A finales de octubre, Bill Gates publicó un ensayo sobre el cambio climático llamado “Tres verdades difíciles acerca del clima”. En este, el dueño de Microsoft explica cómo la visión predominante en el mundo sobre los esfuerzos contra el cambio climático está errada. El punto principal del ensayo es que el cambio climático es un problema más entre muchos, y que los esfuerzos por combatirlo deben ser proporcionales al sufrimiento humano que éste causa. El ensayo ha suscitado una serie de reacciones en los movimientos “verdes” alrededor del mundo, que lo acusan de minar el relato ambientalista y poner en riesgo los esfuerzos que se han hecho a este respecto. Creo que estas reacciones son algo sobre lo que podemos reflexionar y sacar conclusiones que no solo aplican a los movimientos ambientalistas.

Durante los últimos años, hemos visto como áreas de la ciencia -como el análisis sobre el cambio climático y el desarrollo de vacunas- han estado en el centro del debate político. La Unión Europea ha tenido como prioridad indiscutida llegar a la carbono-neutralidad para el año 2050, y este esfuerzo es mirado con recelo por la administración de Donald Trump en Estados Unidos. En este país podemos ver la otra cara de la moneda: no es poco común que Trump haga declaraciones con poco sustento científico, como su reiterada aseveración de que las turbinas eólicas causan cáncer, o el recorte de fondos para investigación, que son avaladas -activa o pasivamente- por el sector conservador. Creo que el origen de este fenómeno es de largo aliento y tiene que ver con la inestable relación entre la ciencia y la fe.

Durante los siglos XIX y XX, el mundo presenció un tenso debate entre estas dos disciplinas. A pesar de que gran parte de los avances científicos que dieron paso a la revolución industrial fueron realizados con el apoyo de universidades eclesiásticas o derechamente por miembros de la Iglesia como Copérnico, Mendel y Lemaître; para el público general ambas disciplinas parecían irreconciliables. Debía hacerse una elección: o se cree en Dios o se cree en la ciencia. Fueron necesarios teólogos de peso como Joseph Ratzinger y Juan Pablo II y la desacreditación del ideal cientificista -con a las guerras y dictaduras del siglo XX- para poder conciliar estos dos mundos. La ciencia da respuestas a preguntas científicas, pero necesita de herramientas como la filosofía y la teología para ser guiada.

Sin embargo, la última década ha dado paso a un reavivamiento de este aparente conflicto entre ciencia y creencia. Las restricciones que fueron impuestas durante la pandemia del COVID-19 y la posterior llamada a la vacunación masiva fueron tomadas como caballo de batalla por el mismo sector político que impulsa la cultura woke en las élites de Europa y América. Es este sector el que se ha atribuido la batalla por la sostenibilidad y en contra del cambio climático, y ha logrado unificar en un solo relato luchas “científicas” con ideologías propias de su sector que, por sí mismas, no tienen conexión alguna.

Esta sucesión de hechos ha causado una respuesta conservadora potente que se toma este relato como algo que hay que atacar por completo, sin hacer acepción de ideas. Si bien no lo hemos visto con tanta fuerza en Chile, es cada vez más frecuente en Europa y Estados Unidos encontrar personas que no creen en las vacunas, y ocurre un fenómeno parecido con el cambio climático. Basta asomarse a las secciones de comentarios de cualquier influencer conservador para apreciar este fenómeno.

Frente a este conflicto, hace falta hacer una distinción entre la ciencia como tal y el cientificismo en tendencia. En nombre de la ciencia se han defendido posturas no científicas como la ideología de género. En nombre de la ciencia se ha puesto el cuidado del planeta como un absoluto moral que está por sobre las necesidades del hombre. En nombre de la ciencia se han llegado a saltar protocolos científicos para el estudio de ciertas vacunas. Esto sucede cuando se pretende elevar la ciencia a un nivel que no le corresponde: pasa de ser una herramienta que se usa a algo en lo que se cree, un absoluto que guía la vida y que no debe cuestionarse bajo ningún concepto. Al adquirir la ciencia este estándar moral, se sigue que debe haber valentía para defenderla, y es parte de una lucha por la cual se justifica vacunar personas en contra de su voluntad o atacar a Bill Gates cuando pide altura de miras. Es esta ciencia mal entendida la que causa una reacción adversa: estudios mal realizados llevan a desconfianza en las vacunas, movimientos animalistas fanáticos conducen a rechazar el cuidado de la naturaleza, la superioridad moral respecto de la sustentabilidad lleva a negar el cambio climático.

Una vez que se comprende la distinción entre ciencia y cientificismo, se puede tomar una postura que integra nuevamente la ciencia con la fe. La ciencia no es una religión distinta a la que hay que atacar, sino una herramienta al servicio del hombre. Con esto, podemos reconocer que las vacunas son una solución real a enfermedades y mejoran la vida de muchas personas, principalmente de los más pobres. Podemos reconocer que el hombre ha causado una buena parte del cambio climático por la avaricia, el consumismo y el ansia de poder; y su solución también está, en buena parte, en nuestras manos, siempre subordinada al cuidado de los más pobres y necesitados. Sin miedo de tener que someterse a una ideología, podemos adentrarnos en el mundo de la ciencia y usarla como una forma de conocer mejor a la naturaleza, al hombre, y finalmente a Dios.

Deja un comentario

Debes ser miembro Red Líbero para poder comentar. Inicia sesión o hazte miembro aquí.