El proceso que tiene hoy a Chile como un gran exportador de fruta fresca es una historia de cooperación público–privada que comienza en la década de los 70, gracias a un trabajo colaborativo entre el sector público (que generó las necesarias condiciones económicas y sanitarias y logró la apertura comercial con distintas naciones) y el sector privado (que aportó su capital, empuje, toma de riesgos y seriedad). Esta alianza permitió el despegue de la fruticultura chilena, con exportaciones de fruta fresca, congelada y procesada, por más de 10 mil millones de dólares en 2026, a más de 160 países de destino.
La fruta se transformó entonces en un gran impulsor del desarrollo económico nacional, siendo una de las actividades productivas primarias más importantes entre las regiones de Atacama y Ñuble.
Sin embargo, las perspectivas de crecimiento de este sector están limitadas por la disponibilidad de suelo regado. Los escenarios climáticos que ha enfrentado nuestro país han causado un desplazamiento de la superficie destinada a la producción de fruta, con disminuciones cercanas al 30% en Atacama y Coquimbo, y aumentos que duplican la superficie frutícola entre Biobío y Los Lagos, regiones que tradicionalmente se dedicaban a otros rubros agrícolas.
Sin duda, este cambio es una respuesta a la disponibilidad de agua, pero tiene enormes costos que las cifras generales ocultan. La pérdida de superficie en Atacama, ¿qué significó en términos de empleo, de ocupación del territorio, de nacimientos de niños en el mundo rural? Por otra parte, ¿qué ocurre con el mix de fruta exportable?, ¿qué especies disminuyeron?, ¿cuánto cambió la temporada de la fruta chilena en los mercados internacionales?
Mientras tanto, cruzando nuestra frontera norte, Perú consolida un modelo país que apuesta fuertemente por la exportación de fruta como un motor de desarrollo mediante reformas tributarias que benefician al sector junto con un ambicioso plan de infraestructura hídrica pública y privada que le está permitiendo incorporar cientos de miles de hectáreas cultivables en la costa desértica.
Entre los proyectos emblemáticos del Perú destaca la megaobra Chavimochic, cuyo desarrollo en las regiones de La Libertad ha sumado más de 140.000 hectáreas a la producción agrícola. Por su parte, el Proyecto Olmos-Tinajones en Lambayeque logró trasvasar las aguas del río Huancabamba mediante un túnel trasandino de 20 kilómetros, incorporando 38.000 hectáreas totalmente tecnificadas a la producción. A estos se suman avances significativos en sistemas como Chinecas en Áncash, con 70.000 hectáreas y la segunda etapa de Majes-Siguas en Arequipa que contempla 38.500 hectáreas adicionales.
Pero además de todos estos proyectos, la Agencia de Promoción de la Inversión Privada del Perú está llevando adelante una poderosa cartera de proyectos de infraestructura hídrica por un valor superior a los 20.000 millones de dólares. Este catálogo contempla la expansión de Olmos II Etapa (50.000 ha), Pampa de Concón Topará (20.000 ha), las Pampas de Nasca y el proyecto Alto Piura, entre otros, buscando incorporar riego a más de 1,3 millones de hectáreas adicionales.
De vuelta al caso de Chile, nuestro desafío no está únicamente en la escasez del recurso hídrico, sino en la infraestructura. Históricamente, el Estado ha centrado su acción en la eficiencia del riego dentro de cada predio. Esta inversión ha sido fundamental, pero necesita complementarse con infraestructura y una planificación que permitan almacenar, conducir y gestionar el agua a escala de cuenca. La tramitación de permisos medioambientales para construir embalses medianos o grandes suele extenderse por más de una década, mientras que la falta de un marco estructurado para las Concesiones de Obras Hidráulicas frena la llegada de capital privado. A esto se suma el desafío de recarga de acuíferos, la desalinización y el reúso de aguas servidas dispuestas en el mar, iniciativas que aún carecen de incentivos para el agro.
Mientras Perú ha situado la infraestructura hídrica de gran escala entre sus apuestas para expandir la agricultura de exportación, y continuamente está potenciando este sector, dándole un permanente viento de cola, Chile mantiene la trayectoria de hace 50 años, sin considerar a la fruta como un factor para el desarrollo nacional. Nuestro país requiere de una estrategia de largo plazo que aborde la construcción acelerada de embalses, trasvases, sistemas de recarga de acuíferos y plantas desalinizadoras multipropósito, y permita incorporar nuevas zonas a la producción agrícola. De lo contrario, nuestra fruta seguirá intentando volar con el viento en contra.
