AGENCIAUNO

El cobre acaba de batir un récord histórico. El 29 de enero de este año llegó a $6,28 la libra en la Bolsa de Metales de Londres, el precio más alto de la historia. En Chile deberíamos estar celebrando. Y en parte lo hacemos. Pero hay una pregunta que se está instalando con fuerza en los círculos mineros globales y que en Chile todavía no discutimos en profundidad: ¿Tendremos suficiente cobre para abastecer lo que el mundo va a necesitar? La respuesta, por ahora, es que probablemente no.

S&P Global estima que la demanda mundial subirá de 28 millones de toneladas métricas en 2025 a 42 millones en 2040. Catorce millones de toneladas adicionales que el mundo va a necesitar sí o sí: cinco de la economía tradicional, siete de la transición energética y dos más para inteligencia artificial y robótica. El problema no es el número. Es el posible desfase. La oferta no va a dar. El déficit proyectado hacia 2040 es de 10 millones de toneladas. Un 25% por debajo de lo que el mundo va a necesitar. Y la principal razón es que no se han descubierto u entrado en operación nuevos yacimientos realmente grandes. Encontrar un nuevo Escondida —que produce más de 1,3 millones de toneladas al año— es algo que no ha ocurrido en Chile en los últimos 20 años. Y a eso le tenemos que sumar que poner en marcha un nuevo proyecto de esa envergadura puede tomar más de 10 años años más.

Nuestro país lleva más de una década recibiendo esta advertencia desde Cochilco. La ley promedio del mineral, que en 2001 era de 1,25%, cayó a 0,67% en años recientes. Más roca que procesar, más energía, más agua, más costos. Y más inversión para obtener el mismo cobre. Según los propios datos de Cochilco, entre 2004 y 2022 se invirtió en promedio casi tres veces más que en el período anterior, con resultados productivos prácticamente iguales. El año 2025 cerró con 5,4 millones de toneladas producidas, la tercera cifra más baja de la última década. Las faenas están haciendo su máximo esfuerzo para aumentar la producción, pero la geología es la geología.

En este contexto, la politización de proyectos como Dominga resulta difícil de entender. Doce años de tramitación. Rechazos sucesivos. Recursos y contra-recursos. Todo para un proyecto que, una vez aprobado por la Corte Suprema, producirá 150.000 toneladas de concentrado de cobre al año. Una fracción de lo que necesita el mundo. Un síntoma de lo que nos cuesta como país tomar decisiones de largo plazo. No estoy diciendo que debamos aprobar proyectos ignorando el medioambiente. Estoy diciendo que doce años para resolver si un proyecto cumple o no la normativa vigente no es una señal de un país serio. Y más aún. Hasta hace poco en Chile teníamos grupos que estaban en contra del “extractivismo”, fanáticos ambientales que llamaban a que el país debía decrecer o como olvidar la fracasada convención constituyente que hubiera hecho imposible el desarrollo de cualquier proyecto minero en Chile. Todo eso contribuyó a que la exploración de nuevos yacimientos se enfriara.

¿Entonces qué nos queda? ¿Resignación? No. Pero sí realismo. Ya no es posible replicar el superciclo del cobre de 2000 a 2010, cuando el precio se multiplicó por tres y el volumen producido creció más de tres veces, con un efecto combinado superior a 10 veces en el valor de nuestras exportaciones. Esta vez no vamos a poder multiplicar el volumen por tres. Las leyes son más bajas, las minas más profundas, los proyectos más complejos. Solo nos queda la variable precio, que la demanda irá diciendo hasta dónde llega.

Lo que sí podemos hacer es no desperdiciar lo que tenemos. Facilitar la reapertura de faenas que con el precio actual pueden volver a ser viables y acelerar los permisos para la expansión de faenas que ya están en operación. Un fast track real para que la gran minería tenga la certeza de que vale la pena apostar con todo en este nuevo ciclo. No más trabas innecesarias, no más judicialización interminable de proyectos que cumplen la normativa. Reglas del juego claras y estables.

El cobre dejó de ser un commodity más del montón. Pasó a ser infraestructura crítica para la era de la inteligencia artificial, para la electromovilidad y para la descarbonización del planeta. Chile tiene el 23% de las reservas mundiales con 200.000 millones de toneladas métricas. Podemos ser parte de la solución global. Pero si seguimos tratando este debate como una discusión puramente ideológica sobre minería, en lugar de entenderlo como lo que es —una decisión estratégica de país— vamos a mirar desde la galería cómo otros resuelven el problema que nosotros, por ser un país minero, tenemos el deber de liderar.

Cuidemos y hagamos crecer a nuestra gallina de los huevos de cobre.

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