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Credit: @Elysee

“¿Arde París?”, esa fue la tristemente célebre pregunta que Adolf Hitler dirigió a sus generales el 25 de agosto de 1944 en la Wolfsschanze, su Cuartel General de Rastenburg en la Prusia Oriental. Su intención era destruir París ante la inminencia de perder la capital francesa. No fue así gracias a un general, Dietrich von Choltitz, que no estuvo dispuesto a cometer semejante despropósito. Esa terrible pregunta podría haber vuelto a ser actual la noche del 7 de julio recién pasado si hubiese vencido Rassemblement national (RN), el partido de Marine La Pen al que se le auguraba una victoria contundente. Ello no ocurrió y París volvió a salvarse.

Estuve en Francia tanto durante la primera como la segunda vuelta de una elección que todos designaban como histórica. La tensión se sentía en el aire de un país atenazado por el miedo. Miedo a la victoria de RN, lo que marcaría un giro histórico de la política francesa hacia un nacionalismo radical escéptico respecto de la Unión Europea. Y miedo a los motines urbanos que en ese caso se podían desencadenar en los temidos banlieues segregados, dominados por la población de origen norteafricano, una condición social precaria y una fuerte presencia del separatismo islamista. El recuerdo traumático del levantamiento de noviembre de 2005, que conmocionó profundamente a un país que estuvo en estado de emergencia durante tres meses, anunciaba que algo mucho peor podía ocurrir esta vez.

Este doble miedo sintetiza de manera drástica el predicamento de gran parte de la Europa de hoy. El votante “popular” -obreros y trabajadores de ingresos modestos y nivel educacional relativamente limitado- se inclina de manera cada vez más contundente por partidos populistas que proponen un estatismo proteccionista y excluyente, así como mano dura con la inmigración, el islamismo y la delincuencia. Se trata del trumpismo europeo, que ataca virulentamente a una élite que habría traicionado a su país ignorando o claudicando frente a las amenazas de la globalización, la islamización y la erosión de los valores tradicionales.

Diversos estudios muestran claramente que en la primera vuelta de la elección parlamentaria del 30 de junio de 2024 el partido de Le Pen obtuvo más votos obreros y de quienes se autodeclaran de condición social desfavorecida que todos los demás partidos juntos. Se trata, en gran medida, del viejo voto duro del Partido Comunista francés ahora reducido a una débil sombra de lo que en su momento fue el partido más grande de Francia alcanzando cerca del treinta por ciento de los sufragios. También el votante socialdemócrata tradicional se muestra altamente receptivo al mensaje del populismo nacionalista. Estos datos no son, sin embargo, algo nuevo. Ello viene ocurriendo desde hace ya un buen tiempo, tal como pasa en muchos otros países occidentales desarrollados.

En términos sociológicos, el resurgimiento del nacionalismo militante es un fenómeno bien estudiado, pero políticamente aún no asimilado por los partidos tradicionales. Su telón de fondo es la tensión social creada por las fuerzas combinadas de la globalización, las migraciones y la revolución informática. Frente a ellas, la nación, como conjunto de instituciones regulatorias de la vida social, y lo nacional, como sentimiento de solidaridad mutua y futuro compartido, se debilitan a ojos vista. Distintos sectores de la población enfrentan estos profundos cambios de una manera muy diversa, dependiendo de sus posibilidades de salir airosos ante los nuevos desafíos. Simplificando las cosas, podemos decir que, para algunos, especialmente los jóvenes de las grandes urbes con niveles más altos de educación, se abre, literalmente, un mundo de oportunidades. Para otros, en particular los sectores menos educados de una población adulta ligada a pequeñas o medianas ciudades industriales en decadencia, se abre un abismo que puede tragarse sus fuentes de sustento y minar los pilares comunitarios e identitarios de sus vidas.  

La obra más señera a este respecto es La rebelión de las élites y la traición a la democracia del estadounidense Christopher Lasch, publicada hace ya tres décadas. A su juicio, la gran amenaza contra la comunidad nacional y la democracia que ella sostiene no proviene, como alguna vez se pensó, de “la rebelión de las masas”, sino de “las élites” o los ganadores de la globalización, como hoy diríamos, que se desentienden de las mismas y de su destino, encandilándose con las luces del globalismo cosmopolita y desertando su rol natural de líderes de la nación y portadores de una determinada tradición cultural. De esta manera, las élites pasan a formar un estrato transnacional, que encuentra sus pares en cualquier parte del mundo y se comporta como si fuesen turistas en su propio país (y en cualquiera que en que se encuentren), siempre de paso, profundamente ajenos a los avatares y sentimientos del resto de la nación. Para ellos, “el pueblo” forma una masa de gente atrasada, prejuiciosa y provinciana, que no entiende las maravillas del multiculturalismo ni aprecia las posibilidades que abre el nuevo mundo feliz de la globalización.

