El gobierno entrante ha puesto la recuperación económica y social del país en el centro de su propuesta. En ese desafío, la figura del empresario será decisiva. Chile no saldrá adelante sólo con menos regulaciones y reducciones impositivas, sino con inversión, innovación, creación de empleo y crecimiento sostenido. Y todo ello pasa por la iniciativa empresarial.
Pero, conviene recordar que la empresa no es solo una unidad productiva. Es, ante todo, una comunidad de personas que cooperan para generar bienes y servicios útiles a la sociedad. Reducirla a un simple mecanismo de lucro es empobrecer su naturaleza y debilitar su legitimidad social. Junto a su rol económico, la actividad empresarial tiene una dimensión moral ineludible: cada decisión de inversión y cada empleo creado o suprimido, tiene consecuencias humanas concretas.
La propiedad privada y la libre iniciativa económica son pilares del desarrollo. Sin ellas no hay creatividad, ni asunción de riesgos, ni progreso. Sin embargo, la propiedad no es un derecho desligado de responsabilidades. Sobre ella recae una función social: los bienes y el capital deben orientarse al bien común. El empresario no es un mero acumulador, sino un administrador responsable de recursos que, bien gestionados, pueden multiplicar oportunidades para miles de familias.
La primacía del trabajo (personas) sobre el capital (“cosas”) es otro principio esencial por considerar. El capital existe para servir al trabajo, no al revés. La rentabilidad es necesaria, pero no puede transformarse en fin último. Un balance positivo no compensa la subvaloración de trabajadores ni el daño de comunidades. El beneficio es un indicador de buena gestión cuando se obtiene respetando la dignidad humana y aportando valor real a la sociedad.
En tiempos difíciles, el espíritu empresarial se pone a prueba. Se requiere mayor creatividad, prudencia y fortaleza para sostener proyectos, proteger empleos y abrir oportunidades. Apostar por sectores productivos, innovación tecnológica y empleos de calidad es una forma concreta de responsabilidad social, si se orienta al desarrollo humano integral.
Asimismo, la empresa no puede desentenderse de la familia ni del entorno social. El trabajo digno, el salario justo y la estabilidad laboral son condiciones para que las familias prosperen y, con ellas, la sociedad entera. Del mismo modo, el cuidado de los recursos naturales no es opcional: es parte de una gestión ética.
Chile necesita empresarios audaces, pero también conscientes de su misión. Necesita líderes capaces de comprender que producir riqueza y mejorar la sociedad no son objetivos contrapuestos, sino complementarios. La recuperación que se anuncia será posible sólo si está fundada en una visión de la empresa como servicio: a los trabajadores, a los consumidores, a las familias y al país.
Más que nunca, la recuperación nacional requiere armonizar libertad económica con responsabilidad social, iniciativa privada con sentido de comunidad, crecimiento con dignidad. Ahí está el motor necesario para el Chile que viene.

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