Más allá de los presupuestos, los fondos concursables, la contingencia política y las recientes controversias, el sector cultural chileno enfrenta una pregunta más profunda: ¿Cuál es su contribución efectiva al bien común, a la identidad colectiva y a la reconstrucción de los vínculos que sostienen nuestra convivencia?
Escribo desde un espacio que valoro y al que he dedicado una parte importante de mi vida. Precisamente por ese compromiso, creo que el mundo cultural necesita abrir una conversación que durante demasiado tiempo ha quedado eclipsada por urgencias coyunturales y demandas sectoriales.
Durante los últimos años, el debate cultural ha estado marcado por la discusión presupuestaria. En 2025, el Ministerio de las Culturas celebró un incremento histórico de recursos; apenas un año después enfrentó una reducción cercana al 10%, transformándose en una de las carteras más afectadas por los ajustes fiscales.
La reacción fue esperable. Artistas, gestores, organizaciones e instituciones advirtieron los riesgos que estos recortes implican para el ecosistema cultural. Sin embargo, la controversia presupuestaria deja al descubierto una pregunta más exigente: si la cultura continúa siendo una de las áreas más vulnerables cuando aparecen restricciones fiscales, ¿no estaremos también frente a un problema de legitimidad pública?
El recientemente fallecido actor Julio Jung resumía esa percepción con crudeza cuando afirmaba que en Chile la cultura importa un “pucho”. Sus palabras aludían a una insuficiente valoración pública del sector. Más allá de la molestia que puedan provocar, merecen ser examinadas con honestidad.
Quizás la afirmación de Jung incomoda porque obliga a mirar una realidad que el sector cultural pocas veces examina con suficiente distancia crítica. Cuando una sociedad deja de percibir la cultura como algo necesario para comprenderse a sí misma, no estamos sólo frente a un problema presupuestario. Estamos frente a un síntoma más profundo. Como ocurre en el teatro cuando el público deja de reconocer el conflicto que se desarrolla sobre el escenario, la obra sigue representándose, pero pierde capacidad de convocar sentido.
Esta reflexión no pretende cuestionar la importancia de la cultura ni desconocer las dificultades que enfrenta el sector. Por el contrario, parte de la convicción de que la cultura puede desempeñar un papel decisivo en uno de los desafíos más urgentes del país, como son: fortalecer los lazos de confianza, pertenencia y reconocimiento mutuo que hacen posible la vida en común.
La respuesta, sin embargo, no se encuentra únicamente en la disponibilidad de recursos. El desafío parece ser también de propósito y sentido público.
Durante décadas, la conversación cultural se ha concentrado en temas indispensables como el financiamiento, la institucionalidad, la profesionalización y la representación del sector. Son discusiones legítimas y necesarias. No obstante, han tendido a relegar otra pregunta fundamental: ¿qué aporte específico puede realizar la cultura a la construcción de comunidad y a la cohesión social?
El teatro clásico entendió tempranamente esta función. La tragedia griega no era un entretenimiento reservado a especialistas. Era una conversación pública sobre los dilemas de la polis. Los ciudadanos acudían a observar cómo la ambición, el poder, el miedo, la justicia o la venganza se encarnaban en personajes que terminaban revelando algo sobre ellos mismos. La cultura cumplía entonces una función que hoy parece más necesaria que nunca: ayudaba a una comunidad a reconocerse en sus contradicciones.
La cultura no se limita a la producción artística. También preserva la memoria histórica, protege el patrimonio, transmite tradiciones, fortalece identidades y crea espacios de encuentro entre personas que piensan distinto. En esa medida, puede constituirse en un instrumento de integración social y no únicamente en una política sectorial orientada a promover actividades artísticas.
Las sociedades no sólo se construyen mediante leyes, presupuestos o infraestructura. También se construyen a través de las conversaciones que sostienen acerca de quiénes son, qué valoran y qué futuro desean compartir. La cultura constituye uno de los espacios privilegiados donde esa conversación puede ocurrir.
