarse en un problema de seguridad y convivencia. Lo que antes se asociaba principalmente a conflictos verbales y a golpes entre estudiantes hoy incluye amenazas con armas, agresiones a docentes y una creciente sensación de inseguridad dentro de los establecimientos educacionales. La pregunta ya no es si debemos actuar, sino si estamos dispuestos a asumir que las medidas aplicadas hasta ahora ya no son suficientes.

Las cifras son contundentes. Un estudio de Datavoz mostró un amplio respaldo ciudadano a medidas más estrictas de control en colegios, como revisión de mochilas y endurecimiento de sanciones. Paralelamente, otro sondeo reveló que un 47% de las familias con hijos en el sistema educativo declara haber estado expuesta a amenazas de tiroteos, ataques con armas y hechos similares.

La realidad también quedó reflejada en las cifras de la Superintendencia de Educación. Las expulsiones por uso de armas pasaron de apenas 9 casos en 2016 a 219 en 2024, mientras las denuncias por violencia escolar aumentaron significativamente en los últimos años.

Frente a este escenario, seguir abordando la violencia escolar únicamente desde una lógica reactiva de sanciones posteriores es insuficiente, es imperativo establecer mecanismos de prevención. Y eso implica aceptar algo incómodo: hoy existen colegios donde las condiciones de riesgo justifican medidas innovadoras de seguridad.

En ese contexto, los pórticos de detección de armas apoyados por inteligencia artificial pueden transformarse en una herramienta relevante. No se trata de convertir las escuelas en cárceles, vulnerando los derechos de niños y adolescentes, ni de reemplazar el trabajo formativo, psicológico o familiar. Se trata de impedir que un arma ingrese a un establecimiento educacional.

La diferencia respecto de los mecanismos tradicionales es importante. Las nuevas tecnologías basadas en IA permiten identificar amenazas sin generar filas interminables ni revisiones invasivas. Hoy los portales que usan esta tecnología analizan patrones, detectan objetos peligrosos, discriminándolos de otros de uso cotidiano que no representan amenaza, reduciendo significativamente las alarmas y, en consecuencia, los falsos positivos. Actualmente este tipo de portales controlan millones de personas al día y detectan miles de armas diariamente.

Por supuesto, estas herramientas no solucionan las causas profundas de la violencia. La salud mental, la desintegración social, la crisis de autoridad y el deterioro de la convivencia siguen siendo factores estructurales, pero plantearlas como argumento para rechazar medidas preventivas es un error. Ambas cosas deben abordarse en paralelo. Cuando un estudiante entra armado a un colegio, el debate deja de ser teórico. Ahí lo urgente es proteger la vida.

La nueva legislación que permite implementar detectores de armas con acuerdo de la comunidad educativa abre una oportunidad importante para actuar con mayor realismo frente al escenario actual. Esto requiere liderazgo político, protocolos claros y voluntad para asumir que la violencia escolar cambió de naturaleza.

Durante años, Chile abordó este problema pensando que era únicamente un tema de convivencia. Hoy sabemos que también es un problema de seguridad. Y cuando la violencia evoluciona, las herramientas para enfrentarla también deben hacerlo.

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