El año 1954, en la Universidad Nacional de México, el poeta Octavio Paz, planteaba: “Día a día se hace más patente que la casa construida por la civilización occidental se nos ha vuelto una prisión, un laberinto sangriento, un matadero colectivo. No es extraño, por tanto, que pongamos en radical entredicho a la realidad y busquemos una salida”. Concuerdo plenamente con lo dicho por el Nobel. Es cosa de mirar lo que pasa a nuestro alrededor, en Latinoamérica y en el mundo para darse cuenta que somos prisioneros de un sistema que no nos da tregua, que nos califica como “perdedores” o “ganadores” según el éxito que hayamos logrado en la vida. Éxito entendido no como la realización de nuestras vidas en términos de desarrollar las habilidades, dones y destrezas que la naturaleza nos dotó para darnos a los demás, sino entendido como la capacidad de tener bienes, tener poder, incluso a cualquier precio.
Vivimos una sociedad violenta, muy violenta, es cosa de ver las noticias. Y ya nos hemos acostumbrado a ella. Nada nos impresiona. Hemos entrado en tal grado de individualismo, que lo único que nos importa es que no nos pase nada a nosotros y nuestros seres queridos. Usando una frase del Papa Francisco, vivimos en medio de la “globalización de la indiferencia”. Nos hemos ido encerrando cada vez más en un mundo donde el otro se nos presenta como una amenaza porque nos va a quitar nuestro puesto en la carrera que quiero estudiar, nuestro lugar en el trabajo, y así, hasta el infinito. Nos hemos convertido en personas ávidas y ansiosas que tenemos que mostrar todo lo que hacemos, comemos, tomamos, viajamos para demostrarles a los demás que somos alguien. Ello, aunque nuestras vidas estén destrozadas, nuestras familias llenas de conflictos y nuestros ambientes laborales sean una tortura.
Occidente se parece a una pista de atletismo donde todos compiten, y donde la presión para ganar es tan potente, que nos saltamos la fila, mentimos, robamos, defraudamos. Pareciera que hay dos lemas en Occidente que forman parte de su “ethos” cultural: todo vale y el fin justifica los medios. En este contexto, estamos cada vez más temerosos del futuro, desesperanzados y tratando de “sobrevivir”. La dimensión trascendente de la vida es motivo de risas, porque la vida se juega en el tener, en el hacer, en el aquí y ahora. Cuando un joven ingresa al Seminario o a la vida consagrada es más motivo de sospechas que de alegría, incluso entre los mismos católicos. Y lo digo por experiencia personal. “Ya se te va a pasar el querer cambiar el mundo”, o el despectivo “se metió a cura”. Qué sociedad menos comunitaria y amigable. Algunos se felicitan de que haya miles de presos en las cárceles, pero nadie vislumbró que se estaban cuajando desde muy tierna infancia delincuentes, y si alguien lo dijo, no se hizo nada y no se hizo nada porque ello implica trabajo, dedicación, generosidad, en definitiva, involucrarse y no subirse al balcón a mirar y criticar.
Vemos a diario y en todo el mundo millones de migrantes deambulando por el mundo entero pidiendo un lugar digno para vivir y trabajar. Nadie sospechó la importancia y la urgencia de promover el desarrollo económico junto al desarrollo intelectual y espiritual, ni menos la importancia de compartir las experiencias de los países más desarrollados con los países más desfavorecidos para sacarlos de la pobreza y terminar con fuerza con la corrupción que ya es pan de cada día.
Mientras en algunos países se bota la comida para que el precio no baje, en otros millones de personas no tienen qué comer y millones de niños pasan hambre. En este contexto no habrá felicidad, no habrá paz, y no la habrá porque la visión que se propone del ser humano es pobre, sesgada, unilateral, y porque de esa visión no surge la justicia, que es la condición de posibilidad de la tan esquiva paz.
¿Será que estamos viviendo la enseñanza de Nietzsche cuando planteaba que “nada es verdadero, todo está permitido”?
En este contexto, donde claramente se ha instalado un antropocentrismo pobre, egocéntrico e inmanente, y por lo tanto sin mayor horizonte que incitar a promover logros personales, aunque sea en desmedro del otro, conviene mirar con mayor atención la propuesta del cristianismo, que también ha sido embestido por este proceso cultural que postula la irrelevancia de Dios en la sociedad y que se ha traducido en una apostasía silenciosa; en una galopante superficialidad para comprender el misterio de la fe; y en una vida donde se dice creer en Dios y ser católico, pero se vive, en la práctica, como si Dios no existiera.