En esta dirección, resulta atendible la invitación formulada recientemente por Carlos Lobos, subsecretario de las Culturas y las Artes, a comprender la cultura como un espacio de encuentro y cohesión social. Su planteamiento dialoga con reflexiones que también han desarrollado Francisco Melo y Pablo Halpern, quienes desde distintos ámbitos han insistido en la necesidad de que las actuales autoridades expliquen la visión del proyecto que tienen en sus manos y que podría -de implementarse adecuadamente- colaborar a reconstruir confianzas, fortalecer los vínculos ciudadanos y recuperar espacios de conversación compartida en una sociedad crecientemente fragmentada. Sin embargo, es preciso recalcarlo, si se busca recuperar legitimidad pública, ya no parece suficiente enunciar ese propósito. La ciudadanía y los propios actores culturales necesitan conocer con mayor claridad cómo esa visión se traducirá en políticas, programas y acciones concretas. ¿Qué iniciativas permitirán reconstruir confianzas? ¿Qué espacios de diálogo y encuentro se impulsarán? ¿Cómo se evaluará su impacto en las comunidades? Más que respuestas defensivas frente a las críticas coyunturales, el momento exige una narrativa cultural respaldada por ejemplos convincentes y una hoja de ruta capaz de demostrar que la cultura puede contribuir efectivamente a fortalecer los vínculos que sostienen la vida democrática.
Esta dimensión adquiere especial relevancia en un país que atraviesa una prolongada crisis de confianza. Diversas mediciones han registrado bajos niveles de confianza institucional, mientras distintos estudios advierten sobre el debilitamiento de los vínculos sociales y del sentido de pertenencia compartido. El ámbito cultural no está al margen de este fenómeno.
Frente a ese escenario, cabría esperar una reflexión más intensa sobre el papel que la cultura puede desempeñar en la recuperación de espacios comunes y en la reconstrucción de confianzas.
En el Chile actual abundan los espacios de expresión, pero escasean los espacios de encuentro. Nos escuchamos poco y nos etiquetamos mucho. La discusión pública parece haberse convertido en una sucesión de monólogos simultáneos. En ese contexto, la cultura podría recuperar una tarea antigua: ofrecer lugares donde personas que piensan distinto puedan compartir una experiencia común sin necesidad de convertirse previamente en adversarios.
Cuando las voces más visibles del sector aparecen asociadas principalmente a disputas ideológicas o reivindicaciones corporativas, se vuelve más difícil para amplios sectores de la ciudadanía reconocer el aporte colectivo de la cultura. Y cuando ello ocurre, la legitimidad de las políticas culturales tiende a debilitarse.
La pregunta relevante no es únicamente cuánto dinero recibe la cultura, sino qué obtiene el país a cambio de esa inversión. Cómo contribuye a fortalecer comunidades, preservar el patrimonio, ampliar el acceso al conocimiento, generar oportunidades en regiones y favorecer una convivencia democrática más sólida.
Por eso, el desafío del Ministerio de las Culturas es más complejo de lo que suele asumirse. No consiste sólo en administrar fondos o responder a demandas sectoriales. Consiste, sobre todo, en ejercer liderazgo cultural.
La cultura vinculada al Estado requiere mejorar su gestión, fortalecer sus mecanismos de evaluación, aumentar la transparencia y demostrar con mayor claridad su impacto social. Pero también necesita impulsar una conversación nacional sobre el papel que puede desempeñar en la reconstrucción de nuestra convivencia.
En esa tarea, las propuestas recientes que buscan comprender la cultura como un bien público orientado al encuentro ciudadano constituyen un avance relevante. Pero su éxito dependerá menos de las declaraciones de principios que de la capacidad de generar experiencias concretas de participación, confianza y reconocimiento mutuo. En una sociedad donde la legitimidad de las instituciones se encuentra tensionada, la cultura deberá demostrar con hechos que puede contribuir a reconstruir aquello que hoy parece más escaso: los vínculos que permiten reconocernos como parte de un proyecto común.
Quizás entonces la discusión pendiente no sea únicamente cómo proteger presupuestos o perfeccionar una institucionalidad que muchos consideran insuficiente. Tal vez la conversación más urgente sea otra: cómo volver a situar la cultura en el corazón de la experiencia compartida de los chilenos.
Como advirtió Jürgen Habermas, la fortaleza de una democracia no depende únicamente de sus instituciones, sino también de la calidad de las conversaciones que una sociedad es capaz de sostener consigo misma. Tal vez allí radique hoy el mayor desafío cultural de Chile.

😇😇😇😇😇😇😇😇😇😇😇😇😇