La metáfora de llamar a las sequías un “terremoto silencioso” es algo que en Chile entendemos bien. Sabemos el impacto que tiene un terremoto y cómo, en pocos minutos y con gran estruendo, todo puede cambiar. En ese sentido, la sequía es igual o aún más dañina, porque es silenciosa, gradual y, para muchos, invisible hasta que es demasiado tarde. Luego de un par de inviernos lluviosos, a julio 2025 los informes de la Dirección Meteorológica de Chile y de la DGA coinciden en mostrar déficits de precipitaciones en la mayoría del país. No sabemos cómo se comportará este año, pero los climatólogos coinciden en que la tendencia para años futuros es que tendremos nuevos eventos de sequías.
La sequía no es un fenómeno únicamente local, distintas partes del planeta están sufriendo procesos en que el abastecimiento de agua es cada vez más difícil. Esto motivó a la OCDE a publicar en junio su análisis Global Drought Outlook en que aborda tendencias, impactos y políticas públicas para la necesaria adaptación a un mundo más seco, y en el que menciona el caso chileno en varias oportunidades.
Entre los principales temas que aborda el documento, se señala que un 40% de la superficie terrestre está enfrentando sequías con un grado creciente de frecuencia y severidad. Este fenómeno se deriva de una combinación de aumento de temperaturas, alteración de patrones de lluvia y evaporación acelerada. Se menciona que los glaciares andinos, durante los últimos años, han sido capaces de aportar hasta un 8% de la escorrentía en meses secos, pero este efecto disminuye rápidamente debido al derretimiento acelerado de glaciares.
Más allá de los efectos de la sequía en sí misma, el documento hace un interesante esfuerzo en exponer los riesgos de la sequía no sólo en términos ecosistémicos, sino también a nivel humano y económico. Acerca de los efectos humanos, se señala que las sequías, a pesar de representar sólo el 6% de los desastres naturales, son responsables del 34% de las muertes relacionadas a desastres, y también se asocian a pobreza y hambrunas que pueden derivar en problemas sociales y políticos.
En cuanto a efectos económicos, se concluye que la agricultura es el sector más vulnerable, con pérdidas de rendimientos de hasta 22%, pero también afecta el comercio fluvial o la generación hidroeléctrica, tan importante para nuestro país, entre otros. De forma agregada, el costo de las sequías en la actualidad duplica al costo de una sequía de hace 20 años, y para el 2035 este costo será entre un 35% y un 110% superior al actual.
Si bien no es sorpresa, la OCDE recomienda tener un enfoque proactivo de adaptación al cambio climático para aumentar la resiliencia frente a la sequía lo que evita pérdidas y costos en el largo plazo. De la evidencia obtienen una importante conclusión: “cada dólar invertido en prevención de la sequía genera 2 a 3 dólares de beneficios”.
Sugiere que los países desarrollen políticas para gestionar mejor los recursos hídricos y balancear correctamente las extracciones con la renovación de agua, y se menciona el caso chileno de sobre otorgamiento de derechos de agua, como un punto aún no resuelto. Indica que en la mayoría de los países las extracciones de agua no internalizan el costo de la escasez, ni integran el factor cambio climático en el valor del agua.
A nivel mundial, mejoras en eficiencia del riego agrícola podrían generar una reducción de 76% en el uso de agua, lo que se puede sumar al desarrollo de variedades de cultivos tolerantes a la sequía capaces de aumentar los rendimientos en años secos. Otros sectores como energía, transporte y construcción también pueden aportar a la eficiencia en el uso del agua.
Las conclusiones del documento nos hablan directamente a los chilenos: “Abordar el riesgo de sequía requiere una acción decisiva, coordinada y proactiva entre sectores y partes interesadas”, se destaca la apuesta por la desalinización de agua de mar para uso humano que están realizando Chile, Egipto y Australia siguiendo el ejemplo del medio oriente y el mediterráneo. A pesar de algunos avances recientes en nuestro país, como la reforma al código de aguas, o la construcción de plantas desaladoras para la minería y el abastecimiento humano, tenemos muchos desafíos pendientes, y temas conocidos que no hemos podido abordar.
Veremos si este nuevo antecedente, en un año electoral, motiva a nuestros candidatos a internalizar este problema e incorporarlo en sus programas de gobierno. Atendamos a la OCDE en esta materia, y no solo para compararnos con otros países en todo tipo de indicadores, e invirtamos ese dólar adicional en prevención de la sequía, el que nos redituará el doble o el triple de beneficio futuro. No hacerlo es peligrosamente cortoplacista para nuestro país.
