«Un alma libre es alguien que no espera que el poder le resuelva la vida, que coopera porque es su voluntad y que defiende para los demás la misma libertad que reclama para sí», escribió Hernán Büchi en su discurso de agradecimiento al premio Alma Libre 2026, entregado por El Líbero. Por encontrarse fuera del país, algunos de sus fragmentos fueron leídos por el presidente del consejo de Libertad y Desarrollo, Luis Larraín, de donde Büchi es consejero.

Acá, el texto completo:

Quisiera iniciar con un agradecimiento que va más allá de mí. Entre mediados de los años setenta y fines de los ochenta tuve el privilegio de formar parte de un equipo que trabajó en el gobierno de Chile para construir reglas que, en parte, todavía rigen y que le permitieron al país crecer como pocas veces en su historia. Recibo este premio pensando en todos los que trabajamos juntos en esos años. Es tan suyo como mío.

Quiero agradecer también a El Líbero, en esta celebración de sus doce años. Este premio tiene para mí un valor especial porque lo entrega una comunidad cuya vocación ha sido, desde su origen, la defensa de la libertad. Tanto, que su propio nombre lo dice.

El nombre de este premio tiene dos palabras, y no quisiera saltarme la primera. Antes de hablar de lo libre, el premio habla de un alma.

El alma es lo que hace de cada persona alguien único e irrepetible. Nadie puede pensar, elegir, creer ni responder por nosotros. El Eclesiástico lo dijo hace siglos con palabras muy simples: «Dios hizo al hombre desde el principio y lo dejó en manos de su albedrío» (Eclo 15,14).

Por eso la libertad no es un adorno de la vida humana. Es la condición para que el alma pueda ser lo que es. Un alma que no puede elegir tampoco puede amar, ni creer, ni hacer el bien por convicción.

Y entonces sí, la segunda palabra obliga a hacerse una pregunta que parece sencilla: ¿qué es la libertad?

La respuesta es, sin embargo, más difícil de lo que parece. En 1964, la Corte Suprema de Estados Unidos discutía si una película podía considerarse obscena. El juez Potter Stewart reconoció la dificultad de definir con precisión aquello de lo que estaban hablando y dejó una frase que se hizo famosa: podía no ser capaz de definirlo, pero lo reconocía cuando lo veía.

Con la libertad nos pasa algo parecido. Todos creemos reconocerla, pero cuando intentamos definirla empiezan las dificultades. Y por eso cada uno termina llenándola con aquello que desea.

En mi época universitaria se pretendía imponer la idea de que las verdaderas libertades eran las así llamadas “sustanciales”: tener asegurado qué comer, dónde dormir y dónde estudiar. Se menospreciaban, en cambio, las libertades “burguesas”, llamadas también formales: poder decir lo que uno piensa, elegir su oficio, disponer de lo propio, votar o no ser detenido sin un juicio.

Hoy la versión es otra. A mediados del siglo pasado, distintas corrientes de la teoría crítica comenzaron a trasladar la vieja división entre burgueses y proletarios a una división más amplia entre opresores y oprimidos. Ya no se trataba solo de clases sociales, sino de grupos definidos por su sexo, su origen o su identidad. De ahí viene la idea, tan presente hoy, de que ser libre es liberarse de las opresiones que sufrirían esos grupos. Y hay quienes van más lejos y llaman libertad a liberarse de todo límite, incluso de los que pone nuestra propia naturaleza.

Todas esas definiciones tienen algo en común. Miden la libertad por lo que uno tiene, o por los límites que logra vencer.

La libertad a la que me refiero no se ocupa de la relación entre el hombre y sus necesidades, sino de la relación entre personas.

Pensemos en alguien aislado, un Robinson Crusoe. Puede tener hambre, frío o miedo. Pero allí la libertad, en el sentido que aquí nos importa, todavía no plantea un problema: está solo. Nadie lo obliga a nada, porque no hay nadie más.

La libertad empieza a tener sentido cuando llega Viernes, porque recién entonces aparece la pregunta que la define: ¿puede uno obligar al otro?

Se puede estar muy bien alimentado y ser esclavo, y se puede pasar hambre siendo libre. La diferencia no está en cuánto tiene cada uno, sino en quién manda sobre quién.

Resulta curioso, entonces, que a los liberales nos acusen de egoístas, o de soñar con individuos que no necesitan a nadie.

Es exactamente al revés.

La libertad solo existe porque vivimos con otros. Nacemos en una familia, aprendemos en una escuela, rezamos en una comunidad y trabajamos con otros. La pregunta nunca fue si cooperamos. La pregunta es si cooperamos voluntariamente o se nos impone.

Esa diferencia lo cambia todo.

