humanidades

Es comprensible la preocupación por el financiamiento público de las Humanidades planteada por el economista Sebastián Edwards. No es un secreto para nadie la creciente izquierdización y la cultura de la cancelación que ya son moneda corriente en las Humanidades tal como se las cultiva en las universidades hoy, y no sólo en Chile.

Un ciudadano de a pie puede preguntarse legítimamente por qué el dinero de sus impuestos debe contribuir a financiar proyectos académicos que tienen muy poco rigor u honestidad intelectual y son tan ideológicamente sesgados, como bien señala Gonzalo Rojas en una reciente columna.

Ahora bien, también podríamos preguntarnos si esta controversia no es parte de un problema mayor, a saber, una crisis más amplia de la misma institución universitaria. Señalaré a continuación tres cosas que me llaman la atención en la universidad de hoy.

En primer lugar, observo una progresiva invasión de la tecnocracia pedagógica en la dinámica académica. Jóvenes con casi ninguna experiencia frente a un curso, llegan provistos de nuevas técnicas para indicar a los académicos el modo en que deben impartir sus asignaturas. Esto comenzó a cobrar una particular relevancia a partir de la enseñanza telemática durante la pandemia, con la consecuencia de que hoy se sigue abordando lo académico como si aún estuviéramos bajo el imperio mundial de algún virus. Dictar un curso se ha convertido en un tributo a formularios cada vez más complejos, de modo que la verdadera transmisión de conocimientos pasa a ser un instrumento de los diseños instruccionales, y no al revés. Los “indicadores de desempeño” se transforman así en la prioridad impuesta por los gerentes de la enseñanza.

En segundo lugar, la crisis de la universidad también puede verse en la pérdida de su puesto como institución de vanguardia en la investigación. La investigación de punta ya no está en manos de la universidad, sino de las grandes empresas que, eventualmente, pueden asociarse con las universidades, pero son las primeras quienes llevan la voz cantante. Sin temor a exagerar podemos decir que los mayores logros científicos tienen siempre a una gigantesca empresa por detrás. Basta dar un vistazo a las áreas de la tecnología e informática, a la biotecnología y farmacéutica, al transporte terrestre y espacial, al área de la energía o a las telecomunicaciones. La IA, por citar un ejemplo entre muchos, no nació en las universidades.

En tercer término, observo que la universidad se siente obligada a quemar incienso en el altar de la interdisciplina y a otro más elevado aún, el de la transdisciplina. Sin embargo, los resultados de esta supuesta vocación no han sido especialmente impresionantes. La tarea de hacer dialogar a los distintos saberes es algo para lo cual la universidad no está preparada, y algo que cuando se intenta hacerlo, se hace mal. Esto es así porque no hay una debida reflexión acerca de la finalidad que se persigue con la interdisciplina y la transdisciplina, una finalidad que tiene más aspecto de ascesis gnóstica que de verdadera sabiduría.

El estatuto de las Humanidades entonces, de las verdaderas y no de sus caricaturescos sucedáneos, no puede no resentirse ante la crisis mayor de la institución universitaria. Y de esto sólo se sale con el amor a la verdad, que es la vocación esencial de las Humanidades y aquello por lo cual merecen ser llamadas tales.

*Jorge Martínez B. – Académico Universidad Gabriela Mistral

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