AGENCIA UNO

Tras la segunda vuelta presidencial, el debate público se ha concentrado -como suele ocurrir- en el cálculo de los traspasos de votos: hacia dónde migraron los votos de tal o cual candidato, por quién votaron los jóvenes, qué sectores inclinaron la balanza. Aún así, un análisis político relevante debe ser el aumento significativo de los votos nulos y blancos.

En la primera vuelta presidencial, estos alcanzaron un 3,7% del total; en la segunda, subieron a un histórico 7,1%. La comparación con 2021 resulta aún más ilustrativa: en esa segunda vuelta, los votos nulos y blancos representaron apenas un 1,1%. No se trata, por tanto, de una variación marginal, sino de un cambio relevante en el comportamiento electoral, muy propio de los sistemas con voto obligatorio e inscripción universal.

Este aumento, que es plenamente legítimo dentro de nuestro sistema democrático, se transforma en un problema cuando actores políticos —particularmente desde la oposición— intentan apropiarse de estos votos como si constituyeran una expresión cuantificable y coherente de rechazo al gobierno electo, convirtiéndolos en una retórica para sostener que una fracción sustantiva del país se encuentra en oposición al Presidente electo.

Tal interpretación no sólo carece de sustento institucional; desconoce, además, la naturaleza misma de los votos nulos y blancos. Estos no expresan adhesión ni rechazo programático, no configuran una voluntad colectiva identificable, ni pueden ser leídos como respaldo a una causa política específica. Son, por definición, votos sin mandato, sin destinatario y sin traducción política automática. Pretender lo contrario es confundir una ausencia de opción con una opción política.

Desde la ciencia política, estos sufragios no constituyen un “tercer bloque”, ni un actor latente al que alguien pueda adjudicarse sin mediaciones. Son una señal —ambigua, heterogénea y, precisamente por eso, políticamente indeterminada— de desafección, desalineación o simple rechazo a la oferta disponible, no un cheque en blanco para la oposición ni un argumento contra la legitimidad del resultado electoral.

El verdadero desafío para el próximo gobierno no es ignorar este fenómeno ni permitir que otros lo instrumentalicen, sino comprenderlo. Determinar si se trata de un electorado potencialmente persuadidle o de un bloque más permanente de desafección democrática. En ambos casos, se trata de ciudadanos sin representación clara, a los que habrá que estar dispuesto a interpelar políticamente, no a contabilizar simbólicamente como aliados involuntarios. En democracia, incluso el silencio, merece ser interpretado con prudencia.

Coordinadora de Acción Pública en IdeaPaís

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