Todos queremos correr los límites que nos fija la naturaleza. Durante milenios, uno de los grandes límites fue conseguir comida. Y este se corrió, pero no por decreto sino porque aprendimos a cooperar cada vez mejor.

Basta mirar el pan que hay esta noche en las mesas. Para que llegara hasta aquí, alguien sembró el trigo, otro lo cosechó, otro lo molió, otro lo transportó y otro lo horneó. Ninguno de ellos se conoce. Ninguno recibió una orden. Y sin embargo, cooperaron.

Nadie lo planificó, y nadie podría hacerlo. Lo que hace funcionar a una sociedad no cabe en ninguna oficina de gobierno. Está en lo que sabe el agricultor de su tierra, el artesano de su oficio, la madre de sus hijos. Nadie puede reunir todo eso en una sola cabeza.

Quienes defienden los otros conceptos de libertad también quieren correr esos límites, pero creen que se logra mejor con un gobierno más poderoso, capaz incluso de erosionar las instituciones que la humanidad ha construido con el tiempo.

Olvidan que nada de lo que necesitamos cae del cielo. Satisfacer cualquier necesidad requiere el esfuerzo de alguien. Por eso, quien transforma una necesidad en un derecho transforma también ese esfuerzo en una obligación ajena. Y para imponer esa obligación hace falta un poder capaz de hacerlo. Lo que se presenta como un derecho termina siendo algo que unos reciben a costa de otros.

Y aquí aparece una de las grandes paradojas de la historia moderna: las sociedades que menos confiaron al poder la tarea de garantizar el pan fueron las que terminaron multiplicándolo. No porque una autoridad supiera repartirlo mejor, sino porque millones de personas pudieron producirlo, intercambiarlo y descubrir mejores formas de hacerlo.

Se podría objetar que nuestra libertad también obliga, porque nos prohíbe dañar a los demás.

Es cierto, pero es una obligación muy particular.

Abstenernos de agredir no exige poner nuestra vida o nuestro trabajo al servicio de los fines ajenos. Todos podemos cumplir esa regla al mismo tiempo.

La única coerción que esta libertad admite es la necesaria para impedir la coerción. No es una excepción al principio: es su condición.

Y por eso esta libertad tiene una propiedad extraordinaria: todos podemos ejercerla al mismo tiempo sin convertir a los demás en instrumentos de nuestros propósitos.

De ahí surge nuestra actitud hacia el gobierno: es necesario, pero también es peligroso.

Los anarquistas creen que no es necesario, y otros creen que no es peligroso.

Nosotros sabemos que es ambas cosas.

Y aprender a vivir con esa tensión ha sido el trabajo de siglos.

Porque la historia humana puede leerse como una lenta ampliación de las opciones.

En las bandas de cazadores y recolectores, apartarse de las normas del grupo podía significar la expulsión, y la expulsión podía equivaler a la muerte.

Durante milenios, además, una religión común y obligatoria unía a la comunidad y legitimaba a quien mandaba: el chamán, el faraón, el rey por derecho divino. Apartarse de la fe era también apartarse del orden.

Hoy nos parece natural que cada uno pueda tener su propia fe. Pero costó siglos llegar hasta aquí. La propia Iglesia lo afirmó con fuerza en el Concilio Vaticano II: la fe solo es verdadera cuando se abraza libremente.

Benjamin Constant lo explicó en 1819. Los pocos que tenían derecho a ser ciudadanos en las repúblicas antiguas eran soberanos en la plaza, pero súbditos en su vida privada. La libertad de los modernos, decía, es otra cosa: un espacio propio que ni el gobernante ni la mayoría pueden invadir.

Y ahí aparece una distinción decisiva: no alcanza con preguntarnos quién gobierna. Tenemos que preguntarnos también hasta dónde puede gobernar.

El camino, por supuesto, no ha sido recto. Una y otra vez volvemos a formas más tiránicas, que pueden durar años o generaciones.

Pero, mirada desde muy lejos, la dirección ha sido otra: allí donde las personas han podido elegir por sí mismas, las sociedades han prosperado. Y cada retroceso se ha pagado caro.

Ese camino no se recorre aplicando mecánicamente una fórmula.

Desde las tablas de Moisés sabemos que hay prohibiciones muy antiguas y elementales: no matar, no robar, no agredir. Pero qué significa exactamente dañar a los demás frente a cada realidad nueva no siempre es evidente.

Se suele decir que la libertad de uno termina donde empieza la del otro. Es cierto. Pero esa frontera no está trazada de una vez y para siempre. Cada vez que el hombre descubre una nueva manera de actuar, de comunicarse o de crear, aparecen nuevos puntos de contacto entre la libertad de unos y la de los otros. Y hay que volver a preguntarse por dónde pasa la línea.

