Siempre es un buen minuto para hablar de filantropía, sobre todo en el Chile de hoy en donde existe más información acerca de los problemas y necesidades de individuos, comunidades y la sociedad. Lo cual se traduce en nuevas oportunidades para contribuir al país.

Sin embargo, cuando se menciona la palabra filantropía para muchas personas es ajena, les parece lejana, anglosajona e incluso incomprensible. En resumen, distante a nuestra cultura chilena. Pero la verdad es que en una sociedad verdaderamente libre en donde los individuos expresan su creatividad y sociabilidad para contribuir al interés público, vale la pena profundizar en ella.

Para esto, entendamos el origen de la palabra filantropía la cual proviene de la unión de dos conceptos griegos, en donde philos es amor y anthropos es hombre, vale decir, amor al hombre. Una acción altruista, desinteresada y sin esperar algo a cambio.

Este fin último de la filantropía no ha variado en los siglos, pero sí sus modelos, expresiones y estrategias han evolucionado y tomando distintas formas en los últimos años. Un paso importante, y que pareciera obvio, es institucionalizar la filantropía, comúnmente a través de un vehículo legal como una fundación filantrópica, la cual puede tener un tipo de operación como donante, vale decir, que le dona a otra organización con la cual calza en objetivos y valores, para alcanzar su propósito. También, están aquellas que desarrollan sus programas propios y, por último, aquellas mixtas que donan y, además, operan sus programas. Estas últimas son las mayoritarias, representando un 43% del total de las fundaciones filantrópicas, según el 2do Barómetro de Filantropía en Chile, realizado por la Centro de Filantropía e Inversiones Sociales, CEFIS, de la Escuela de Gobierno de la UAI, lanzado a fines del año 2024.

En cuanto a las estrategias, destaco dos. En primer lugar, el enfoque de filantropía basada en la confianza, o trust-based philanthropy, que promueve relaciones de largo plazo entre instituciones filantrópicas y organizaciones ejecutoras o de primer piso, que son las que desarrollan los programas. Lo anterior implica un cambio cultural, pasando de fondos concursables anuales, a relaciones de más de tres años a través de alianzas de colaboración donde prime una visión de largo plazo y la mancomunión de objetivos para atender los desafíos, sean acotados o a nivel macro. También, implica cambios en la relación, invirtiendo más tiempo en procesos de due diligence, en evaluar el calce de valores e intereses, y en conocer realmente a la contraparte antes de embarcarse en un desafío mayor. Y si bien, este enfoque presenta un desafío al considerar la crisis de confianza generalizada en la sociedad, la filantropía está dando sus pasos en esa dirección.

En segundo lugar, el enfoque de filantropía orientada hacia el impacto o impact driven philanthropy, ha ido tomando fuerza en el sector filantrópico y social, entendiéndose como la práctica de usar el tiempo, talentos y recursos de manera estratégica para generar cambios significativos, con metas claras, valores sólidos, medición de resultados y capacidad de asociarse con personas u organizaciones que comparten un mismo problema a resolver.

Ambas estrategias no son excluyentes entre sí, más bien son complementarias y permiten articular y alinear a actores que comparten un propósito común a través de una colaboración efectiva para catalizar cambios a través de la construcción de redes, movilizar y apalancar recursos, promover modelos exitosos y efectivos, y fortalecer a las organizaciones de la sociedad civil.

Así también, la filantropía tiene la libertad de tomar riesgos para generar impacto o mover la aguja en materia social, cultural y/o ambiental. Siendo esta característica un activo importante e inherente a su rol, y marcando una diferencia con el Estado y el Mercado, quienes difícilmente podrían correr los mismos riesgos por sus propias lógicas, restricciones e incentivos.

De esta manera, la filantropía cumple un rol que va más allá del mero financiamiento a fundaciones o programas en beneficio de la sociedad, sino más bien cumple un rol cualitativo, movilizador y estratégico al involucrar a los privados en el interés público. Tanto a nivel de patrimonios medianos y grandes, como también a la fuerza compuesta por ciudadanos de a pie que realizan contribuciones económicas y de voluntariado a causas que permiten mejorar el bienestar de personas, comunidades y ecosistemas.

Si la filantropía sigue creciendo, profesionalizándose, orientándose hacia el impacto y colaborando con la academia, los privados y el Estado, sin duda, iremos construyendo una sociedad civil robustecida y un país con mayor equidad y oportunidades. ¡Que así sea!

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