Las personas son lo más excelso de la realidad. Conocer a las personas, en su ser, no es sencillo y no se debe dar por supuesto. A esto se puede agregar que a ellas se les conoce en la práctica, es decir, con el trato, por experiencia, porque cada una es distinta. Si no se sabe cómo está conformada la intimidad personal humana, difícilmente se podrá advertir en la práctica las diversas dimensiones en cada persona singular. De aquí que, a quien tiene asignadas bajo su cargo pluralidad de personas le es recomendable dos aprendizajes referidos a ellas: uno teórico y otro práctico, los que, sea dicho de paso, suelen brillar por su ausencia en demasiadas organizaciones.
El primero, de orden teórico, versa sobre el ser personal. Ahora bien, lo común en las escuelas de negocios es enseñar a resolver problemas empresariales prácticos por medio del método del caso. Con todo, la primera y más importante enseñanza que debería impartirse es antropológica, una referida a la intimidad personal. El segundo, de carácter práctico, consiste en conocer a cada quién y su modo de ser. Las personas humanas que conforman la empresa pueden cumplir un papel dirigente o subordinado. Quien dirige da una orden según su personalidad; y quien la obedece, la cumple según la suya. De ahí la importancia de conocer a cada persona y a su modo de ser. Como cada persona es distinta, no hay dos modos iguales de mandar y tampoco de obedecer. Cada uno, como dice Polo, pone su “sello personal”. Por eso conviene, por parte del directivo ponerse en el lugar de los otros; el directivo tiene que conocer a sus dirigidos, en caso contrario, los proyectos suelen terminar en fracaso (humano y de negocios).
El ser humano es el elemento más radical que compone una empresa, pero éste no es fijo, sino que puede mejorar irrestrictamente, porque sus facultades superiores (inteligencia y voluntad), que posibilitan el desarrollo de sus actividades prácticas laborales, son susceptibles de crecer sin coto (mediante hábitos intelectuales y virtudes en la voluntad). El hombre puede desarrollar tales potencias porque como persona es creciente, un proyecto inconcluso, es decir, todavía no ha llegado a ser plenamente la persona que está llamada a ser.
A lo señalado se podría objetar que los problemas económicos son cada vez más complejos, y que estos requieren soluciones tecnológico-prácticas de gran dificultad, no barnices humanísticos. A esta observación cabe responder que efectivamente “en la medida en que los problemas se agudizan (con todas sus aristas) hay que ir más al fondo, porque sólo así se pueden afrontar”. Ahora bien, nada en este mundo es más profundo y fuente de inagotables posibilidades que la intimidad humana, y es precisamente en ella donde hay que buscar las soluciones. La dirección no consiste en la mera aplicación de reglas, métodos y tecnologías. “Dirigir es formar a los colaboradores y aprender de ellos; es saber motivarlos y aceptar sus motivaciones; es actualizar sus potencialidades e instruirse de ellas; es saber conducirse éticamente y favorecer el buen comportamiento ético de los demás”. En síntesis, el directivo ha de ser un maestro (un educador) y, por lo mismo, tiene que poseer fuertes dosis de humanismo.
Álvaro Pezoa Bissières – Director Centro Ética y Sostenibilidad Empresarial ESE Business School
