No hay día en que no aparezcan cartas y notas sobre “la” eutanasia. Se discute casi siempre como si esa denominación tuviera un sentido claro y designara una cuestión única, fácilmente identificable. Sin embargo, cualquiera que se haya ocupado mínimamente del asunto sabe que esa etiqueta cubre una multiplicidad de casos diferentes, que no pueden ser tratados en pie de igualdad. Para peor, además de equívoca, la expresión posee una carga evaluativa que, a primera vista, parece hacer irrelevante la discusión. En efecto, “eutanasia” significa tanto como “buena muerte”. No se ve, pues, qué podría haber de problemático aquí, ya que nadie podría estar sensatamente en contra de algo que, de entrada, se califica de “bueno”. Paradójicamente, y para hacer las cosas aún más complicadas, el abuso de la noción llegó, en ocasiones, a extremos tan repugnantes que ella quedó lastrada de modo irreparable. En efecto, a causa de su empleo en el marco de la llamada “Aktion T4”, la brutal política de exterminio con fines de “higiene racial” y “salud pública” implementada por el nazismo entre 1939 y 1945, la expresión “eutanasia” se convirtió en uno de los ejemplos más escalofriantes de eufemismo siniestro. Por eso, en Alemania se suele hablar preferentemente, hasta el día de hoy, de “ayuda a la muerte” (Sterbehilfe). Sin estar libre de ambivalencia en lo que concierne a su verdadero alcance, esta expresión no tiene, al menos, una historia tan macabra.
En cualquier caso, lo dicho muestra suficientemente, me parece, que, en el caso de la expresión “eutanasia”, estamos en presencia de un mero simulacro verbal, pero uno cuyo empleo es particularmente peligroso. El actual debate, al menos a nivel local, no parece tomar debida nota. No puede sorprender, pues, que el nivel de confusión que lo empaña sea, por momentos, abismante, a punto tal que no es fácil saber incluso si tanta oscuridad puede ser resultado de simple inadvertencia o bien responde, al menos parcialmente, a intencionalidad. Pero da lo mismo. Lo importante es tener presente que en temas cruciales, que literalmente son de vida o muerte, la claridad es una obligación inexcusable. Conviene, pues, recordar lo más elemental: lo que se discute es la legitimidad de lo que se suele llamar el “suicidio asistido” y si puede o no ser legalizado, en determinados casos y bajo determinadas condiciones. Dejando de lado aquí las dificultades que plantea la propia noción de “suicidio asistido”, creo que se puede ser todavía un poco más preciso: lo que está en el centro de la discusión no es sino la legitimidad de la asistencia al suicidio y si puede o no ser legalizada, en determinados casos y bajo determinadas condiciones. Nada más, pero tampoco nada menos.
Personalmente, me cuento entre quienes piensan que, en una sociedad libre que todavía quiera preservar cierta conciencia de sus propios fundamentos, nadie puede estar habilitado, ni mucho menos obligado, a ser el brazo ejecutor de un suicidio que, aunque deseado, no se puede llevar a cabo por mano propia, no importa quién lo solicite ni con qué razones. Desde luego, estoy consciente de que esta convicción podrá no ser compartida por determinadas personas, no sé si muchas o pocas. Pero creo que, al menos, todos tendríamos que poder estar de acuerdo en que no se debería enturbiar la cuestión de fondo. Habría que renunciar, pues, desde el comienzo mismo, a todo empleo de la retórica que no contribuya al objetivo de un verdadero esclarecimiento.
¿Será posible lograr algo así a las puertas de una elección presidencial? ¿Se busca hacer un verdadero servicio a la sociedad, cuando se plantea debates de este tipo, justamente, en los momentos en los que más improbable parece poder llevarlos a cabo con la altura de miras y la honestidad intelectual que los asuntos en cuestión reclaman?