Para muchos, la Iglesia es un supermercado donde ir a buscar los “productos religiosos” que necesitan, pero que no requiere mayor atención a la hora de abrirse a su misterio, a su bimilenaria existencia, y a su magnífica labor evangelizadora, educacional y social y menos para involucrarse entregando los dones, habilidades y destrezas que el creador me ha regalado. Lo he escuchado “¿la Iglesia? una lata, habiendo cosas tan entretenidas”.
Es evidente que no hemos sido capaces de transmitir la fe al punto que toque la vida y se llegue a decir como San Pablo “para mí la vida es Cristo”. Y ello nos cuestiona profundamente. No hemos sabido mostrar la belleza de creer y hacer ver que la propuesta cristiana es un estilo de vida, es una cultura que surge de la fe en una persona, Jesucristo, que nos dejó una enseñanza para encontrar la felicidad, el sentido de nuestras vidas y la de los demás. Es una propuesta que se consumará en plenitud en tiempos futuros, que escapa a nuestras posibilidades de prever, pero que hoy tiene su realización concreta en una realidad llamada Iglesia, comunidad, que Él mismo fundó. Esta propuesta es la certeza de la presencia divina en nuestras vidas y que nos mantiene la esperanza. Se llega a ella mediante la fe, fundamentada básicamente en la credibilidad de quien nos habla, Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre.
Este itinerario espiritual nos propone un estilo de vida que consiste en servir a los demás, en no buscar los primeros puestos, en multiplicar los carismas que Dios nos ha regalado en beneficio de los otros y de ayudar siempre al pobre y desvalido. Nos invita a una vida sencilla donde el centro sea el amor, y tenga siempre como horizonte el perdón, la reconciliación, y ellos cuantas veces sean necesarios. El mundo nos dice competir, nuestra fe nos invita a compartir; el mundo nos dice a tener éxito poseyendo, nuestra fe nos invita a tener éxito desprendiéndonos; el mundo nos invita a figurar, nuestra fe nos invita a hacernos los más pequeños y dar la vida por los demás.
Esta propuesta es muy potente, no hay alguna superior y, además, es fuente de felicidad plena, de alegría del alma, porque no espera retribución alguna, sino que se funda en la gratuidad. Ejemplos maravillosos abundan. En Chile nos hablan con fuerza San Alberto Hurtado y Santa Teresita de los Andes. Esta propuesta es fuente de fraternidad y fundamento de una sociedad a escala auténticamente humana.
Desde ese punto de vista, estoy convencido que los católicos, podemos hacer mucho en estos tiempos aciagos en los que nos ha tocado vivir. Estamos llamados con nuestras propias vidas a dar testimonio de Dios manifestado en Jesucristo en nuestro hogar, en nuestros vecindario y lugares de trabajo, así como en nuestra vida social. Es un modo de ser que involucra la vida entera. Es doloroso apreciar cómo algunos católicos no declaran públicamente su fe olvidando que “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”, o por intereses de cualquier índole matizan su enseñanza. Es bueno recordar que es un estilo de vida arduo de lograr en plenitud y en virtud de las propias contradicciones, dudas, prejuicios y sesgos, que tenemos cada uno de nosotros, sin duda. Es bueno recordar lo que dice San Pablo “no hago el bien que quiero hacer y hago el mal que no quiero hacer”. Este combate que todos llevamos hace del don de nuestras vidas y de la fe en una tarea que se vive cerca de Dios confiados más que Él nos dará su gracia que en nuestros propios méritos.
Confiados en Dios y su gracia, los católicos estamos llamados a ser actores fundamentales en la historia de nuestro país dado que podemos impregnar, desde la fe que profesamos, valores pre políticos y pre éticos que pueden dar los marcos mínimos a partir de los cuales logramos comprender en profundidad la vida en sociedad para transformarla. Por de pronto, están los diez mandamientos, donde los no, claros y rotundos, son un gran sí a la vida, a la verdad, al respeto por la propiedad privada y la fama de las personas, un gran y decidido sí a amar a los padres, tan abandonados. Además, están aquellas verdades que se deducen de los mandamientos.
