Trump, con su incontrovertida autosuficiencia, afirmó sin reticencias que en un mes había realizado lo correcto e inimaginable por su país y el mundo, lo que no habían realizado la suma de los presidentes anteriores de EE.UU. Además, se desentiende y descalifica de las políticas económicas y de las relaciones exteriores cultivadas por su país durante ocho consistentes décadas, trayendo bienestar al mundo, exactamente por la apertura económica.
Cuando su país es definitivamente menos gravitante, pese a que fue el propio el que impulsó la apertura al comercio internacional, optimizando las ventajas competitivas de cada país con amplias y fructíferas alianzas continentales, hoy Trump las cuestiona y desecha.
Los delirios económicos de Donald Trump dañan a Estados Unidos. The Economist sostiene que el presidente estadounidense y la realidad se están distanciando. Desafortunadamente, en el mundo real las cosas son diferentes. Los inversores, los consumidores y las empresas muestran los primeros signos de aversión hacia la visión ‘trumpiana’; léase: la desvalorización del mercado bursátil; sumada a una volatilidad récord, es el reflejo ante lo incierto e incomprensible de sus egocéntricas determinaciones.
Solo por una unilateral medida, no por un modelo económico integral, e impuesto por dispares razones, el alza de los aranceles provoca una disrupción tanto económica (alimentando la inflación, lo que arrastraría una futura contracción) como un desbalance con países que habían sido aliados por doctrina y convicción.
Como mencionamos, EE.UU. ha disminuido su incidencia e influencia a menos de un 20% del PIB mundial (post II Guerra Mundial llegó a superar a más de la mitad del PIB mundial) y vía la OMC venía promoviendo la optimización del comercio mundial y a consecuencia de esta sana y generadora política de creación de valor su propio país y el mundo se venían beneficiando de esta apertura y, en consecuencia, de un incremento sustancial de sus importaciones de bienes y servicios. Ahora, lo reprueba y menosprecia con una inverosímil mirada, como si fuera un aprovechamiento de sus países pares.
El caso del cobre es un buen paradigma de comparación. EE.UU. importa la mitad de sus necesidades de cobre y Chile le abastece exactamente la mitad de estas, como una expresión de las condiciones propias del mercado mundial. El país de Trump no produce más cobre por sus altos costos comparativos, por la ausencia de nuevas minas, por sus altos costos laborales y otras variadas regulaciones encarecedoras. Distintas industrias internas conscientes de esa realidad se abastecen del mercado externo. De un precio determinado libremente en el Stock Exchange que convergen y se expresan en la suma de estas variables. El cobre no tiene una nacionalidad, tiene propiedades intrínsecas, y si eventualmente le fijan tarifas a Chile, igualmente tendrán obligadamente que abastecerse de otros escasos países productores, al mismo precio con el nuevo arancel encarecedor para la industria norteamericana.
Todo ello no subsana la problemática de fondo, por cuanto al menos les tomaría 10 años encontrar y producir este déficit de la mitad de sus necesidades. Es altamente improbable. Si se provoca desabastecimiento por estas unilaterales medidas, el mercado del cobre tiene bajísimos stocks para reponer, solo semanas, lo que se reflejaría en mayores precios de importación para EE.UU y solo favorecería a los sustitutos del cobre como el plástico y el aluminio, simultáneamente. También tendrán que tomar conciencia de que por la nueva matriz mundial de energía y movilidad automotriz se pronostica, a ciencia cierta, una mayor demanda de cobre. Similar predicamento para nuestras exportaciones agroindustriales.
Es cierto que EE.UU. considera al cobre como un “mineral estratégico”; aun así no altera la demanda y oferta espontánea del mineral. Atenuada, aún más, por la circunstancia de que nuestro país tiene sendos y rigurosos “tratados comerciales” con EE.UU. y una balanza comercial favorable a ellos, que hace más improbable aplicar aranceles a Chile. Trump no podrá abrir tantos frentes beligerantes con estas medidas odiosas e inconducentes, que afectarán el encadenamiento del suministro global.
El 2000 Putin llegó al poder con una actitud de abrirse a Occidente y los primeros ocho años de su indisimulable gobierno absolutista absorbió enormes inversiones y el posicionamiento de una economía de consumo, que deslumbró esencialmente a los moscovitas; paralelamente concentró todas las funciones del poder, con un celo especial por el control de los medios, transformándolos en instrumentales a sus objetivos de control y expansión; y como genuino representante de la nostálgica vieja guardia de la ex Unión Soviética, ex KGB, no asimiló el voluntario desmembramiento del ex imperio conquistado por los procedimientos más violentos y despiadados post II Guerra Mundial por el inhumano y sádico dictador Stalin (incumplió el Acuerdo de Yalta, un presagio de Churchill) con países que nunca fueron de su idiosincrasia y órbita, eran esencialmente europeos, solo impuestos por el artificioso Pacto de Varsovia; prueba de ello es que al caer la URSS, voluntariamente, literalmente como estampida, fueron acogidos por la OTAN, (por ejemplo Polonia, Hungría, Países Bálticos), post exigentes obligaciones de ésta, como ser plenamente democráticos.
Solamente Putin dicta una doctrina de sus ensueños de conquista imperialista, que siendo Rusia el país más grande del mundo, pareciera insuficiente, y tiene la desaprobación y la cruenta pesadilla de 10 de sus 12 países limítrofes, al invadir Ucrania sorpresiva y unilateralmente sin mayores negociaciones previas y sin más que el vacío e inocuo argumento de que eran nazis y fascistas.
Con la insólita visión anti-Ucrania, engañosa como confusamente transaccional de Trump, pone en ascuas el futuro de Ucrania. Oportunamente Europa ha dado un trascendental paso en transformar su defensa con un plan de rearme del bloque y arropar al invadido Zelensky, en un momento decidor para el continente. Ciertamente Rusia es una economía esencialmente armamentista, de alto poder de fuego (deficientemente lo ha demostrado ante Ucrania) aún así Europa, que depende militarmente de EE.UU., tiene un PIB ocho veces al ruso, que los puede transformar en el clásico concepto de “mantequillas a cañones”.

Oportunamente la decisión y apertura de ojos europea???? Esto no es poner dinero y comprar cosas, no es tan fácil. Desarrollar un poder militar creíble y que eventualmente ayude a Ucrania, requiere al menos de cinco años, de tenacidad, recursoa, esfuerzos. El gran drama, es que Ucrania no resiste cinco años más. Estos temas son muy complejos, hay que tirarse a la piscina con anticipación, con visión estratégica, y si no fue capaz de preverla, se debió usar astucia, diplomacia, política para dilatar la invasión, ni lo uno ni lo otro……era más fácil, disculpando la expresión, cafichar seguridad al tonto de siempre