Si en su familia alguien pasó por séptimo básico en los últimos quince años, quizás recuerde la llegada del notebook. Desde 2009, el programa Yo Elijo Mi PC, hoy parte de las Becas TIC de la Junaeb, entrega a estudiantes vulnerables un computador, internet móvil por un año y programas educativos.
En 2026, las Becas TIC llegaron a más de 96 mil escolares, con un costo cercano a los $35 mil millones. Hace unos días, el gobierno presentó el proyecto de Presupuestos 2027 sin fondos para el programa. Es el segundo intento en dos años: el gobierno anterior quiso recortarlo 31,5% y el Congreso lo rechazó.
De inmediato salieron a defenderlo desde la UDI hasta el Partido Comunista. El presidente de la Comisión de Educación de la Cámara lo puso como ejemplo de “programas exitosos en el ámbito educacional”. ¿Exitoso según qué medida? Si el éxito se mide por la cantidad de computadores entregados, cuesta discutirlo. Si se trata de que los niños aprendan más, que es lo que el propio programa dice buscar, la evidencia disponible cuenta otra historia.
En 2022, la Dirección de Presupuestos publicó una evaluación que aprovechó un detalle del diseño. Entre los alumnos que cumplían los requisitos de vulnerabilidad, los computadores se repartían según el promedio de notas de cuarto y quinto básico, de mayor a menor, hasta que se acababan. Niños que quedaron apenas sobre la línea de corte y otros que quedaron apenas debajo son, en promedio, prácticamente iguales; que uno se haya llevado el notebook y el otro no, es una cuestión «casi aleatoria». En consecuencia, comparar a ambos grupos permite identificar el efecto del computador.
El estudio siguió a tres generaciones, en las que se entregaron más de 118 mil computadores, desde séptimo básico hasta segundo medio. Revisó notas, asistencia, SIMCE, motivación y cuánto usaban la tecnología para estudiar. En ninguna de esas dimensiones los que recibieron el computador se diferenciaron, más allá de lo que podría explicar el azar, de quienes no lo recibieron. Lo mismo se ha visto afuera. En California, regalar computadores a 1.123 escolares no cambió sus notas ni su asistencia (Fairlie y Robinson, 2013), y en Perú, el programa Un Computador por Niño multiplicó el uso de computadores y mejoró sus habilidades digitales, pero no sus resultados en lenguaje ni matemáticas (Cristia et al., 2017; Cueto et al., 2024).
Hay varias explicaciones posibles por las que un computador no se traduce en mejores puntajes de aprendizaje. Una es que tener el equipo no garantiza poder usarlo para aprender. El internet incluido, por ejemplo, dura solo doce meses y, como advirtió una evaluación de la Dipres en 2018, luego los estudiantes pierden esa conexión. De hecho, el programa no aumentó la probabilidad de tener internet en la casa. También importa si los colegios lo incorporan en clases. Un estudio de CEPPE-DESUC de la Universidad Católica (2017) sobre el programa para escuelas municipales encontró que la mitad de los alumnos decía que en su colegio nunca o casi nunca les pedían usar el computador.
Otra razón es la distracción, pues un computador puede ser utilizado para fines extracurriculares. En esa materia, la evaluación de la Dipres de 2018 reportó una diferencia por género: los hombres usaban más el computador para jugar, y las mujeres, para comunicarse y estudiar. En Rumania, los niños que recibieron computadores jugaron más, dedicaron menos tiempo a las tareas y bajaron sus notas (Malamud y Pop-Eleches, 2011).
Entregar el equipo, por sí solo, no basta. Las intervenciones que sí muestran mejoras son las que integran la tecnología a la enseñanza, como plataformas de ejercicios guiados con tiempo adicional de instrucción (Escueta et al., 2020).
Pero de ahí no se sigue que el computador no sirva para nada. Un computador que llega a una casa que no lo tenía también puede servir al resto de la familia. Además, hay historias que los datos no recogen, como la persona que descubrió en ese computador su pasión por la programación, el diseño digital, la música o las ciencias. Matías Ávila, vocalista de Candelabro, contó en una entrevista que empezó a hacer música en el computador de la Junaeb. La evaluación no las mide porque el programa no se las propuso, pero eso no las hace menos valiosas.
En efecto, el programa no ha podido ser evaluado en todos sus objetivos. El aprendizaje sí se pudo evaluar, pero no se encontraron efectos. La brecha digital, en cambio, ni siquiera podía medirse, porque, según la misma evaluación de 2022, la Junaeb no tenía información sobre la brecha digital de cada estudiante, por lo que sus criterios de selección no la consideraban. El computador se asignaba por notas, y las notas estaban correlacionadas con los ingresos del hogar y con tener internet, incluso dentro del grupo más vulnerable.
¿Por qué, entonces, cuesta tanto corregir un programa así? Porque los beneficios y los costos no se ven igual. Una familia que pierde el notebook lo nota de inmediato. El costo, en cambio, se reparte entre todos los contribuyentes, que difícilmente saben que lo financian. Además, un computador es un objeto concreto, que se entrega en ceremonias. Lo que se podría hacer con ese mismo dinero, como clases de reforzamiento o formación para profesores, es más difuso. Así, el adjetivo “exitoso” se instala con facilidad, aunque no lo respalde ningún dato sobre aprendizaje.
Año tras año, el presupuesto se va llenando de compromisos que se renuevan por inercia, sin que nadie pregunte si cumplen su objetivo ni cómo mejorarlos. Y cuando por fin se revisan, la discusión se reduce a mantener o eliminar.
Es cierto que la evaluación es anterior a la pandemia y que el programa ha cambiado desde entonces, como reconoce la propia Dipres. Aun así, un resultado nulo es útil para preguntarse qué entendimos mal y qué habría que cambiar. Ese es el punto de evaluar políticas públicas. Como ha planteado Esther Duflo (2017), muchos problemas no están en la idea general de una política, sino en los detalles de su diseño. Esos detalles se pueden corregir, pero primero hay que medirlos. Para eso, cada programa debería definir desde el inicio qué busca lograr y cómo se sabrá si lo logra. Chile ha construido un sistema serio para evaluar sus programas. Que esas evaluaciones sirvan de algo depende de que sus resultados lleguen, en algún momento, a las decisiones sobre dónde se destinan los recursos del Estado.
