En un tiempo en que las tecnologías “inteligentes” no sólo transforman la economía, la política o las relaciones sociales, sino que también reconfiguran las condiciones de la vida humana, la IA no es un fenómeno neutral: sus diseños, sus “decisiones”, y sus impactos plantean interrogantes éticas urgentes y difíciles.
Al respecto, Shannon Vallor (Technology and the virtues, 2016; The AI mirror, 2024) sostiene que se necesita cultivar nuevas formas de carácter moral, es decir, dotar a las personas de virtudes que les ayuden a vivir bien y adoptar decisiones rectas en contextos tecnológicos complejos.
Su propuesta no se basa en reglas fijas o en cálculos utilitaristas, sino en la tradición aristotélica de la ética de la virtud, actualizada para el mundo de hoy; a esto denomina ética de la virtud “tecnomoral». Elementos centrales de esta aproximación son: i. que la tecnología no sólo amplía las capacidades humanas, sino que modifica las prácticas éticas, la atención, las relaciones y las virtudes. Por eso, no basta con aplicar viejos valores a nuevas tecnologías; es necesario reconstruir y cultivar activamente virtudes para este entorno emergente; ii. crítica al enfoque de “principios” en la ética tecnológica. Demasiadas guías éticas sobre tecnología se limitan a repetir principios abstractos, sin abordar la formación del carácter moral o la dirección para la acción en contextos concretos; iii. las tecnologías exigen nuevas formas de juicio ético: frente a dilemas donde los efectos de las acciones son inciertos o arbitrados por sistemas automatizados, se requieren habilidades prácticas para deliberar, reflexionar y actuar éticamente.
La autora sugiere trece virtudes a ser cultivadas en la era tecnológica. Estos hábitos morales no se “programan” ni se imponen por ley: se desarrollan mediante la educación, la práctica y el ejemplo, y se expresan en la vida cotidiana, el trabajo, la política y el diseño tecnológico.
Este enfoque es especialmente relevante porque: i. recuerda que la ética no es sólo un conjunto de reglas, sino primeramente una forma de vivir bien con otros; ii. fomenta una formación ética integral que consiste no solo en saber lo que está bien, sino en desarrollar las disposiciones internas para actuar éticamente, incluso en situaciones nuevas o ambiguas. Hábitos morales -de siempre y nuevos- se vuelven esenciales para deliberar, resistir manipulaciones y actuar con responsabilidad; iii. reconecta la ética con la educación, la comunidad y la deliberación moral, en lugar de limitarla al diseño técnico o a la constitución de comités reguladores.
Detrás de sus inspiradoras ideas subyace una fuerte convicción: la ética de la IA no es algo accesorio, sino una condición para su legitimidad y sostenibilidad. La IA puede amplificar tanto el bien como el mal y, precisamente, por esa razón la humanidad no debe abdicar su responsabilidad moral ante ella. Ésta es su invitación: la IA no debe erosionar nuestra agencia moral, sino motivar su cultivo. Sólo así resultará posible configurar un futuro en que ella no sea una amenaza, sino aliada del florecimiento humano.
*Álvaro Pezoa Bissières – Director Centro Ética y Sostenibilidad Empresarial- ESE Business School
