niños

A propósito del reportaje sobre tratamientos afirmativos, de tipo psicológico-social y hormonal, realizados en menores de edad con disforia de género, estimamos necesario compartir una reflexión:

En relación con la definición de Persona Humana, existe en nuestra sociedad una lucha entre dos mentalidades. Una donde la Persona Humana es reconocida como sustancia compuesta por una dimensión corporal y una trascendente que en esta realidad personal forman una unidad inseparable (Familiaris Consortio 11), mientras otras mentalidades modernas definen la Persona Humana como una cualidad, ya sea por su biología o por la definición ética o cultural, o por el concepto personal que se tenga.

Esta consideración se ve hoy afectada por una fuerte valoración de la subjetividad que pone el acento en la autopercepción del propio ser personal como garante de objetividad, desvinculada de cualquier referencia valórica, con la negación de lo corpóreo, la separación entre sexo entendido como biológico y género entendido como cultura, ideologizando la dimensión personal. Ello provoca en el ámbito de lo sexual, “una división entre el ser sexual y tener sexual, el cual cambia según el momento o la motivación” (Tettamanzi, 1984, p. 133).

Estas aproximaciones modernas sobre el concepto de persona dañan la dignidad intrínseca de cada ser humano, ya que al presentarse ideologizadamente -como ocurre con la falta de acuerdo en la comunidad científica (por ejemplo la utilización de un enfoque afirmativo en el uso de terapias de bloqueo puberal en casos presuntos de Disforia de Género en niños (as) o adolescentes; como por las normativas educacionales y de salud, como los Decretos Ministeriales Circular 812, del Mineduc, Programa de Acompañamiento a la Identidad de Género-Crece Con Orgullo, Ministerio de Desarrollo Social y Familia y Minsal–; como por el Paternalismo Médico, como ocurre con las indicaciones impositivas que ofrece el equipo de salud en casos de Disforia de Género, los cuales por lo sesgado de la información, impiden a las personas poder “orientar su propia libertad hacia el verdadero bien” (Dignitas infinita 22) y con ello expresar en el plano existencial y moral el horizonte ontológico de su dignidad.

Estas manifestaciones sesgadas de la dignidad exigen nuevos derechos “muchos de los cuales suelen ser contrarios a los definidos originalmente y no pocas veces se ponen en contradicción con el derecho fundamental a la vida, como si hubiera que garantizar la capacidad de expresar y realizar cada preferencia individual o deseo subjetivo (Dignitas infinita 25)”.

Estas dignidades reductivas se identifican con libertades aisladas e individualistas, que desean imponer derechos que garanticen ciertos deseos y preferencias subjetivas, a lo que algunos autores han llamado: “La tiranía de las minorías” (Palomar Verea, 2021), pero “la dignidad humana no puede basarse en estándares meramente individuales ni identificarse únicamente con el bienestar psicofísico del individuo […] la dignidad se fundamenta en las exigencias constitutivas de la naturaleza humana […]. Los deberes que se derivan del reconocimiento de la dignidad del otro y los correspondientes derechos que de ello se derivan tienen, por tanto, un contenido concreto y objetivo, basado en la naturaleza humana común. Sin esa referencia objetiva, el concepto de dignidad queda sometido de hecho a las más diversas arbitrariedades, así como a los intereses de poder” (Dignitas infinita 25).

Por ello, Dignitas Infinita pone el acento en una realidad olvidada de nuestra propia naturaleza: la libertad que, para ser tal, debe estar vinculada a la verdad del ser personal. Toda desvinculación a nuestro ser creatural, absolutización de la libertad, o independencia de cualquier referencia que no sea ella misma, transforma nuestra libertad y con ella a nuestra dignidad en algo débil y oscuro. Hace que la dignidad como valor, pierda su fuerza y se trasforme en valores personales irreconocibles en otros, desfigurando nuestro ser personal.

La desvinculación entre dignidad y libertad lleva a que el rol de la emoción o el malestar físico se transforme en un criterio de juicio sobre la forma de percibir la dimensión personal, reduciendo a la persona humana sólo a un momento biológico, intercambiable de su ser trascendente y psicológico. Ello ocurre en especial en sujetos como los niños y adolescentes, que se encuentran en formación y son vulnerables a la influencia que otros puedan hacer de sus propias identidades.

Frente a las intervenciones que proponen un cambio de sexo, el Magisterio de la Iglesia Católica recuerda que “el cuerpo y la sexualidad no deben ser considerados como una parte sólo material del ser, desde una visión calculadora” (Deus Caritas Est, 2005, 5). También, el Papa Benedicto XVI afirma que: “El hombre posee una naturaleza que él debe respetar y que no puede manipular a su antojo. El hombre no es solamente una libertad que él se crea por sí solo. El hombre no se crea a sí mismo” (Benedicto XVI, 2011). Por otra parte, Dignitas infinita afirma que “la dignidad del cuerpo no puede considerarse inferior a la de la persona como tal. (Dignitas infinita 60)”, por ello, como afirmábamos al comienzo, la persona humana es una Totalidad Unificada: yo no tengo un cuerpo, yo soy un cuerpo, y es por ello que “toda operación de cambio de sexo, por regla general, corra el riesgo de atentar contra la dignidad única que la persona ha recibido desde el momento de la concepción” (Dignitas infinita 60).

En el reportaje de tratamientos hormonales para niños con disforia de género, se puede subrayar una contraposición entre el deseo/emoción de los niños, que están en formación y crecimiento, con el rol natural que los padres como legítimos promotores de la educación y formación de sus hijos tienen. Esta contraposición, describe a los padres de estos niños como desconfiados o retrógrados, siendo incentivados por fundaciones o por el personal médico, a estos niños en situaciones conflictivas, a actuar en contra de la voluntad de sus padres. Esta contraposición que podemos llamar artificial e ideológica va de la mano con la sugerencia de una acelerada medicalización sin un acompañamiento terapéutico apropiado, sumando el abuso de redes sociales y de grupos activistas que dificultan más la realización de procesos sanos y sistémicos dentro del grupo familiar.  

En vista de estas vulneraciones tanto ideológicas como estamentales es importante volver a recordar lo que afirma la Declaración Universal sobre Bioética y Derechos Humanos, elaborada por la Unesco en 2005 sobre la vulnerabilidad. Este documento afirma: “Al aplicar y fomentar el conocimiento científico, la práctica médica y las tecnologías conexas, se debería tener en cuenta la vulnerabilidad humana. Los individuos y grupos especialmente vulnerables deberían ser protegidos y se debería respetar la integridad personal de dichos individuos”. Este debe ser un norte y un propósito en el rescate de los más vulnerables entre los vulnerables y que necesitan guía, consejo y formación.

*Paulo López Soto y Manuel J. Santos. Instituto de Bioética, Facultad de Medicina Universidad Finis Terrae

Deja un comentario

Debes ser miembro Red Líbero para poder comentar. Inicia sesión o hazte miembro aquí.