Hoy sabemos que a esta rebelión de las élites de que hablaba Lasch le ha sucedido una verdadera rebelión de las masas, de esa “América media” que finalmente encontró su paladín en Donald Trump y se identificó con su desprecio por las instituciones y las formas de una democracia que para muchos había sido capturada por la élite transnacional simbolizada en Estados Unidos por Washington y Wall Street.

Las elaboraciones más recientes sobre este tema han sido muchas. Así, por ejemplo, el escritor británico David Goodhart publicó en marzo de 2017 un sugerente ensayo en The Financial Times sobre este asunto. Allí, quien se declara “postliberal y orgulloso” trabaja con las categorías de “somewhere” y “anywhere” a fin de captar el eje fundamental de diferenciación de la comunidad nacional y el debilitamiento de la democracia que él ve detrás de fenómenos como el Brexit o el triunfo de Donald Trump. Si bien hay mucha gente que vive entremedio, la gran divisoria actual se produciría entre aquellos enclavados en “alguna parte” y aquellos que fluyen por el mundo y pertenecen a “cualquier parte”.

Los primeros definen su cultura e identidad de forma particularista, es decir, como algo distintivo y único, atado a cierta historia, entorno físico y formas específicas de vida, que deben ser preservadas ya que su seguridad existencial depende de ellas. En esto reside, a su juicio, el sentido y misión de la nación. Los segundos, se definen por su pertenencia a una especie de cultura universal, que los hace sentirse en casa en cualquier parte donde encuentren a sus pares, es decir, a miembros de la clase media altamente educada, móvil, bien retribuida y cosmopolita. Para esta “gente de cualquier parte” la “gente de alguna parte” son seres atrasados y retrógrados, que se quedaron en el pasado y el provincialismo, destinados finalmente a desaparecer barridos por la “destrucción creativa” schumpeteriana. Los desprecian, así como desprecian su nacionalismo tribal y la contumacia de no querer formar parte, aunque exija sacrificios, del futuro.

En esta perspectiva el nacionalismo populista es el partido de la “gente de alguna parte” que se siente amenazada y desprotegida. Pero su radio de atracción es hoy mucho más amplio, no menos respecto de una clase media emergente joven, muchas veces con raíces inmigrantes, que busca un atajo para llegar a los niveles más altos de la sociedad francesa destronando a parte de las viejas élites político-culturales. El presidente y candidato a primer ministro de Rassemblement national, Jordan Bardella, representa a cabalidad, con sus 28 años y sus raíces italianas y franco-argelinas, a estos nuevos sectores.

El año 2027 tendrá lugar la próxima elección presidencial en Francia. Marine Le Pen estará entonces lista para el desafío y todo indica que sus posibilidades de salir exitosa del mismo serán mayores que nunca. También los suburbios estarán listos y entonces París, así como una gran cantidad de otras ciudades francesas sí pueden arder. Solamente un gobierno con gran claridad de propósitos y capacidad de unir a la gran mayoría de la nación podría evitar un desenlace semejante.

Lamentablemente es muy poco lo que apunta en esa dirección. El vencedor de la elección recién pasada, el Nuevo Frente Popular con La Francia Insumisa (La France insoumise) a la cabeza, representa un izquierdismo populista retrógrado que promete combatir al actual Presidente, el liberal Emmanuel Macron, con toda su fuerza. Su agenda social irresponsable que promete más derechos con menos trabajo, sus propuestas económicas expropiatorias y antimercado, su actitud claudicante frente al islamismo separatista y su incapacidad de entender los grandes desafíos de la inmigración terminarían, sin duda alguna, por abrir el camino para el triunfo definitivo del populismo nacionalista.

Pobre Francia, acosada por los extremismos de derecha y de izquierda, amenazada por los suburbios insurgentes, la decadencia económica, la desesperación de su clase obrera y las frustraciones de sus clases medias, atormentada por el grandeur perdido y un incierto futuro en la insignificancia. En circunstancias como estas los griegos antiguos recurrían en sus representaciones teatrales a un deus ex machina que de manera inesperada solucionaba los entuertos que los mortales no sabían resolver. ¡Ojalá que Francia encuentre al suyo!

Miembro del Parlamento de Suecia, exministro de las Culturas de Chile y autor de El libro negro del comunismo chileno (Ediciones El Líbero 2021)

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1 Comment

  1. Extraño análisis y raciocinio, muy contradictorio. No es aceptable que un grupo de auto iluminados se ría, burle y mofe de amplias mayorías nacionales. En ninguna parte de su «analisis» dice que por causas del sistema electoral quien salió tercero tiene muchos más votos que quien salió primero. Por último, le aflora sus rasgos de exiliado, por qué París arderia si gana la derecha dura, nacionalista y no arde si asume la ultra izquierda radical??????

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