“Una gran civilización no es conquistada desde fuera hasta que no se ha destruido así misma desde dentro”, célebre frase de Will y Ariel Durant publicada en 1944, en el volumen III: César y Cristo, de su monumental Historia de la Civilización. Esta frase refleja la idea de que las grandes sociedades y civilizaciones no suelen caer por invasores extranjeros, sino por su propia decadencia interna. Las presiones externas terminan por ser el golpe de gracia a una estructura ya debilitada a causa de sus propias fallas.

Las sociedades se vuelven vulnerables cuando pierden su vitalidad moral, su cohesión social, la fe en sus propias instituciones, su capacidad para resolver problemas y el olvido de sus valores y su fe fundante. Haciendo un check-fast a la salud de nuestra sociedad, vemos señales que nos invitan a actuar. Y hay una, quizás la más urgente y transversal de todas, que merece una conversación honesta y compartida.

Esa conversación es la crisis demográfica y el descenso sostenido de la natalidad. Este tema merece ir más allá de los análisis económicos habituales («faltarán trabajadores» o «colapsarán las pensiones») y entrar en algo más profundo: ¿qué nos dice sobre nosotros mismos una sociedad que tiene cada vez más dificultades para proyectarse hacia el futuro?

Cifras provisionales de 2025 confirman que los nacimientos en Chile disminuyeron un 46,9% en 32 años (INE), llegando la tasa global de fecundidad chilena a 1,04 hijos por mujer (2024), pero en 2025 la tasa global de fecundidad ya estaba en el 0,99; muy por debajo del nivel de reemplazo (2,1 hijos por mujer). Es una de las cifras más bajas del mundo. El índice de envejecimiento ya alcanza aproximadamente 92,5 personas mayores de 65 años por cada 100 menores de 15. Chile enfrenta un envejecimiento acelerado y ya en 2028 las defunciones superarán a los nacimientos. 

El fenómeno no es chileno ni occidental: es global. Un promedio de Latam y EE.UU. es 1,6; España, Italia y Alemania es 1,2; Grecia 1,1; Asia es 1,7, con Corea y Japón rankeando con 0,7 y 0.8 respectivamente. Estamos hablando de 10 nacimientos por cada 1.000 habitantes. Sólo crece África con una tasa de 4,1. Es decir, la tendencia es tanto occidental como global. Casi todos los países están bajo reemplazo generacional.

Toda civilización vive porque transmite. Y no sólo genes, sino que transmite memoria, lengua, costumbres, sentido moral, tradiciones familiares e imaginación del futuro. Son valores que creyentes y no creyentes comparten: nadie quiere vivir en una sociedad sin niños, sin escuelas llenas de vida, sin la energía creativa que traen las nuevas generaciones. El significado de una natalidad baja no es sólo “tener menos niños”; apunta a algo más profundo: ¿está nuestra sociedad encontrando las condiciones para que las personas puedan realizar los proyectos de vida que genuinamente desean?

Desde distintas tradiciones —religiosas o laicas— hay dos convicciones que han sostenido las culturas vivas: que la vida es un bien que vale la pena transmitir, y que el futuro merece ser habitado. El descenso de natalidad nos interroga a todos sobre si seguimos creyendo en esas convicciones, y sobre qué estamos haciendo para que sean posibles.

Muchas personas que quisieran tener hijos no los tienen, o tienen menos de los que desearían. La encuesta no es «no quiero hijos»: es «no puedo» o «no me siento en condiciones». Esa distancia entre el deseo y la posibilidad es la verdadera señal de alarma: algo en el diseño de nuestra sociedad no está acompañando a las personas en uno de sus proyectos más profundos.

Hay, sin duda, elementos que pueden explicar este desplome de natalidad en Chile: precariedad económica y de vivienda; educación prolongada (casi 25 años); retraso de edad del matrimonio, cuando no caída de la nupcialidad; incorporación laboral femenina sin adaptación institucional suficiente; cultura de la autorrealización individual. Sumemos a eso elementos como la incertidumbre social; el acceso masivo a anticoncepción y  un fuerte debilitamiento del imaginario familiar tradicional. Pero debemos tener cuidado, pues la explicación puramente económica es insuficiente. Si fuera sólo un tema económico, los países ricos europeos ya habrían revertido el fenómeno. Y sabemos que no es así. 

En los próximos 10 o 20 años, Chile enfrentará una crisis previsional estructural (la pirámide funeraria, al haber menos cotizantes por jubilado); escasez laboral y presión migratoria (quieran o no los gobiernos, se convertirá en un mecanismo compensatorio, de hecho ya lo es). También habrá una reconfiguración territorial, pues tenderemos escuelas vacías, comunas envejecidas, servicios pediátricos y de maternidad reducidos. También enfrentaremos una soledad masiva, que si bien hoy está subestimada, el hecho de tener menos hijos también implica: menos hermanos; menos tíos y menos redes de cuidado. Surge así una sociedad de individuos envejecidos, institucionalizados y solos.

Las consecuencias culturales de este fenómeno van más allá del debate político: una sociedad envejecida cambia psicológicamente. Se vuelve más cauta ante el riesgo; menos innovadora; más administradora que creadora. No es un juicio moral, es lógica demográfica. Las sociedades jóvenes construyen catedrales —o startups, o movimientos sociales—; las envejecidas gestionan lo que ya existe. Desde la tradición cristiana esto tiene una lectura específica: el hijo como acto de esperanza histórica, como gesto que dice «el mundo merece continuar». Pero más allá de esa lectura, hay algo que cualquier persona puede reconocer: una sociedad que no invierte en su propio futuro —en sentido literal y simbólico— pierde su confianza en sí misma.

La evidencia internacional muestra que ningún país ha revertido completamente la caída de fecundidad solo con bonos estatales (The Guardian).

Se requieren transformaciones más profundas, y ahí hay una agenda en la que pueden confluir visiones muy distintas: vivienda familiar accesible; conciliación real trabajo-familia; estabilidad comunitaria; valoración cultural de la maternidad y paternidad; recuperación del sentido generativo de la vida. Creyentes y no creyentes, progresistas y conservadores, comparten el deseo de vivir en una sociedad que cuida a sus mayores y a la vez tiene fe en sus jóvenes. Reconstruir una cultura donde formar familia aparezca no como renuncia existencial, sino como proyecto de plenitud humana, es una tarea que nos convoca a todos.

Tenemos la oportunidad —y la responsabilidad— de revertir la sentencia de Will y Ariel Durant.

Vocero de Voces Católicas. Académico Laboratorio de Humanidades USS

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