Caben dos tipos de relación entre la universidad y la empresa privada, sostenía Tomás Calleja (La universidad como empresa, 1990). El mecenazgo o patrocinio es la primera posibilidad. Que la universidad se dirija a las empresas para buscar apoyo a sus actividades es lógico y positivo, porque revela una conciencia de su vinculación a una de las instituciones más vivas de la sociedad actual. Que las empresas presten esa ayuda a la universidad manifiesta también que se ha percatado de la importancia de impulsar a los catalizadores y orientadores del progreso del conocimiento. Pero esta colaboración es insuficiente, porque todavía resulta un mecanismo estático.

La segunda alternativa pasa por la mutua cooperación entre ambas instituciones sociales. Se pasa así de un modelo con significado filantrópico a otro de carácter dialógico, en el que las ventajas de la colaboración son mutuas. Ambos interlocutores se sitúan en un cierto plano de igualdad, En este tipo de relación, más compleja que la primera, el papel de la universidad no es pasivo, no está a la espera de las iniciativas sociales ni se limita a pedir una ayuda general; ella misma está en el origen de los cambios sociales.

La realidad de fondo es que los proyectos de la universidad tienen relevancia empresarial, y las actividades de las empresas constituyen una aportación al progreso del conocimiento que la institución académica no puede pasar por alto. Visualizar esta sinergia en el campo de la investigación tecnológica y aplicada es relativamente fácil, y es en este terreno donde los intercambios resultan ahora más frecuentes.

Sin embargo, apenas se vislumbra la relación en el plano de las ciencias estrictamente teóricas y en el de las humanidades; señal de que el pensamiento dominante aún no ha terminado de penetrar decididamente en la época “postindustrial-digital” y no acaba de percibir la línea de conexión entre cultura y economía. La liberación de tiempo dedicado al trabajo en las empresas, que están permitiendo las nuevas tecnologías, puede ser óptimamente usado en la formación personal -en una creciente humanización de las personas-, tarea que puede liderar la universidad.

La aludida cooperación alcanza también a la enseñanza misma. La universidad ha pasado a estar presente en la vida de las personas permanentemente y no de forma coyuntural. La rápida evolución de los saberes -y los requerimientos sociales- exige la educación continua, en un fecundo intercambio entre la empresa, como generadora y demandante de conocimiento, y la universidad, como emprendimiento del saber. Se trata de un fenómeno de particular relevancia, puesto que el conocimiento adquirido, pero no incrementado es como el agua estancada, que acaba por deteriorarse; en cambio, el saber como aprendizaje continuo es como un río de agua viva. Investigación y docencia se enlazan así en una concepción de la universidad como un subsistema abierto y emprendedor, integrado a un sistema social dinámicamente interactivo, donde la empresa ocupa un lugar central.

Transitar a una mayor y más profunda interconexión entre la empresa y la universidad es un desafío crucial para el futuro desarrollo de la sociedad nacional.

*Álvaro Pezoa Bissières Director Centro Ética y Sostenibilidad Empresarial. ESE Business School

Director Centro Ética y Sostenibilidad Empresarial ESE Business School

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1 Comment

  1. Ummmm, si, dependiendo obvio de universidades que aporten efectivamente al crecimiento de las personas como tales y de las empresas ….

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