Los inviernos lluviosos asociados a El Niño favorecen un crecimiento abundante de pasto y matorrales. Esa vegetación, al secarse durante los veranos de altas temperaturas, se convierte en combustible que aumenta el riesgo de incendios forestales. La experiencia del hemisferio norte, hoy golpeado por megaincendios, es un espejo que anticipa lo que podría ocurrir en nuestro país.

La actual ola de incendios en Norteamérica y Europa ha puesto en evidencia cómo el exceso de biomasa acumulada tras temporadas húmedas se convierte en un riesgo latente cuando llegan las olas de calor. Aunque los incendios en el hemisferio norte no son poco habituales durante el verano, en los últimos años se han intensificado y extendido a zonas menos propensas. Un reciente estudio del consorcio científico World Weather Attribution concluyó que el cambio climático multiplicó por al menos 20 el riesgo de incendios extremos en España y duplicó la probabilidad de que se den las condiciones propicias para su propagación en Francia, confirmando la creciente influencia del calentamiento global en este tipo de eventos. Esta tendencia alcanzó niveles críticos en veranos como los de 2021 y 2023, periodo este último en el que Europa registró su verano más cálido en la historia reciente y la superficie quemada superó en más de un 40% el promedio histórico. En regiones como Canadá, Grecia y California, esta inédita combinación de vegetación seca, temperaturas extremas fuera de lo común y vientos intensos ha desatado catástrofes que superan la capacidad de respuesta de los sistemas de emergencia. Chile no está ajeno a este escenario: la memoria del verano de 2017, con megaincendios que arrasaron más de 500 mil hectáreas, sigue siendo un recordatorio de lo que ocurre cuando la gestión preventiva es insuficiente.

Los temporales que afectaron al país entre el 14 y 21 de julio pasado se encuentran, desde la perspectiva de los especialistas, entre los más significativos de las últimas décadas. En La Serena, por ejemplo, llovió en apenas ocho días el equivalente a diez veces la cantidad de agua que cae en un mes normal de julio. El saldo fue devastador: trece personas fallecidas, 2.200 damnificados y más de mil viviendas con daños mayores. El ministro de Obras Públicas, Louis de Grange, estimó pérdidas por 400 millones de dólares, con una reconstrucción que podría superar los 700 millones.

Al mismo tiempo, en la Región Metropolitana la infraestructura hidráulica y los sistemas de alerta temprana permitieron enfrentar el aguacero sin mayores inconvenientes, mostrando que la inversión en colectores y obras de drenaje y mantenimiento constante es clave para reducir las vulnerabilidades. Sin embargo, persisten ciertos puntos críticos —como algunos pasos bajo nivel— que demuestran que la planificación territorial y la mantención continua siguen siendo un desafío indispensable para evitar contingencias.

El Niño, que este invierno ha traído precipitaciones intensas en la zona centro-sur, cumple un doble rol. Por un lado, llena los embalses y alivia la sequía estructural. Por otro lado, favorece la vegetación que en verano se seca y se transforma en combustible + altas temperaturas en verano. Este “efecto rebote” es conocido por los especialistas: más lluvia no significa menos incendios, sino más riesgo de que estos sean de mayor magnitud. La Dirección Meteorológica de Chile anticipa que entre agosto y octubre habrá precipitaciones sobre lo normal desde Coquimbo hasta Los Ríos, reforzando este escenario de abundancia de biomasa.

La saturación de suelos y la erosión que dejan los temporales se convierten en vulnerabilidades adicionales, pues al llegar el verano los terrenos quedan expuestos y frágiles. La NOAA y el Centro de Predicción Climática proyectan que las condiciones de El Niño persistirán con un 97% de probabilidad hasta el otoño de 2027, lo que obliga a pensar en estrategias de largo plazo.

La experiencia internacional demuestra que los incendios ya no son fenómenos aislados, sino crisis sistémicas que se repiten con mayor frecuencia y violencia. La pregunta no es si habrá incendios, sino cuán preparados estaremos para enfrentarlos. La prevención exige un cambio de enfoque: planificación territorial, gestión activa de la vegetación, creación de cortafuegos y educación comunitaria que vincule las lluvias invernales con el riesgo estival. La coordinación entre servicios públicos como Senapred y Conaf, municipios, empresas forestales y comunidades rurales es clave para reducir la carga de combustible antes de que llegue el calor.

En definitiva, Chile debe leer las señales que hoy entrega el hemisferio norte. Los incendios no son solo consecuencia de la sequía y la intencionalidad, sino también de la abundancia de vegetación, producto de las lluvias. La política pública debe tener como columna vertebral la prevención, porque cada invierno lluvioso bajo El Niño es, en realidad, la antesala de un verano más vulnerable. La resiliencia del país dependerá de reconocer esta paradoja y actuar antes de que el fuego vuelva a marcar nuestra geografía.

Consultor en Asuntos Hídricos y Sostenibilidad

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2 Comments

  1. Muy bueno lo expuesto …. Esperemos que esto sea conocido por los organismos encargados de manejar los incendios y prepararnos para su período que lamentablemente sabemos se viene …. Que SINAPRED, CONAF, SERNAFOR y SENAPRED sepan y estén trabajando en esto ….

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