Si alguna conclusión puede extraerse del estudio de la historia de Chile ésta es la de que, desde su origen más modesto, a mediados del siglo XVI, nuestro país se constituyó como tal por la agrupación de familias, las más de ellas, en un comienzo, formadas por la unión de gente del lugar con la gente española recién llegada; es decir, familias mestizas. Son ellas las que, a lo largo de la historia, le han dado su sello a Chile y las que le han permitido progresar durante estos años.
Sin embargo, desde hace ya más de 50 años, Chile comenzó a perder su fisonomía. Muy lentamente al comienzo, esta tendencia se ha visto muy acentuada durante los últimos treinta años y su rasgo predominante lo constituye precisamente el desvanecimiento de la familia chilena. Al debilitarse su núcleo esencial, es toda nuestra nación la que se ha debilitado paulatinamente, hasta el punto en que la vemos hoy cuando su continuidad y subsistencia se ven en grave riesgo porque la natalidad ha descendido de manera extremadamente severa. Es cierto que, entretanto, la expectativa de longitud de vida ha aumentado, por lo que el número de personas mayores ha crecido. Eso significa que cada día menos jóvenes tendrán que hacerse cargo de un número mayor de ancianos. Hasta que esos jóvenes se vuelvan también ancianos y que, al volver la mirada hacia atrás, se encuentren sin nadie a quien recurrir.
Chile siempre fue un país de natalidad alta, aunque alta era también la tasa de mortalidad infantil. El gobierno de Eduardo Frei Montalva (1964-1970) tomó la decisión de bajar esta última tasa y así reducir el número de niños muertos. Pero, el medio elegido reveló que, en vez de enfrentar el problema de verdad, esto es, ¿cómo mantener vivos a los niños recién nacidos? Su “solución” fue por otro lado: ¿cómo lograr que haya menos niños y así disminuir en consecuencia el número de los que mueren? La respuesta fue la promoción masiva de los métodos anticonceptivos artificiales que venían de ser descubiertos y puestos en circulación. Se desligó así la vida sexual de su finalidad propia cual es la procreación de nuevas personas humanas. Fue este camino el que paulatinamente comenzó a seguir nuestra población.
A propósito de este tema, el Papa de esos años, S.S. Paulo VI, publicó su famosa encíclica Humanae Vitae en la cual llamó a los cristianos a no producir esa separación y a dejar cada relación sexual abierta a la procreación, sea que ésta se practique en períodos de fertilidad como de infertilidad. Y sobre todo previno acerca del uso de estos métodos y de sus consecuencias, entre las cuales se cuenta esta caída libre de la natalidad.
También previno acerca de las consecuencias en la realidad del matrimonio. Como se sabe, a la procreación de una nueva persona sigue todo el proceso de su crecimiento y formación y, para eso, es indispensable la acción mancomunada de padre y madre para lo cual lo propio de nuestra condición humana es que la relación sexual abierta a la procreación tenga lugar entre una mujer y un varón unidos de por vida. Este es, por lo demás, el camino de perfección para ambos cónyuges.
Pero, al desligar la sexualidad de la procreación, el matrimonio pierde todo su sentido. ¿Por qué estar unidos de por vida? ¿Por qué esa relación debe practicarse sólo con una persona del sexo opuesto y no con varias ya sea coetánea o sucesivamente; o con personas del mismo sexo? De hecho, entonces, haber desligado la relación sexual de su finalidad procreativa dejó sin sustento al matrimonio como unión de por vida entre un varón y una mujer. Y, por lo tanto, dejó sin sustento a la familia. Poco a poco comenzaron en Chile a desaparecer las familias.
Todo lo cual se vio agravado por la consagración oficial del término de la institución del matrimonio propiamente tal, cuando se aprobó que pudiera ser disuelto por el divorcio como lo determinó la ley 19.947 de mayo de 2004. Dejó de existir el matrimonio y su nombre fue asignado a un trámite carente de toda significación que, por lo demás, no ha cesado de disminuir aceleradamente en nuestro país.
Es importante destacar cómo todos estos pasos se dieron con el partido demócrata cristiano a la cabeza. Este, a pesar de su nombre cristiano, les dio la espalda a las enseñanzas de la Iglesia Católica sobre este punto. Incluso, recibió el apoyo de profesores de teología de la Universidad Católica de Santiago que, en declaración pública enseñaban cómo dejar de lado las enseñanzas de esa encíclica (Revista Mensaje, septiembre de 1968). Y, frente a ella, nada dijo el Cardenal Silva Henríoquez, a la sazón Gran Canciller de esa Universidad, y tampoco nada dijo el Rector Fernando Castillo Velasco. Guardaron piadoso silencio.
Hoy sufrimos las consecuencias de tantos desatinos. Consecuencias que seguirán ahondándose en la medida en que la población chilena continúa aferrada al egoísmo que implica negar a la sexualidad su finalidad procreadora. La familia chilena brilla por su ausencia.

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Concuerdo plenamente con lo dicho por el columnista, excepto con la última frase del penúltimo párrafo. Me parece que hay un error, pues debería decir: «Guardaron penoso silencio».
El concepto de nación denota la idea de un grupo humano depositario de un conjunto de valores que se ha ido configurando a través de la convivencia prolongada a lo largo de varias generaciones; es una unidad de existencia histórica, una verdadera familia espiritual que ha hecho grandes cosas en el pasado y que desea continuar haciéndolas en el porvenir.
En cuanto a la nación chilena, cabría comentar que la hemos construido entre todos a lo largo de cinco siglos: por los habitantes de los pueblos originarios; por los españoles que nos trajeron su civilización, su cultura y su religión; y por los numerosos inmigrantes llegados de otras latitudes. En nuestra patria se ha dado un entrecruzamiento de pueblos que han convergido, convivido y compartido una suerte común, lo que ha producido un alto grado de mestizaje y de homogeneidad cultural.
A lo anterior cabría agregar que el Director Supremo Bernardo O’Higgins, en un decreto firmado el 3 de junio de 1818 bajo el título «Denominación de chilenos», concluía con la siguiente frase: «entendiéndose que respecto de los indios, no debe hacerse diferencia alguna, sino denominarlos chilenos según lo prevenido arriba».
Si somos todos chilenos, ¿cuál es la razón que justificaba el empeño de la mayoría de los convencionales constituyentes en destruir a la nación chilena, al disgregar a sus integrantes en varias “naciones” y separarlos entre “indígenas” y “no indígenas”, discriminando entre ellos?
Adolfo Paúl Latorre
Magíster en ciencia política
Concuerdo.
El país requiere de políticas públicas que ayuden a fortalecer a las familias, como asimismo, que los particulares privilegiemos la formación de la familia propia por sobre la tendencia a poner primero nuestros deseos personales, profesionales o de trabajo.