Australia ha tomado la vía radical: prohibir el acceso de menores a redes sociales. Es la medida más estricta y que promete enfrentar la crisis de salud mental adolescente. Pero ¿es realmente la mejor opción?
Las piscinas son riesgosas. Y mientras más pequeños los niños y niñas, mayor el peligro. Los adolescentes, además, asumen otros riesgos: se lanzan clavados, compiten, se exponen. Sin embargo, nadie propone prohibirles el ingreso por completo. Lo que hacemos es educar en el riesgo, enseñar a nadar, fijar reglas claras, separar zonas por edad y estatura, exigir mantención permanente y contratar salvavidas. No eliminamos a los niños de la piscina: la regulamos y acompañamos.
Algo similar ocurre con la prohibición australiana. A un mes de implementada, los datos muestran que el tiempo en pantalla no se evapora, se desplaza. Niños australianos hoy lideran el uso global de Roblox. Discord —no incluido en la prohibición— se volvió una de las principales plataformas de comunicación. Y el uso de ChatGPT entre menores de 18 años se disparó desde 2024. Además, proliferan tutoriales para eludir las restricciones.
La lección es simple: cuando cambia la política, el comportamiento se adapta. El riesgo no se elimina; se mueve. Y los nuevos espacios —videojuegos, mensajería, inteligencia artificial— también tienen desafíos propios.
La prohibición es un espejismo de control, pero rara vez resuelve causas: desigualdad, conflictos familiares, falta de apoyo en salud mental. Además, puede cerrar espacios de apoyo para jóvenes que encuentran en lo digital comunidades que no hallan fuera de línea.
Si queremos impacto real, debemos exigir diseño apropiado a la edad. Y sí, es posible. Douyin, la versión china de TikTok, impone un modo juvenil obligatorio para menores de 14 años: límite de 40 minutos diarios, bloqueo nocturno, autenticación con nombre real, contenidos educativos curados y mayores resguardos de privacidad. No es perfecto, pero demuestra que la arquitectura sí importa y es una decisión técnica, no un imposible.
El debate no es redes sí o no. Es qué tipo de entorno digital estamos dispuestos a tolerar. Así como el cloro, los salvavidas y las reglas hacen más segura la piscina, el diseño adecuado a la edad, la regulación inteligente, acompañamiento y la educación digital pueden hacer más seguros los espacios en línea.
Antes de copiar prohibiciones para expulsar niños y jóvenes del mundo digital, debemos construir uno que esté a la altura de su desarrollo.
