Cada cierto tiempo, las noticias ambientales parecen condenarnos al pesimismo. Cambio climático, pérdida de biodiversidad, contaminación, sequías, incendios, residuos y océanos amenazados. La lista es larga y, muchas veces, abrumadora. Sin embargo, en el Día Mundial del Medio Ambiente vale la pena mirar también el otro lado de la historia: sí existen razones para tener esperanza.

La esperanza no como consuelo ingenuo. No como negación de la crisis. No como una forma de mirar hacia otro lado. Sino como una actitud activa, concreta y responsable frente al mundo que habitamos. 

La humanidad ya ha demostrado que puede corregir errores ambientales relevantes. El caso de la capa de ozono es probablemente uno de los mejores ejemplos. Durante décadas, el mundo identificó un problema, acordó reglas, modificó industrias y cambió hábitos de producción y consumo. El resultado es conocido: la capa de ozono está en proceso de recuperación. No ocurrió por casualidad, sino porque hubo ciencia, política pública, tecnología, empresas adaptándose y ciudadanos entendiendo que el problema era real, y no falsedades basadas en la ideología o en «mala ciencia».

Algo similar comienza a ocurrir con la energía y el transporte. La electromovilidad dejó de ser una rareza. Los vehículos eléctricos ya forman parte del paisaje urbano en muchas ciudades del mundo. En Santiago más de la mitad de nuestra flota de transporte público es hoy eléctrica. Las energías renovables, que antes eran vistas como marginales o demasiado costosas, hoy son parte central de los sistemas eléctricos. El almacenamiento de energía avanza. La eficiencia energética se incorpora en hogares, edificios, industrias y ciudades. Lentamente, pero de manera cada vez más visible, el desarrollo empieza a cambiar de dirección.

Pero el medio ambiente no se protege solamente desde los grandes acuerdos internacionales o desde las leyes. También se protege cuando dejamos de tratar los recursos como infinitos. A veces se menosprecia la acción individual porque parece pequeña frente a la escala del problema. Pero esa mirada olvida algo esencial: los grandes cambios culturales siempre comienzan con decisiones que al principio parecen menores. Reciclar, reusar, reducir el desperdicio, consumir mejor, electrificar nuestros traslados, preferir energía limpia, cuidar el agua o reparar antes de botar no son gestos simbólicos. Son señales. Y cuando millones de personas envían esas señales al mismo tiempo, cambian mercados, políticas públicas e industrias completas.

Chile tiene, además, una responsabilidad especial. Somos un país vulnerable al cambio climático, pero también somos parte de la solución. Tenemos energía solar, viento, cobre, litio, capacidad minera, conocimiento técnico y una ubicación privilegiada para participar en la transición energética global. Pero esa oportunidad exige madurez. No basta con decir que queremos un mundo más limpio si al mismo tiempo rechazamos toda infraestructura, toda minería, toda transmisión eléctrica o todo desarrollo tecnológico necesario para hacerlo posible.

La respuesta no está en detener el progreso. Está en mejorar su calidad. Por eso, el Día Mundial del Medio Ambiente no debiera ser solo una fecha para advertir sobre lo que estamos haciendo mal. También debiera ser una invitación a reconocer lo que ya estamos haciendo mejor, y a multiplicarlo.

Tal vez la mejor forma de tener esperanza sea dejar de verla como un sentimiento y empezar a practicarla como una conducta.

Director de Energía e Infraestructura de Albagli Zaliasnik

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