Ser humano significa emprender. ¿Vale la pena ser “emprendedor”? Es lo único que una persona verdaderamente puede hacer en este mundo sostenía el filósofo Leonardo Polo. Y esto, en cualquier orden: la familia, la universidad, la organización económica y la política.
El hombre es emprendedor por naturaleza, porque es “proyecto de futuro”. Pero para emprender deben trazarse objetivos. Todas las instituciones han de tenerlos, pues constituyen el punto de referencia esencial para la visión directiva. Quien no los tiene será mal sintetizador, ya que los distintos aspectos se reúnen en orden a un proyecto. Si no se sabe qué se quiere, toda información o comunicación resulta inútil. Sin conocer el fin, de poco sirven los medios.
No conviene dar por supuesto que los directivos conocen, por el solo hecho de serlo, cuál es el fin sus respectivas instituciones. Que no se sabe se manifiesta de diversas maneras: cuando no se piensa en el objetivo, cuando se considera que caben multitud de fines todos igualmente legítimos, cuando se acepta uno sin previa fundamentación, cuando se tiende a copiar modelos estandarizados sólo por su fama, etc. Si siempre se supieran los objetivos, y se hicieran valer, numerosas instituciones no vivirían hoy la lamentable crisis que atraviesan.
Los errores de los directivos (conocimiento escaso y exceso de voluntarismo, principales entre ellos) comportan con frecuencia la ruina de las instituciones. Como el propósito o el proyecto es el gran aglutinante, aquello que permite la síntesis, es imprescindible que el directivo vea sus proyectos con desasimiento: estos últimos tienen que ser pensados objetivamente. “Objetivo” se opone a “subjetivo”. El directivo debe convocar a los demás para conseguir un fin común, no para que adhieran a su persona o a su criterio; debe mirar hacia el futuro más que a sí, pues su tarea es proyectiva, no subjetiva. Si su mirada es individualista o egocéntrica, no descubre fácilmente alternativas; y sin ellas, se ahoga la actividad. En cambio, al descubrirlas se abre la posibilidad de innovación creativa.
Son buenos objetivos los que son factibles, es decir, aquellos que se pueden alcanzar con la asignación de las personas y los recursos materiales disponibles, no los irrealizables con esos medios. Un directivo capaz es el que acierta al destinar recursos apropiados para la consecución de buenos (adecuados) fines. En una época acelerada como es la actual se percibe que la correcta distribución de recursos requiere su coordinación. Aunque el capital sea un factor incrementable, y susceptible de dedicación alternativa, con él no se agota el desafío de la asignación. En las personas hay una dimensión todavía más significativa: los “recursos humanos” -los colaboradores- pueden mejorar o empeorar según se empleen. Dotar de recursos en pro de los objetivos implica saber actualizarlos, esto es, materializar la idea, realizarla. Conlleva el “respeto a los medios”, el usarlos atravesándolos de sentido humano, personal y social.
*Álvaro Pezoa Bissières – Director Centro Ética y Sostenibilidad Empresarial. ESE Business School