Chile se está jugando su futuro. ¿Queremos un país donde el desarrollo se entienda sólo como desarrollo económico? ¿O todos promoveremos un desarrollo integral que alcance todas las dimensiones del ser humano y los abarque a todos? ¿Seguiremos segregándonos cada vez más por colegios, barrios, clubes, universidades, o emprenderemos el camino del reconocimiento del valor de todo ser humano por el sólo hecho de serlo y al que le deseo las mismas posibilidades que tuve y por el que estamos dispuestos a ayudar? Esas son las preguntas que deben ser contestadas para emprender un camino donde se respire mayor humanidad, mayor sentido de comunidad y mayor fraternidad.
Este camino para quienes tenemos fe y nos declaramos católicos, no es optativo, es un deber moral que surge de la convicción que esa es la voluntad de Dios para nuestras vidas y, además, una auténtica fuente de alegría y paz. Qué fuerza tienen las palabras de Jesús “sin Mí no podéis hacer nada” a la hora de preguntarnos muy en serio ¿qué significa ser católico hoy?

Amén! Es hora de que los Católicos que gozamos el don de la Fe sigamos el ejemplo del Padre Hurtado:
¿Qué haría Cristo en mi lugar?
Seamos humildes pero firmes en los principios, misericordiosos con el pecador pero decididos ante el pecado.
Amemos sin medida,, incluso a quienes nos atacan, pero no nos hagamos cómplices por complacencia.
Una adecuada forma de analizar y concluir si una afirmación es valedera, es observar como se comporta lo contrapuesto. Si el Occidente Cristiano es tan malo, cómo es la vida de cada ser humano, hijos de Dios, en partes o zonas como China, India, Paquistan, Turquía, Israel, países Árabes, Afganistan????? Sus mujeres son respetadas??? Se respeta a los niños o se les explota trabajando??? Tienen libertades, pueden salir y regresar cuando quieran??? Pueden elegir sus autoridades???? Respetan los derechos de una nación vecina???? Pareciera que todas las preguntas tienen una respuesta negativa. Para mi ser cristiano, ser católico es amar a Dios, cumplir con recibir los sacramentos, amar y respetar al prójimo, ideal es que sea recíproco, ir al colegio pagado por mis padres o el Estado, para estudiar, aprender y ser un buen alumno, lo mismo en la universidad o instituto, en el trabajo ir a trabajar, a producir, para eso me pagan, no llegar a tomar desayuno ni comentar las películas de la noche, eso no es ser honrado. No veo problema alguno en ser primero o de los primeros, siempre que lo haga con instrumentos lícito y leales. Emplear siempre instrumentos lícito, leales, hablar con transparencia y con la verdad, es tarea que se debiera escuchar domingo a domingo en todos nuestros templos. Para ayudar y ser solidarios, muchos deben haber estudiado bien, trabajar bien, en caso contrario no se repartiria solidaridad, sino que, pobreza.
Gran y tremenda prédica que se nos ha regalado …. No debemos quedarnos en leerla sino que vivirla para llegar a sentirla ….
Maravilloso comentario de Monseñor Chomalí. Van a la médula de nuestra fe, aunque nos cueste y nos seguirá costando mucho. La clave es, precisamente, saber que no somos capaces por nuestro propios medios, y pedir esa capacidad al único que nos la puede dar.
Carlos, no siempre estamos bien porque otros están peor, como en los países donde no hay, o no queda, tradición católica.
Tampoco hay contraposición entre la búsqueda de la perfección en lo que hacemos, o en ser los primeros, y nuestra fe cristiana. Todo lo contrario, es nuestra obligación hacer todo de la mejor forma que podamos, y no por contentar al jefe ni al cliente, sino por amor a Dios. A Él debemos ofrecer el producto de los talentos que El mismo nos dio. Si resultamos ser los mejores o los primeros, a Dios se lo debemos y se lo entregamos. Si pusimos todas nuestras capacidades y resultamos últimos, gracias a Dios también, porque no enterramos los talentos, y va a estar contento igual.
Pero en el proceso, estaremos contribuyendo a un mundo mejor, al mismo tiempo que caminamos hacia nuestra santificación, obligación de todo cristiano.