AGENCIAUNO

Hay algo especial en la luz de Navidad. La luz de la Navidad brilla en medio de la oscuridad más negra. Es una paradoja casi perfecta, cuya imagen emociona porque esconde una potencia que es infinita. Ella apenas alumbra, cuando podría iluminarlo todo. Es modesta y serena, contrario a todo lo que se nos vende en todos lados, todos los días. Ofrece una claridad tenue, tímida, que no enceguece ni distrae, sino que atrae y convoca. Nos invita sin hacernos temer a la introspección, en momentos donde la soledad es acaso el mayor enemigo del ser humano. Habita con fuerza en medio del silencio, en tiempos donde el ruido es nuestro mayor acompañante.

La Navidad no incomoda a la noche, sino que se acomoda con ella. No es casual que se celebre en el solsticio de invierno allá arriba en el norte, cuando la oscuridad alcanza su punto más hondo. Justo allí, cuando la noche es más larga, se sabe —aunque no se vea— que lo que viene después es solo luz. La esperanza no se opone a la oscuridad: nace en su seno más profundo. Su tenuidad atrae y emociona, quizás porque su falta de luminosidad nos obliga a abrir los ojos, para así —con ese esfuerzo— no perder de vista el mayor milagro de la historia universal.

¿Qué sentido tiene celebrar el nacimiento de Dios en medio de la oscuridad? Quizás, el mismo sentido que tiene que Dios haya nacido como hombre pobre en un establo, en medio de paja, frío y animales: el mayor acto de amor imaginable. Por eso, la noche más larga es una invitación llena de sentido, cuya principal gracia es que, en medio de la familia y los cercanos, nos llama más a la introspección y que a la soledad. Nos llama a conectarnos —con nosotros mismos y con el resto—, y nos aleja de la ausencia.

Quien todo lo da, todo lo puede, todo lo hizo y todo lo perdona, es evocado en la noche más oscura, para recordarnos que la paz no vendrá si uno no hace las paces con uno mismo. La grandeza infinita de Jesús es envuelta en fragilidad, para ayudarnos a entender que nuestra propia debilidad, abordada con amor, puede ser superada. Será superada. La luz navideña no niega el frío ni evita la noche, porque son parte central de nuestras vidas. Con poca luz, entendemos más que con una incandescente. Con poca luz, nuestra sombra se confunde con la creación, lo cual nos ayuda a entendernos en medio de un mundo que nos muestra falsamente que no tiene límites.

La promesa que todos los diciembres se va cumpliendo nos ayuda a darle sentido a los aparentes contratiempos que la vida nos presenta. Solo así, se entiende cómo del silencio, la oscuridad y la soledad —en otras palabras, de la precariedad y los miedos más propios de nuestra naturaleza humana— surge el misterio más profundo y potente de nuestra historia, a partir de un niño que hace 2000 años nació, vivió, murió, y con su testimonio, nos regaló la luz con la que nuestra felicidad se vuelve plena.

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