Mientras observo el movimiento de las nubes, aparentemente cargadas de lluvia, en dirección al sur, comienzo a escribir esta columna. No debo ser la única persona mirando al cielo. Somos miles de chilenos, especialmente desde la Región Metropolitana al norte, los que alzamos la vista con la esperanza de ver caer precipitaciones.

Los cambios que experimenta el clima nos llenan de incertidumbre, quizás la única certeza es que sabemos que lloverá. El punto es que generalmente desconocemos cuándo y cuánta agua caerá.

Hace aproximadamente un mes atrás, hubo precipitaciones en la Región de Coquimbo. Los agricultores de las cuencas del Elqui, Limarí y Choapa se llenaron de esperanza, pero poco les duró ya que la nieve acumulada se derritió rápidamente tras varios días de altas temperaturas, por suerte aún falta mucho para el 31 de agosto.

Esa fecha es seguida atentamente tanto por la agroindustria como por los sectores sanitarios, mineros y de la generación de energía, entre otros. Con la nieve acumulada al 31 de agosto, la Dirección General de Aguas (DGA) del Ministerio de Obras Públicas (MOP) elabora el Pronóstico Anual de Caudales de Deshielo para la Temporada de Riego (septiembre a marzo) al igual que muchas organizaciones del sector privado que elaboran sus propias proyecciones.

El motivo por el cual muchos esperan con cierta ansiedad que haya precipitaciones durante mayo y junio es el anuncio del término del fenómeno de El Niño y la llegada de La Niña para el segundo semestre de este año. El problema que surge es cómo será la transición. El primero suele traer precipitaciones y altas temperaturas, mientras que la segunda se caracteriza por la escasez de lluvias y que bajen los registros de los termómetros. La incertidumbre aumenta al no saber cómo se materializan estos factores al 31 de agosto, ya que perfectamente podríamos tener un temporal seguido de una ola de calor. ¿Cuál sería el resultado? El derretimiento de la nieve antes del inicio de la temporada de deshielos.

La situación es alarmante en la Región de Coquimbo, ya que el año pasado -a diferencia de la zona central de Chile- no hubo precipitaciones y tras varios años de sequía, los embalses se encuentran al límite.

Los embalses de la cuenca del Limarí son los más complicados, ya que representan el 75% de la capacidad total de la región (1.339 millones de metros cúbicos). La Paloma, de acuerdo con el último informe hidrometeorológico de la DGA del 6 de mayo, acumula 7,8 millones de metros cúbicos, que representa solo el 1% de su capacidad. Ahora, la tendencia a la baja se arrastraba desde hacía tiempo. En mayo de 2023, reservaba 58 millones, que equivalía al 7,7% de su capacidad.

A diferencia de lo que ocurría desde la Región de Valparaíso al sur, no había precipitaciones ni menos la acumulación de nieve necesaria para los deshielos de la temporada de riego. Esta situación fue advertida por el sector agropecuario y sanitario.

¿Qué ocurrió en los últimos meses en Coquimbo?

Antes del 17 de julio de 2023, la empresa sanitaria Aguas del Valle solicita a la Superintendencia de Servicios Sanitarios, que se realice una redistribución de las aguas de ríos de la cuenca del Limarí.

Se iniciaron las conversaciones entre las juntas de vigilancia y la Dirección General de Aguas. Pasaron los meses y la autoridad solicitaba una serie de precisiones a las propuestas de redistribución presentadas por las organizaciones de usuarios de aguas.

¡Papeles iban, papeles venían! Y llegamos a enero del 2024, con una gran inquietud en la zona. Tanta era la intranquilidad que gatilló una visita del Presidente Boric y el anuncio de una licitación para el segundo semestre de una planta desaladora multipropósito con una capacidad de 1.200 litros/segundo, que beneficiaría a 540 mil personas y resolvería definitivamente el abastecimiento urbano para los habitantes de La Serena y Coquimbo. En principio se desarrollaría en la zona del Panul, en la provincia de Elqui. Esto hizo saltar las alarmas en el valle del Limarí y en toda la Región, ya que este proyecto de desalinización podría comenzar a operar el año 2029. A esa altura del verano, ya se anunciaba la llegada del fenómeno de La Niña para mediados del 2024 y los pronósticos de precipitaciones eran poco auspiciosos. De hecho, se proyectaba que los agricultores que dependen exclusivamente de las aguas superficiales tenían pocas posibilidades de superar la temporada 2024-2025.

¿Qué pasaba con la redistribución? La Resolución Exenta DGA N° 364 del 21 de febrero de 2024 aprobó los acuerdos de las juntas de vigilancia del río Grande y Limarí. Llama la atención que tardaran 6 meses en concretarse, dada la magnitud de la escasez hídrica existente.

Aún faltaban un par de meses para la aprobación de otro acuerdo de redistribución en la cuenca del Limarí. Llegamos a marzo y  CEAZA reafirmó que la Región presentaba una situación hídrica crítica, especialmente para la provincia del Limarí, en donde ya se había secado el embalse Cogotí.

Recién en abril la DGA aprobó los acuerdos de redistribución de aguas que presentaron las juntas de vigilancia del río Rapel y la del río Mostazal, con algunas condiciones que garantizaran la disponibilidad de agua superficial para el abastecimiento para el consumo humano.

En síntesis, hubo una demora de 6 y 8 meses para aprobar los respectivos acuerdos. Tanto en los meses previos como en los posteriores, las precipitaciones brillaron por su ausencia en la Región y para nadie era un misterio el estado crítico de los embalses.

¿Dónde está el sentido de urgencia para buscar soluciones a la escasez hídrica de la Región de Coquimbo? La gente no puede esperar que haya precipitaciones. Termino esta columna mientras veo llover en Santiago y en el norte esperan las primeras gotas para las 17 horas del martes 7 de mayo de 2024.

Consultor en Asuntos Hídricos y Sostenibilidad

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