¿Dónde termina mi libertad de decir lo que pienso y empieza el derecho de otro a no ser difamado? ¿Qué parte de mi vida sigue siendo mía cuando cada uno de mis actos puede quedar registrado? Cada época enfrenta sus propias versiones de estas preguntas, y ninguna la encuentra ya resuelta.

El principio no resuelve por sí solo todos los detalles. Hicieron falta, y harán falta siempre, leyes, jueces y acuerdos que vayan precisando esa frontera con prudencia.

Eso es importante porque muestra algo que a veces olvidamos: tener un norte no significa tener escrito de antemano todo el mapa.

Quiero terminar con esta idea.

Lo que defendemos no es un dogma terminado ni una sociedad dibujada de una vez y para siempre.

Es un camino que la humanidad ha ido construyendo con prueba, error, cooperación e instituciones. Y lo ha hecho dentro de márgenes que conocemos bastante bien.

Que nadie pueda disponer de la vida de los demás.

Que el gobierno es necesario, pero peligroso.

Que ninguna autoridad sabe lo suficiente para organizar la vida de todos.

Y que los conflictos entre personas libres necesitan reglas e instituciones para resolverse.

Ese camino no está terminado.

Y quizá nunca lo esté.

Hace más de cincuenta años, a mí y a muchos de mi generación nos tocó recorrer un tramo. No era un camino fácil ni popular, y nada garantizaba que fuera a funcionar. Funcionó. Pero lo que una generación conquista, la siguiente puede perderlo.

Por eso, esta noche, no les hablo solo a ustedes, sino a través de ustedes.

Alrededor de cada uno de los que estamos en esta sala hay jóvenes: hijos, nietos, alumnos, colegas que empiezan. A ellos les hablan hoy otras voces. Les prometen liberarlos de la opresión por ser mujeres, por el color de su piel, por pertenecer a una minoría o por no tener lo que otros tienen. Y esa promesa los conmueve, porque nace de algo noble: nadie quiere vivir oprimido.

Tenemos que decirles que tienen razón en rechazar la opresión. Y que precisamente por eso no deben entregarle a nadie el poder de decidir por ellos. Demasiadas promesas de liberación que empezaron por darle más poder a otro terminaron en una nueva forma de sometimiento.

La verdadera rebeldía no es pedirle al poder que nos libere. Es no necesitar su permiso para vivir.

Defender la libertad no es defender un privilegio. Es la causa más noble y más universal que existe, porque es la única que podemos reclamar para todos sin quitársela a nadie.

Eso es, al final, un alma libre: alguien que no espera que el poder le resuelva la vida, que coopera porque es su voluntad y que defiende para los demás la misma libertad que reclama para sí.

Ellos deben hacer el relevo. Que sepan que esta causa también es suya.

Esa es nuestra tarea: conservar el norte y entregárselo a quienes vienen.

Muchas gracias.

Economista, exministro de Hacienda

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3 Comments

  1. Büchi acierta al recordar que el poder amenaza la libertad, pero omite la pregunta anterior de Hobbes: ¿qué protege nuestra libertad frente al poder de los otros? Sin una autoridad común, la ausencia de coerción estatal no produce necesariamente libertad, sino que puede dejar al individuo expuesto a coerciones privadas. El dilema, entonces, no es Estado o libertad, sino algo más complejo: qué poder necesitamos para impedir la dominación sin convertir ese mismo poder en dominador. Ahí comienza el problema que el discurso de Büchi deja sin resolver.

  2. Curioso invocar a Hobbes para reprochar que en el texto de Büchi no se piense en el poder. Hobbes dio la peor respuesta posible: un Leviatán sin límites al que entregamos todo a cambio de que nos proteja.

    Pero además, el discurso no omite la pregunta. La hace explícitamente:
    – Parte de Robinson y Viernes: «la libertad empieza a tener sentido cuando llega Viernes… ¿puede uno obligar al otro?». Es decir, la coerción entre particulares, no solo la del Estado.
    – «La única coerción que esta libertad admite es la necesaria para impedir la coerción.»
    – «El gobierno es necesario, pero también es peligroso. Los anarquistas creen que no es necesario… Nosotros sabemos que es ambas cosas.»
    – «Los conflictos entre personas libres necesitan reglas e instituciones para resolverse.»
    – «Hicieron falta, y harán falta siempre, leyes, jueces y acuerdos.»

    El «dilema más complejo» que se presenta como hallazgo de una omisión del discurso, un poder que impida la dominación sin volverse dominador, es exactamente lo que dice Büchi cuando enuncia que el gobierno es «necesario, pero peligroso». Ese es el dilema que se cree descubrir. Solo que se resuelve con Locke y Madison, no con el Leviatán.

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