Cuando hace seis décadas las fuerzas revolucionarias de Fidel Castro sacaron del poder a Fulgencio Batista, Cuba pasó de una dictadura funcional a un sistema que nunca logró consolidar desarrollo económico y humano para su población. En 1959 el país tenía un PIB per cápita comparable al de países europeos medios, una industria azucarera fuerte, que era el 80% de sus exportaciones, y un turismo en expansión, principalmente desde Estados Unidos.
Tras la revolución y bajo condiciones de dictadura socialista, se nacionalizaron bancos, industrias y tierras, y el país se cerró al mundo. La crisis de los misiles de 1962 llevó al planeta al borde de la guerra nuclear. Muchos historiadores citan este evento como el momento en que todos estuvimos más cerca de la tercera guerra mundial. Ese evento consolidó la alianza de Cuba con la Unión Soviética, que entre 1960 y 1990 subsidió entre 5% y 7% del PIB cubano.
Mientras Moscú compraba azúcar sobre el precio de mercado y entregaba petróleo barato, armas y maquinaria, la economía sobrevivía artificialmente. La ilusión de comer en buenos restoranes mientras otro paga la cuenta no fue gratis: miles de jóvenes cubanos enviados a conflictos externos promovidos por el bloque socialista en Asia y África pagaron con sus vidas.
Con la caída de la URSS, Cuba perdió el 85% de su comercio exterior y su PIB cayó 35% entre 1990 y 1993. A comienzos de los 2000 volvió al mercado de patrocinadores y encontró un nuevo sostén en el gobierno de Hugo Chávez en Venezuela, que llegó a enviar entre 30.000 y 50.000 barriles diarios de petróleo, equivalentes a entre US$ 5.000 y US$ 7.000 millones anuales. Luego, bajo la administración Obama, el restablecimiento diplomático con Estados Unidos implicó cambios internos e impulsó el turismo nuevamente hasta los cuatro millones de visitantes anuales. Además, se autorizó el trabajo por cuenta propia: casi 600.000 personas sacaron una licencia especial del gobierno y las remesas alcanzaron cerca de US$ 2.000 millones por año.
La pandemia y el colapso económico venezolano terminaron ese ciclo. Desde 2018, bajo Díaz-Canel, Cuba enfrenta nuevas sanciones internacionales, crisis energética severa, apagones eléctricos prolongados, inflación acumulada superior al 300% desde 2021 y una producción azucarera reducida a un millón de toneladas. Más de 400.000 cubanos han emigrado en los últimos cinco años.
El gobierno cubano atribuye su crisis al “bloqueo” imperialista en un intento propagandístico permanente, aunque hoy comercia con más de 190 países. Europa es su principal socio, seguido de China, Canadá y América Latina. Incluso Estados Unidos vende alimentos y medicamentos por razones humanitarias a la isla. Cuba exporta níquel, tabaco y azúcar por cerca de US$ 9.000 millones anuales, pero mantiene deudas significativas con acreedores internacionales y no logra atraer inversión por su sistema laboral rígido, alta carga impositiva y antecedentes de expropiaciones que desincentiva a los más arriesgados.
Desde la óptica estratégica, su cercanía geográfica con Florida, su posición clave en el Caribe para monitorear el tránsito del canal de Panamá y el petróleo del Golfo de México, vuelven a colocar a la isla en el radar de seguridad estadounidense. Si consideramos juntas la doctrina Monroe 2.0, ratificada por la Casa Blanca en diciembre de 2025, y la frase del Presidente Theodore Roosevelt “speak softly and carry a big stick” (habla suavemente y lleva un gran garrote), el camino para el actual gobierno parece ya estar escrito.
Sin embargo, no será necesaria una intervención militar para demostrar el fracaso del régimen socialista. Bajo la lógica histórica de “zanahorias y garrotes”, el camino más realista para Washington sería invertir el enfoque y ofrecer zanahorias: ofrecer incentivos económicos, energía, acceso al mercado americano y un plan de reconstrucción condicionado a reformas políticas y apertura económica. Una rápida negociación con los actuales herederos de los Castro podría demostrar la utilidad de la otra herramienta del manual.
El Presidente Trump enfrenta la oportunidad de cerrar un conflicto diplomático de seis décadas, transformando presión en oportunidad, promoviendo inversión, empleo y modernización, e integrando finalmente a Cuba al siglo XXI.

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