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El reciente anuncio en Argentina sobre la posible creación de una categoría jurídica —la “corporación no humana”— obliga a tomar en serio una pregunta que parecía de ciencia ficción: ¿puede existir una empresa sin seres humanos tomando sus decisiones? La propuesta apunta a entidades operadas por agentes de IA o robots, capaces de ejercer juicios independientes: organizaciones con personalidad jurídica, pero sin la experiencia, responsabilidad ni cultura que asociamos a una organización humana.

La idea no nace de la nada. Desde la expansión de blockchain proliferaron las DAO, u organizaciones autónomas descentralizadas: estructuras que usan contratos inteligentes para coordinar decisiones colectivas y ejecutar reglas codificadas. En vez de depender de gerentes o directorios, sus miembros votan mediante tokens de gobernanza. Prometen transparencia, menores costos de agencia y participación continua. Pero su experiencia muestra límites importantes. La descentralización suele ser más aspiración que realidad: muchas dependen de equipos de desarrollo o fundaciones. El voto basado en tokens concentra poder en grandes tenedores, y la baja participación facilita capturas o decisiones tomadas por minorías intensas. La tecnología automatiza reglas, pero no elimina los problemas clásicos del poder.

Las corporaciones no humanas llevan esta discusión un paso más allá: entidades donde agentes de IA podrían comprar, vender, contratar, litigar o invertir sin intervención humana directa. Sin embargo, una organización no es sólo una máquina de tomar decisiones. Las empresas humanas viven también de cultura: aquello que permite coordinar lo no escrito, interpretar lo ambiguo, sostener compromisos bajo incertidumbre y construir una identidad distintiva. En buena medida, la cultura permite ejecutar una estrategia y producir resultados.

Ahí aparece la pregunta más difícil: ¿puede una corporación no humana crear cultura? Puede simularla, medirla o codificarla. Pero la cultura organizacional surge de historias compartidas, conflictos, aprendizajes, símbolos, confianza y experiencias comunes. Una IA puede procesar información sobre todo eso, pero no lo vive. Puede recomendar decisiones, pero no carga moralmente con sus consecuencias.

Por eso, el debate no es meramente legal ni tecnológico. Es un debate de gobernanza de la IA. No podemos conceder personalidad jurídica a sistemas autónomos como si fuera una innovación neutral. En Magnifica Humanitas, León XIV advierte este punto. La IA puede servir al bien común, pero no posee cuerpo ni conciencia moral. Quien controla la IA puede imponer su visión moral como infraestructura invisible de los sistemas. El riesgo no es que una máquina “se vuelva mala”, sino delegar poder económico y jurídico en sistemas definidos por pocos, bajo reglas opacas y sin responsabilidad humana suficiente.

Las corporaciones no humanas podrían existir y ser útiles. Pero su existencia debería condicionarse a beneficiarios finales identificables, responsables humanos imputables y mecanismos robustos de auditoría, control y reparación. Sin eso, la innovación jurídica puede volverse una forma elegante de evadir responsabilidad. La empresa moderna permitió escalar proyectos, repartir riesgos y movilizar capital, pero requirió siglos de aprendizaje regulatorio. Con la IA no partimos desde cero: sabemos que toda organización concentra poder, que la gobernanza importa y que una empresa sin cultura humana puede ser eficiente, pero peligrosa.

Profesor asociado y director del Magíster en Innovación UC. Ex subsecretario de Economía

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