Es conocida la cercanía -y en algunos casos, abierta admiración- que el actual gobierno chileno profesa hacia China. Esta afinidad volvió a evidenciarse durante la cumbre de líderes del Foro APEC, realizada en noviembre de 2024 en Lima. Allí, el presidente Xi Jinping instó a su par chileno, Gabriel Boric, a profundizar la cooperación bilateral en sectores estratégicos como infraestructura, energías limpias y telecomunicaciones, promoviendo un libre comercio “de alto nivel” y una política industrial “más abierta”.
Pero más allá de las palabras y las fotografías oficiales, son los hechos los que hablan con más fuerza.

En 2022, Sinovac -la farmacéutica china que se hizo conocida globalmente por su vacuna contra el Covid-19- anunció con bombos y platillos la construcción de una planta de producción en Quilicura. El proyecto contemplaba una inversión de US$100 millones, más de 100 empleos directos y, lo más relevante, la posibilidad de contar con producción local de vacunas en un contexto internacional marcado por incertidumbre logística y tensiones comerciales.

La noticia no venía sola. También se anunció la instalación de un centro de investigación y desarrollo (I+D) en Antofagasta.

Sin embargo, a fines de 2023, ambos proyectos se esfumaron. ¿La razón? Por una parte, la propia Sinovac explicó que el centro de I+D no podía construirse por la falta de condiciones básicas, como el acceso al agua potable. Por otro lado, la ministra de Ciencia, Aisén Etcheverry, declaró que la empresa había condicionado la producción de vacunas a una licitación pública que asegurara demanda a largo plazo. Ante la negativa del gobierno a comprometer dicha garantía, Sinovac optó por retirarse.

Ante la consulta acerca del tema, la embajada china en Chile a través del encargado de negocios, Ma Zhen, (La Tercera – 11 de Abril de 2025) fue categórica: la decisión fue “empresarial” y se basó en “las reglas del mercado”. Ni más, ni menos.

No basta con simpatía política o cercanía ideológica. Para que las inversiones se concreten, se requiere seriedad, infraestructura y certezas. China actúa con racionalidad económica.

La lección es simple, pero urgente: no más improvisación y desorden. Hasta los chinos entienden. Sería deseable que nuestras autoridades también lo entendieran.

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