“Si quieres destruir a una persona, ríete de ella”. La frase es conocida y su vigencia debiera inquietarnos. Es que provocar la risa burlesca no describe solo una práctica social aislada, sino una deriva que se ha ido instalando como matriz operativa en la comunicación contemporánea y que evidentemente refleja una característica cultural. El tema no es baladí y debe asumirse al menos de manera medianamente reflexiva, ya que cuando la risa sustituye al argumento, lo que está en juego no es el ingenio, sino la erosión del espacio público.
En los últimos días, la figura de la ministra vocera, Mara Sedini, ha sido objeto de burlas sistemáticas en redes sociales y espacios de humor. Sus errores iniciales —que desde luego ameritan rigurosa crítica— han sido rápidamente transformados en caricatura por sus detractores. En esto lamentablemente percibimos un patrón sobre el vale la pena poner acento.
Al respecto, conviene partir por una distinción básica. La crítica a una autoridad es no solo legítima, sino imprescindible. Más aún en un rol como la vocería de gobierno, donde la claridad, el dominio técnico y la solvencia comunicacional son condiciones mínimas para el ejercicio del cargo. En ese plano, resulta pertinente preguntarse por las decisiones políticas que conducen a instalar en cargos estratégicos a figuras que aún no parecen contar con la experiencia necesaria. Esa es una discusión exigible. La comunicación de campaña es otra que la de gobierno.
La burla no es un fenómeno nuevo. En la farsa medieval, su forma más cruda y grotesca, operaba como un dispositivo de inversión: lo alto era rebajado y lo serio, ridiculizado. Los comediantes que la ejercían eran tolerados, pero también eran sujetos de sospecha. Se les atribuía la peligrosa capacidad decir verdades bajo la máscara de la risa, aunque muchas veces a costa de degradar aquello mismo que exponían. No había en ellos una vocación deliberativa, sino una eficacia inmediata que consistía en hacer caer al otro. Esa ambigüedad —entre crítica y demolición— es la que hoy reaparece con fuerza en nuestro espacio público, donde la burla ya no interrumpe el debate, sino que comienza a sustituirlo.
Otra cosa ocurre cuando la crítica es desplazada por la burla. En ese tránsito, el juicio sobre actos y decisiones es reemplazado por la construcción de un personaje. El error deja de ser circunstancial y se convierte en identidad. Ya no se discute lo que alguien hace, sino lo que alguien “es”. Y en ese giro, el adversario deja de ser interlocutor para transformarse en un objeto.
Este fenómeno encuentra terreno fértil en la lógica de las redes sociales. Lo ingenioso circula más rápido que lo reflexivo. La ironía se viraliza mejor que la argumentación. Como advirtió Umberto Eco, la expansión de la voz pública no ha venido necesariamente acompañada de mayor conocimiento y responsabilidad.
A esto se suma una dimensión particularmente relevante en el contexto actual: la política “sin filtros”. La eliminación de mediaciones —antes vistas como necesarias para ordenar, jerarquizar y dar densidad al discurso público— ha sido celebrada como sinónimo de autenticidad. Sin embargo, esa misma lógica puede derivar en una forma de precariedad política y discursiva. Cuando todo se dice en tiempo real, cuando la reacción sustituye a la reflexión y cuando la validación depende del aplauso inmediato, el resultado no es más democracia, sino más ruido.
En ese escenario, la burla no es un exceso accidental, es más bien un recurso estratégico eficaz de corto plazo. Simplifica, conecta emocionalmente y circula rápido. Pero claro, ello tiene un costo, porque al reemplazar la argumentación por la ridiculización, se debilita la capacidad de persuadir. Y una política que no persuade, sino que solo refuerza a los propios, es una política que renuncia a la construcción de mayorías.
Hay, además, una responsabilidad que suele omitirse: la de los medios. Cuando plataformas editoriales —incluidos espacios humorísticos de TV— reiteran la lógica de la denostación, dejan de ser meros canales para convertirse en actores que configuran el tono de la conversación pública. No se trata de censurar la sátira. Se trata de reconocer que su uso sistemático como mecanismo de reducción del adversario empobrece el debate y puede dañar el cuerpo social.
El punto es relevante, esto no es un fenómeno ideológico, no pertenece ni a la derecha ni a la izquierda. Es una práctica transversal actual que refleja un deterioro profundo en las formas de convivencia política. La burla, instalada como lenguaje dominante, no distingue bandos. Pero sí produce efectos como degradar, simplificar y deshumanizar.
El caso Sedini es ilustrativo. Sus dificultades iniciales abren preguntas legítimas sobre competencias y responsabilidad política. Pero la insistencia en la ridiculización desplaza esas preguntas hacia el terreno de la chimuchina. Ello porque donde podría haber legítima exigencia, hay espectáculo tribal. Donde podría haber deliberación, hay risa fácil y también cruel. Y en política, la risa fácil suele ser una señal de empobrecimiento conceptual, lo que tarde o temprano pasa la cuenta.
Pensar en esto es importante porque la democracia no se sostiene sólo en la libertad de expresión, sino en la calidad de esa expresión. Requiere condiciones mínimas de reconocimiento mutuo, donde el otro, incluso en el desacuerdo, sigue siendo un interlocutor que merece consideración y respeto.
Muchos parecen olvidar que la legitimidad democrática no se construye desde la imposición, sino desde la comunicación orientada al entendimiento. Cuando ese reconocimiento se pierde, lo que emerge no es una democracia más intensa -como algunos quisieran creer- sino una francamente más frágil.

Excelente columna, gracias!